Memorabilidad I (Hitos privados)




No es difícil acordar en que desear olvidar algo ya mismo es lo opuesto de desear no olvidarlo nunca. Pero no son cosas opuestas de entrada: cuando empiezan a armarse comparten el ser el alto impacto de una experiencia fuerte, que si es estimulante quiero retener y conmemorar y si es deprimente quiero perder, olvidar. Vamos con lo memorable.

1.

Ahora X anda siendo uno que desde adolescente tiene el hábito (o sostiene el proyecto artístico) de tatuarse las fechas significativas de su vida, y nada más: ni dibujos ni nombres ni ideogramas, nada. Se supone que cuanto más significativas, menos olvidables; lo memorables que son debería hacer innecesario que las fechas estén referenciadas de algún modo. Pero todavía es posible que la memoria no reconozca lo memorable.
Un primer motivo puede estar en una apresurada aplicación del principio. Ir de uno de esos tatuajes al hecho marcado depende en primera instancia de que realmente el hecho haya causado una impresión imborrable, como estima X. Si estima bien, le basta ver ese grupo de números para despertar el recuerdo de qué pasó ese día, tan veloz y claramente como sería si viera la fecha de su nacimiento.
Cuanto más veloz sea el tránsito del tatuaje al hecho, menos se percibirá que en el camino pasa por la impresión que le causó el hecho a X y por la cual se tatuó su fecha. El tatuaje remite a esa impresión, que remite al hecho (es su huella emocional). Puede ser la impresión de una experiencia o la de un saber.
El nacimiento que lo puso en el mundo es un hecho del cual X tiene conocimiento pero no recuerdo: un hecho del que no configuró una experiencia coleccionable pero en el que cree con la misma intensidad que si la hubiera configurado. Es uno de esos casos en que la información que proviene de aprovisionarse de datos se mimetiza eficazmente con la que proviene de la experiencia.
Pero el problema puede no estar en la precisión con que estimamos la significatividad de lo vivido. Lo que nació imborrable puede borrarse inadvertidamente con un cambio importante en nuestra identidad (muerte lúcida, si se lo vive como una pérdida; metamorfosis triunfal, si no: como la de oruga en mariposa o la del patito feo en cisne hermoso –aunque el lugar de una metamorfosis lo ocupe acá un descubrimiento). Un cambio importante: como el pasaje de la niñez a la adolescencia, o de la adolescencia a la juventud, o de la juventud a la adultez, o de la adultez a la vejez, para no hablar del último. Las reliquias de una edad corren el riesgo de volverse links rotos ya una o dos edades más arriba.
Si a un tatuaje X le adosa una descripción de qué debe evocar, el hecho mismo de que la necesite habla del poder que perdió la reliquia, que en su edad de oro supo suscitar esa asociación sólo con verla. Si necesito leer en lugar de mirar para conectar ese boleto para dos con la chica y el momento que me llevó a guardarlo, es que la impresión imborrable se va borrando. En el mejor de los casos, se vuelve más algo que puedo entender que algo que puedo sentir, que me puede tocar emociones dormidas y despertarlas. En el peor, ya ni siquiera puedo reconocer lo descripto o entender la descripción.
Y es alguna conexión con la emoción asociada al hecho lo que nos dice que todavía surte efecto el recuerdo y que aún funciona el método que lo activa (fecha tatuada, boleto escrito o el que se prefiera). Sin alguna conexión con la emoción que nos hace querer atesorar lo que la produjo (para revivirla al evocarlo), esos códigos son letra muerta y el hecho recordado es un dato vacío.
Hasta acá vengo suponiendo que no es una memoria deteriorada la que no reconoce lo memorable. Pero el éxito de la conexión fecha tatuada-hito también depende de que la memoria no haya declinado. Por muy memorable que sea un acontecimiento, si no hay memoria te la debo.
Un deterioro de esa magnitud sería un motivo más básico que los otros, tal vez porque afecta dos habilidades básicas para la vida social: la de retener lo registrado (guardarlo...) y la de no dejar de tener lo retenido (...y no perderlo). Pero además de básico es un motivo inevitable, por mucho que sea el tiempo en el que se mantiene como prematuro; es algo que a la larga sucederá, si antes no nos morimos.
Hay, entonces, una obra que se va haciendo en la piel de un humano, el performer vitalicio X. En lo que dura su vida y su obra, así mezcladas, más tarde o más temprano (y si no se muere antes) X va a ir perdiendo poder de retención y recuerdos. Un día mirará un tatuaje y no se producirá el viaje a un hecho que lo marcó; no habrá reacción, esa fecha no le dirá nada.
Imaginemos ahora que en esos casos X se hace quitar el tatuaje; la consigna es tener en el cuerpo sólo fechas que conserven su poder evocativo. Es probable que, si viéramos el video que le harán para su cumpleaños 80, veríamos que los tatuajes nuevos se van espaciando en el tiempo y que los anteriores van mermando (la poda arranca con los menos significativos y sigue por los más).
Menos hitos y más olvidos es la ecuación que a la larga le dejará a X el cuerpo limpio de tatuajes (cuando empezó también lo tenía así, pero no es lo mismo una tabula rasa que una superficie arrasada). El vaciamiento de esa piel significa el vaciamiento de esa memoria, que es el vaciamiento de esa identidad, que parece desmembrarse con cada rasgo personal perdido durante el deterioro:


Quino, Sí, cariño...

2.

Esto decía un refrán latino (no recuerdo de dónde lo saqué), que en una época tuve de salvapantallas:

No dejes pasar un día sin trazar una línea que lo recuerde.

Los presos de las caricaturas (y seguramente otros reales) trazan literalmente una línea sobre los días que van dejando atrás; van tachando días a medida que se acercan al de su liberación, que es el día memorable. Es decir que de una larga serie de días uno solo es el memorable, lejos del ideal de que lo sean todos (si le creemos al refrán). “Amigos, he perdido un día”, dice mi manual de Historia de 1º año del secundario que decía Tito, emperador romano, «cuando llegaba la noche sin que hubiera podido realizar una acción realmente meritoria». Tratemos de estimar las dimensiones de esa memorabilidad de asistencia perfecta.
Imaginemos que su autobiografía X no la va escribiendo, sino componiendo marcando fechas en las decenas de almanaques que pueda marcar y coleccionar. Dos códigos proveen la información a leer: uno de importancias, según si alrededor de la fecha X hace un círculo, un cuadrado o un triángulo; y un código para el relato conmemorativo, hecho de iniciales de palabras secretas (cuya significatividad y recuerdo también pueden menguar con el tiempo). (Algunas veces X abandona el secretismo y escribe la razón del hito en los márgenes de los meses, como si lo hiciera en una libreta pero obligado a las abreviaturas por la escasez de espacio.)
Por toda autobiografía, X tenía una colección de almanaques salpicados de hitos. Pero si hubiera cumplido al pie de la letra el consejo latino, los tendría llenos de hitos: habría alcanzado la memorabilidad ideal, la máxima que se puede alcanzar con una toma diaria de la lista de asistencias, donde todavía no ha nacido el día que no esté marcado por algo memorable.

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