1.
Supongamos que tengo un aparato con seis botones. Los botones 1, 2, 5 y 6 no vienen al caso. El botón 3 dice que el oprimirlo destruirá el aparato; el botón 4 dice que el oprimirlo revocará la acción del botón 3.
Si se trata específicamente de la acción de destruir el aparato, el botón 4 asumió una misión que luce imposible. Si no importa de qué acción se trate (inacciones y omisiones, abstenerse), tal vez la que eligió el botón 3 fue la mejor que encontró en respuesta al bloqueo impuesto por el botón 4. Y no la mejor para escapar muriendo, sino para morir venciendo. ¿Cómo?
Veámoslo como un duelo. B4, el retador, dice que revocará cualquier acción de B3. Si B3 apaga el aparato, B4 lo prenderá; si eleva el volumen, B4 lo bajará; si abre una tapa, B4 la cerrará; etc. Cansado de sufrir tantas reversiones, B3 elige una acción que tiene altas chances, si no necesidad lógica, de resultarle irreversible a B4.
Nadie impugnaría por imposibles o absurdas las otras "revocaciones",* como las que desapagaron el aparato, deselevaron el volumen o desabrieron una tapa. Pero revocar la destrucción del aparato y sus botones, incluyendo al revocador, ya es otra cosa.
* ¿Por qué las comillas? En sentido estricto, prender el aparato, bajar su volumen o cerrarle una tapa son acciones contrarias a apagarlo, subirle el volumen o abrirle una tapa, no sus respectivas revocaciones. Pero podemos llamarlas así en sentido figurado (o si se aplican a eventos simbólicos, no físicos). La sucesión de tres estados (encendido, apagado, encendido, por ejemplo) crea la ilusión de reversión, como la sucesión rápida de imágenes estáticas crea la ilusión de movimiento. (Las ilusiones se parecen a hacer algo con nada.)B4 no pudo haber sido mejor desafiado. Por un lado, imagino a B3, de contrataque, rematando la comunicación de la acción elegida con un “¡Revocame esta!”.
2.
Por otro lado, me hace acordar a Homero retando a Lisa por su máquina de movimiento perpetuo (T6E21):
Toma 1. La segunda ley de la termodinámica, que hace físicamente imposible una máquina de movimiento perpetuo, tiene que ver también con la irreversibilidad habitual de los eventos físicos, como la destrucción de un aparato. ¿Por qué «habitual»? Porque lo que hay con esos eventos, en rigor, es una altísima probabilidad de irreversibilidad, no una necesariedad. Esto la vuelve una imposibilidad más débil que la de un móvil perpetuo, que no tiene un caso remoto existoso, sino ninguno, nunca: no tiene porque no puede tener porque con la segunda ley de la termodinámica no se jode.
Toma 2. Dentro de nuestras leyes físicas, no importa cuánto tiempo puedas esperar la creación de un móvil perpetuo: nunca sucederá; es un objeto imposible. En cambio, por nuestras «leyes de estadística», si esperás lo suficiente alguna vez sucederá la restauración "espontánea" de un artefacto destruido o de una copa de vino que se hizo añicos contra el suelo. Así lo argumenta Richard Morris en esta cita, que traigo de la sección 3 de “Azar y sentido (Collage II)”:
«Si dejo caer una copa de vino al suelo y observo cómo se hace añicos, estoy contemplando un caso de aumento de entropía. La rotura de la copa es uno de los procesos irreversibles que rige la flecha del tiempo de la termodinámica. Señalo, de paso, que éste es un caso en el que la definición de la entropía que se basa en la noción de desorden resulta más útil que la que lo hace en la noción de desequilibrio. Al romperse la copa, un estado de desorden sustituye al de orden.
De existir una fluctuación estadística de suficiente magnitud, cabe imaginar que se recomponen los trozos de cristal, y que la copa vuelve a mi mano. No hay motivo fundamental alguno para que esto no ocurra, si se espera el tiempo necesario. Las fluctuaciones estadísticas pueden hacer que las moléculas de aire contenidas en la habitación se muevan exactamente de la forma adecuada para que los trozos de cristal se junten de nuevo. A su vez, otras fluctuaciones pueden crear unos breves aumentos de temperatura en los cantos rotos, de tal forma que se suelden, reconstituyéndose así la copa. Y una última fluctuación habrá creado tal corriente de aire debajo de ésta, ya entera, que la ha empujado hacia arriba.
Según las leyes de estadística, esta secuencia de acontecimientos es posible, aunque realmente poco probable. Sería muy difícil calcular exactamente su índice de probabilidad, que debe ser del orden de una de 101025. [...] Es un número tan grande que si se escribiera entero, llenaría más páginas que las de todos los libros jamás publicados. Y aunque los diferentes países del mundo siguieran publicando a su ritmo actual durante 10.000 millones de años, aún faltarían libros para contener todos los dígitos de que se compone. Es como si las leyes de la estadística nos dijeran: «Los milagros sí son posibles, pero la probabilidad de que ocurran es tan remota que equivale prácticamente a cero».
Richard Morris, Las flechas del tiempo, Salvat, Barcelona, 1987. Páginas 122 y 123.
En definitiva, que se revierta la destrucción del aparato es improbabilísimo, pero no imposible (o es posible, pero improbabilísimo; depende qué expectativas te frustre el «pero», que para eso existe). Tan o más difícil es lograr esa reversión, conseguirla en vez de atestiguarla. Es lo que promete el botón 4, que no dice que la acción del 3 se revertirá sola, sino que él la revertirá. Y esto es todavía más difícil que lograr la reversión no siendo el botón 4 (siendo Dios o un mago, por ejemplo). ¿Por qué?
Como sea, para el botón 4 ya sería tarde, aun si cualquiera de estas cosas ocurriera de inmediato.
Como sea, el botón 4 recién puede cumplir su misión cuando ya no es necesaria. Cuando pueda hacerla, la tarea ya habrá sido hecha sin sus servicios.
Digamos lo obvio: la raíz de este sinsentido es que el botón 4 está en el mismo aparato que el 3. Si estuviera en otro, su poder de revocar desde ahí la destrucción del primero sería una mera cuestión de fe, como con cualquier otro poder sobrenatural. Pero al estar en el mismo aparato, antes de llegar a la fe hay que ignorar o negar la lógica, que se resiste a aceptar que se pueda apretar (y con éxito) el botón de un aparato hecho añicos.
Para los creyentes más audaces, el botón 4 desbloquea un nivel superior de fe. Para otros creyentes, eso ya no es fe, que puede ser ciega pero no ilógica. O tal vez es una fe más meritoria, contestan los supercreyentes: es mucho más fácil creer que una voluntad divina o una varita mágica revocará la destrucción del aparato que creer que lo hará uno de sus botones; cualquiera puede aceptar un milagro no ilógico, pocos uno ilógico.
3.
Los creyentes de revocaciones más clásicas responden con un consejo de estrategia. Para poder disimular ese sinsentido que vino de fábrica, el botón 4 debe ser opacamente prodigioso. De algún modo que no nos ha sido revelado ni podemos definir, el botón 4 revoca la destrucción del aparato y la suya en el mismo acto, no en dos momentos (uno externo y habilitante, el otro interno y tardío), como pudieron dar a entender las últimas dos tomas.
El disimulo puede incluir afianzar lo que no se aflojó denunciando un sinsentido en una negación que nadie hizo; por ejemplo, afirmando con tu tono más intransigente que botones sin su aparato y aparato sin sus botones son las dos caras de un mismo absurdo disfuncional (como si alguno no lo fuera). Es cierto, pero el punto era si un botón del aparato destruido puede restaurarlo; no te faltó razón, te faltó puntería.Como sea, una vez aceptado el misterio del aniquilado aniquilador de la aniquilación, si el artefacto recuperó su integridad pudo haber sido gracias a una acción hecha desde afuera, por una divinidad o por una probabilidad «tan remota que equivale prácticamente a cero», o desde adentro, por el botón 4, aunque eso nos parezca tan o más difícil que inflar un globo soplando desde adentro.
Probemos con dividir las restauraciones entre las que tienen un agente que acciona el botón 4 y las que no, como las producidas por fluctuaciones estadísticas. Éstas ocupan un nodo en la red conceptual de las restauraciones formulables, pero el ensayo mira la red desde otro nodo, uno –tal vez imposible– donde alguien tocará un botón desdestructor del aparato recién destruido por la acción de otro botón, tocado por la misma persona o por otra (la agencia admite cualquier identidad humana).
El botón 4 no predice una revocación, que encima debe ser inmediata o poco demorada (para mayor improbabilidad de algo ya improbabilísimo); la ofrece: es un instrumento real ofreciéndose a un agente eventual. Por respeto a una tradición de diecisiete años y dos hitos (uno consumado y el otro consumándose), voy a seguir jugando a que el instrumento es agente y aprovechar para meterlo en una tradición de resurrecciones.
La del botón 4 se parece más a la de Dioniso, que había sido destrozado y devorado por los titanes, que a la de Jesús, que había quedado con algunas cicatrices tangibles pero con su cuerpo entero. Pero el niño Dioniso no se autorresucitó, como el botón 4, ni fue resucitado por uno de sus trozos, como el aparato, sino por Atenea. Así que en esto el botón 4 se parece más a Jesús, que resucitó (sin que nadie lo resucitara), y en todo caso se resucitó a sí mismo (si lo resucitó Dios y él es Dios, para no enredarnos con la Santísima Trinidad).
Preguntémonos lo obvio: si el botón 4 fue destruido junto con el aparato, ¿cómo pudo haberlo restaurado? Ni idea, él sabrá, y quien quiera creer, que crea. Y ya lanzados a creer, no faltarán los supercreyentes que se salgan del juego y razonen que, si cada botón debe ser presionado para surtir efecto, el botón 4 que está «dormido en el discurso de sus destrucciones» no puede ser presionado por un dedo humano, tan realista y material, sino sólo por uno mágico o divino. O por el de cualquier habitante del más-allá-de-la-física que se haya topado con el alma del aparato y haya decidido devolverlo al más acá. (Pasó San Agustín y dijo que era demasiado.)
4.
Volvamos al duelo. Con la misma esperanza de terminar con la revocación diaria de todos sus actos y hechos, Phil intenta salir del Día de la Marmota suicidándose, pero sin el éxito que B3 espera tener con su inmolación.
El despertar lo convence de que su destrucción es tan revocable como la de un lápiz o un radiodespertador. Lo que a cualquier mortal lo sacaría de la vida, a él lo saca del día, que reinicia.
— el Zambullista (@Zambullista) August 12, 2021
Los otros 3 suicidios no tienen la esperanza del 1º; son iguales a dormirse temprano. pic.twitter.com/fZF4kHkUlh
Si B4 no llega a arreglárselas para revertir la destrucción que lo incluye, B3 le habrá ganado el duelo: habrá conseguido que no le pueda revocar todas las acciones (ni en sentido estricto ni en sentido figurado).
Quienes se llevan una victoria pírrica son sobrevivientes muy perjudicados por la guerra o batalla recién terminada; no es el caso del botón 3, que se consagraría ganador post mortem, desde que se dejase de esperar la reversión prometida por el botón 4. Recién con su destrucción compartida B3 ganaría un grado de libertad no amenazada. Esta vez lo suyo sería despedida y debut (ella tan prematura, él tan póstumo).
Algunos se dejan caer de espaldas confiando en que los van a agarrar a tiempo para devolverles el equilibrio sacrificado. Si, en vez de un duelo, lo de B3 y B4 fuese uno de estos ejercicios, B3 estaría dispuesto a matarse confiando en que B4 lo resucitaría. Superame esa confianza (en algunas sectas la han igualado). Su traición es proporcionalmente insuperable: cuando se deja de esperar la reversión prometida, para B3 se consuma la mayor defraudación posible (o la de daño más “permanente”), además de la victoria más pírrica (la de un no sobreviviente).
Toma 1. ¿Cuánto tiempo hay que esperar la reversión? Depende. Si el botón 4 promete una revocación inmediata, cumple o incumple rápido; si promete una finitamente mediata, cumple antes e inclumple después de esa finitud paciente (a impacientes se dirige la frase «Lo imposible sólo tarda más»); y si promete una revocación infinitamente mediata, no cumple ni incumple nunca.
Subtoma 1. No son posibilidades equiprobables, si hablamos de un botón a presionar, y no de una carta que un mensajero debe entregarle al ejecutor de la revocación, y menos de una botella al mar que debe llegarle, con buena suerte y viento a favor.Toma 2. Superada una espera, a un evento físico se lo declara irreversible. Un evento absolutamente irreversible tendría una espera insuperable; o sea, habría que esperar una eternidad su reversión. Pero si las «leyes de estadística» prevén un caso exitoso antes de la eternidad, se trata de una irreversibilidad relativa (a la paciencia superada), por alta que sea su probabilidad (si fuera del 100%, no sería relativa, sino absoluta, y la espera del cisne negro sería eterna).
Lo más probable es que, de ser posible apretar el botón 4 destruido, esperemos una restauración inmediata del artefacto, tan inmediata como la acción de cualquier otro botón.
Subtoma 2. Normalmente, para el botón de un aparato una respuesta menos que inmediata ya vendría con delay. Y si el silencio persistiera, pensaríamos que el botón no funciona.
Algunas demoras pueden tener una justificación programática. Por ejemplo, el botón 3 puede tener un temporizador para que te alejes del radio de destrucción ni bien lo presiones (si fuera alguien, el botón 4 te envidiaría la movilidad).
5.
Apretando primero el botón 4 no pasa nada, porque no tiene sentido: no puede haber revocación de la destrucción si no hubo destrucción; no hay nada que revocar. Si fuera el botón Deshacer de un programa (como el Kate), estaría en gris e inactivo: imposible deshacer sin haber hecho un cambio que se pueda deshacer (y luego rehacer, que es deshacer el deshacer).
Obviando lo cromático, una indicación de inactividad equivalente para el botón 4 sería que estuviera trabado mientras no tenga sentido apretarlo y destrabado cuando sí, luego de su destrucción (?). Cuando lo podés tocar no hace nada y cuando debería hacer algo no lo podés tocar.
No sé en el más allá, pero nunca nadie del más acá vería destrabado al botón 4, tenga o no el poder de revocar su final: si lo tiene, porque al restaurar el aparato volvió a su estado de botón trabado; si no lo tiene, porque o bien ya no existe el botón 4 (se accionó el 3) o bien todavía no tiene sentido apretarlo (no se accionó el 3).
Recapitulemos. Si en verdad el botón 4 tiene ese poder, esta puede ser la n-ésima vez que se van a apretar los botones 3 y 4. Algunos creyentes del poder del botón 4 suelen invertir el razonamiento: la prueba de que tiene ese poder es que el aparato está ahí, recién revertido de una conflagración. (En el relato “El informe de Brodie”, de Borges, como prueba del poder de convertir hombres en hormigas que tenían sus hechiceros, un yahoo le señaló un hormiguero al misionero escosés David Brodie.)
Si el 4 no tiene ese poder pero el 3 sí tiene el suyo, los dos botones necesariamente están esperando su debut. Para el botón 3 esta vez sería debut y despedida (al revés del botón 4, si tiene ese poder; si no lo tiene, será sólo despedida). Si tampoco tiene el botón 3 ningún poder de destrucción, mientras no se sepa, su farsa encubre o acompaña la del botón 4, que nunca se verá en la necesidad de probar que puede lo que no puede. Y si el botón 3 tiene ese poder (nada muy difícil: es simplemente fabricar un explosivo con un detonador), el botón 4 tendrá la ocasión (la obligación) de hacer una demostración de su poder. (Pasó el ave fénix y dijo que era demasiado.)
6.
A cualquiera le aceptarían su defunción como justificativo por haber incumplido un compromiso o un deber; al botón 4, no. Mal puede excusarse en haber sufrido una destrucción que ya estaba contemplada en la misión misma, justamente en calidad de objeto de la revocación prometida, que incluye su resurrección. ¿Cumplirá su promesa?
El sentido común dice que el botón 4 no estará ahí cuando se lo necesite. Eso a un tipo de fe, un tetrabotonista fiel, no lo convence ni disuade, y resuelve confiar en que el botón 4 sabrá arreglárselas, que por qué iba a haber hablado, si no. No obstante, tal vez prefiere no poner a prueba su fe ni arriesgarse innecesariamente apretando el botón 3 del valiosísimo aparato (rompe paga). Pero un fanático del tetrabotonismo podría pasar de la subestimación pasiva del poder del botón 3 a desear apretarlo, para probarles de una vez por todas a los incrédulos que el botón 4 no promete en falso.
Ahí está el aparato, entero: o todavía no actuó el fanático o ya actuó al menos una vez, y quizás muchas. El botón 4 puede no haber debutado, puede haber sólo debutado, puede ser ya un experto o puede estar en vías de serlo. O su acción puede no ser posible.
7.
Ahora sí viene al caso el botón 2, que dice que el oprimirlo prevendrá la acción del botón 3 (el mismo dibujo de un Anulo mufa). Los botones 1, 5 y 6 siguen sin venir al caso.
En un mundo de eventos físicos irreversibles, es más realista querer prevenir la destrucción del aparato (llegar antes) que querer revocarla (llegar después). La acción del botón 2 va en el mismo sentido que la flecha del tiempo; la del botón 4, en sentido opuesto. Lo suyo es como revertir la corriente del río del tiempo, como pasa al inicio de Memento. (Pasó un salmón y dijo que era demasiado.)
Con el trío que vino al caso, lo que tenemos ahora es un juego epidemiológico con roles paralelos –otra vez– a los del Mafia: el botón 3 es la enfermedad (el ladrón que quiere matar a A. Parato), el botón 2 es la vacuna (el policía que quiere evitarlo), y el botón 4 es un antídoto o remedio (el médico que puede salvarlo).
Acá el médico tiene un rol restaurador; la otra vez tuvo un rol preventivo:
X te vende un detector de una enfermedad que inventa y un amuleto que te protege de contraerla.
— el Zambullista (@Zambullista) November 2, 2020
Si no supiéramos eso, para el silencio del detector serían indistinguibles la razón de un amuleto infalible y la razón de un detector, un protector y un dañador falsos.Son los cuatro roles básicos del Mafia (sacando a Dios, que sólo dirige y relata): el ladrón (la enfermedad) que intentará matar a alguien (a vos); el policía que intentará evitarlo descubriendo al ladrón (el detector); y el médico que intentará evitarlo salvándote (el amuleto).
— el Zambullista (@Zambullista) November 2, 2020Comienzo de “Detectores”
Habrá quienes piensen que el botón 4 se creó como refuerzo del 2, para relevarlo si la prevención fallaba. Y habrá quienes piensen que el botón 2 se creó para hacer innecesario un imposible, que es una manera de evitarlo. El imposible que le encajaron al botón 4 consiste en desdestruirse desdestruyendo el aparato, del que vuelve a ser parte junto al destructor y otros cuatro. Su consuelo es que en dos de las tres aperturas que vienen al caso queda exento de cumplir su promesa incumplible.
El orden de los botones altera el producto. Al menos los de esta mitad, porque 1, 5 y 6 siguen sin venir al caso. Repasemos las aperturas posibles y sus consecuencias necesarias. Si se presiona primero el botón 4, no pasa nada (porque no habrá pasado nada, por lo que no habrá nada para revocar). Si se presiona primero el botón 2, no habrá posibilidad de destrucción del aparato ni, por lo tanto, necesidad de restaurarlo; si se presiona primero el botón 3, sí. Elige tu propia apertura.
8.
Spoiler: no pude, y en su lugar salió esta sección 8. (No es la primera vez que un escrito nace de que malentiendo algo, e imagino que tampoco va a ser la última.)
Supongamos que tengo un aparato con tres botones, con las funciones que vinieron al caso en el aparato del botón 4: un evitador de la destrucción (E), un destructor (D) y un revocador de la destrucción (R). Pero esta vez no sabemos cuál es cuál, o sea, qué poder se le dio a cada uno. Podemos saber qué número tienen (1, 2, 3), pero no qué significan (como sí sabíamos con los botones 2, 3, 4 del aparato anterior). Es algo que tendremos que averiguar pulsándolos.
Si presionamos un botón y el aparato se destruye, habremos averiguado la significación / función / identidad de uno. La secuencia empieza por D y sigue con RE o con ER. ¿Con qué resultados? Depende. Si aceptamos que un botón del aparato puede deshacer la destrucción que le hizo otro, ambas secuencias, DRE y DER, nos dejan un aparato entero, la primera de inmediato y la segunda un toque más tarde. Si no aceptamos el poder del botón R, estas secuencias nos dejan un aparato destruido, sin que E pueda evitarlo. Venir mediata o inmediatamente después de D, estar a su derecha, hace no inocuo a R e inocuo a E.
Si el aparato no se destruye con nuestra primera opción, es que hemos presionado el evitador o el revocador. Si tocando un segundo botón el aparato se destruye, el primero tuvo que haber sido el revocador, porque si hubiera sido el evitador el aparato no se habría destruido. En esta secuencia (RDE), D está flanqueado por botones inocuos: R llega irremediablemente temprano para revocar la destrucción y E llega irremediablemente tarde para evitarla (la evitará cuando enroquen y formen la secuencia inversa, dos párrafos más adelante). Acá es indistinto si aceptamos o no el poder de R, porque siempre es inocuo cuando está a la izquierda (o antes) de D; aun si lo tuviera, no lo podría usar.
Ahora ponele que apretando el segundo botón el aparato no se destruyó. Si el primero fue el revocador, el segundo tuvo que haber sido el evitador, porque si hubiera sido el destructor el aparato se habría destruido. Y cuando se presione D en tercer lugar, debería seguir sin pasar nada, gracias a que E lo habrá neutralizado. El resultado de la secuencia RED es un aparato ileso, sin que importe, de nuevo, si aceptamos o no el poder ilógico de R.
Si el primer botón apretado fue el evitador, el segundo pudo haber sido el destructor, que él ha desactivado, o el revocador, otra vez prematuramente inocuo. Con cualquiera de los dos como tercer botón apretado, seguirá sin pasar nada, y otra vez sin importar lo que pensemos de R (en la secuencia EDR es superfluo y en ERD sería inocouo si no fuera superfluo).
Con estas últimas, hemos recorrido las seis secuencias posibles de esos tres poderes (3! = 3×2×1 = 6; el factorial de 3 es más manejable que el de 6 o el de 50). Repasemos las secuencias por orden de aparición, en parejas que compartan la primera letra, y con el estado final del aparato en cada caso (aceptando el poder de R / no aceptándolo, cuando importe distinguir):
Pareja D
1. DRE restaurado / destruido
2. DER restaurado / destruido
Pareja R
3. RDE destruido
4. RED ileso
Pareja E
5. EDR ileso
6. ERD ileso
Sólo en la pareja D es relevante resolver si una revocación ilógica es aceptable; de eso depende el estado resultante del aparato. En las otras dos parejas, aceptar o rechazar el poder de R no cambia el resultado.
Recapitulemos sus seis participaciones: en las secuencias 1 y 2 (pareja D), R será lo que debe ser o no será nada; en las secuencias 3 y 4 (pareja R), R es inocuo; en la 5 es superfluo (ya se encargó E); en la 6 también, y si no lo fuera sería otra vez inocuo, como todas las veces en que se ubica antes de D (o sea, a su izquierda –en nuestra cultura). E es inocuo en la otra dirección, cuando se ubica después de D (o sea, a su derecha). Incluso D, tan amenazante, tiene su posición de botón inocuo, justamente cuando E está antes (o a su izquierda, como prefieras).
Cuando no son inocuos, E y D tienen efectos observables: una salvación (E efectivo, D inocuo) y un aniquilamiento (D efectivo, E inocuo). Para quienes creen en el poder de R, cuando no es inocuo también tiene efectos observables: una restauración del aparato destruido. Para quienes no creen, el botón no tiene acción posible (dejó de existir junto con el aparato) ni efectos observables (no volvió a existir el aparato).
Para terminar, una yapa reversionista. Si emparejamos cada secuencia con su inversa, veremos una pareja impar-par, otra par-par, y otra impar-impar:
-
la secuencia 1 (DRE) es la inversa de la 6 (ERD);
la 2 (DER), de la 4 (RED);
la 3 (RDE), de la 5 (EDR).
Algún día, tal vez en otros 17 años y medio, podrá importar saberlo. Mientras tanto, lo llevo conmigo como el Caballero Blanco lleva una ratonera en el lomo de su caballo, que lleva canilleras:
La enorme fe del Caballero Blanco en sus inventos e ideas queda minúscula al lado de la superfe que le tienen al superpoder del botón 4 y del botón R sus supercreyentes. Pero de esto ya hablamos.«–¿Para qué la ratonera? –preguntó Alicia–. No es muy probable que haya ratones en el lomo del caballo.
–No muy probable, tal vez –aceptó el Caballero–; pero, si aparecieran, no querría tenerlos corriendo por todos lados.
–¿Ves? –continuó tras una pausa–. Más vale estar prevenido para cualquier cosa. Esa es la razón por la cual el caballo lleva esas canilleras en las patas.
–Pero ¿para qué sirven? –preguntó Alicia, con la mayor curiosidad.
–Para protegerlo de las mordeduras de tiburones –replicó el Caballero–. Yo mismo lo inventé.»*


%2B510px.png)








Para Rosalía la perfección, que es divina y por lo tanto «“se niega en todo momento terreno”», sirve para lo mismo que para Fernando Birri –citado por Eduardo Galeano– el horizonte y su alegorizada, la utopía: sirven para caminar (hacia allá). No es un destino; es una dirección, una orientación, un Norte, “la referencia”, como le dice Rosalía (sin que la imperfección de sus obras terrenales le impida ser muy feliz haciéndolas):























