La esposa y su viudo



En vísperas de una intervención quirúrgica muy delicada, la señora N apoda a su marido “el viudo”.
El humor es una toma de distancia, se sabe. Si su objeto es el propio humorista, es la distancia de un desapego. Esa distancia y ese desapego son máximos –y para mí envidiables– cuando el tema del humorista es su propia muerte (a través del luto ajeno, con la distancia también en la perspectiva), porque es la suerte más indeseable (y más cuanto más prematura, si uno no es tan infeliz como para preferirla).
Si ese deseo de omisión y su fuerza adhesiva son cosas distintas, entonces el desapego del autohumorista tanático consiste en desprenderse de esa adherencia, incluso si no se desprende también del deseo que la crea, el de seguir existiendo; consiste en conservarlo en la abstracta condición de un deseo sin apego ni repulsión, un deseo pacífico: sin nada que defender, sin nada de lo que defenderse.

Hay 1 comentario:

el Zambullista
31 de mayo de 2013, 23:58

Tres años después, la señora N sufre un vahído cuando está volviendo cargada con bolsas del supermercado a su casa, un día de muchísimo calor y humedad. La mujer que la asiste en la calle resulta ser enfermera o algo así. “Debería ir a un hospital a que la vean, señora. Vamos, la acompaño”, le dice ni bien la ve un poco mejor. “No, está bien, si estoy acá nomás de mi casa”, le contesta la señora N. La mujer insiste: “Señora, si usted fuera mi madre, yo la llevaría a un hospital”. Con la voz todavía algo tomada por el mareo, la señora N le dice: “¿Y si fuera su suegra?”.