Una puntualidad de tres velocidades



I




Primera perogrullada. A igual velocidad, cuanto menor es la distancia a cubrir peor –más antieconómica– es la tardanza en hacerlo. Consumo mucho más tiempo, que es un insumo de movimiento, del que podría consumir: llego tarde a lo más cercano, como le pasó al matafuego con su cartel de señalización (demora que no le es imputable a él, por supuesto, sino a quien lo usó, si concedemos imaginar que con él se apagó ese fuego; y demora que, después de todo, pudo no haber sido tan grande, si tenemos en cuenta que el cartel quedó quemado pero entero e incluso legible, en vez de haber quedado carbonizado –que sería un caso límite del llegar tarde, tanto que ya no hay nada para apagar o tanto que están desmantelando el bar cuando F llega).

II




Otro de los límites de esa demora y de ese derroche sucede en el límite de una cercanía progresiva: ahí donde ya no hay viaje (ni posibilidad de llegar tarde) porque la línea de largada y la de llegada se han aproximado tanto que coinciden, no están separadas. Que el caso sea absurdo no significa que no existan intentos; sólo significa que esos intentos absurdos y necesariamente vanos siempre se deben a la distracción, a la reacción mecánica desacertada o a la pérdida transitoria de sentido común, pero nunca a la esperanza, el deseo o la voluntad (en suma, a nada que presuponga una creencia en su posibilidad, un crédito de razonabilidad). Como en la mecanización del trabajo humano en la producción serial de “Tiempos modernos”, lo rutinario puede desajustarse y uno creer que va a –en lugar de ir de– su piso 18, y ahí elegirlo como destino del viaje. La falta de reacción del ascensor nos saca del error y cambiamos el rumbo por uno posible con cualquier otro botón, entre los que está el que queríamos tocar, que en general es otro botón rutinario (como puede y suele ser el de Planta Baja). (Luego, en un ascensor detenido, un tablero sin ningún botón iluminado puede ser el resultado –por omisión– de que aún no se ha elegido un destino, o el resultado –por acción– de que se ha elegido el origen del viaje, que es el único destino lógica y necesariamente vedado.)

III


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Segunda perogrullada, con un exordio lleno de prevenciones. Más acá de ese límite y negación de la proximidad, “antes” del tiempo nulo –“instantáneo”– que puede “durar” el “viaje” de un punto de origen a uno de destino “idénticos”, en cualquier rango en que ellos se diferencien, siempre hay tiempo para llegar tarde. Para llegar puntual, no (para llegar temprano, menos).
Ya en el dominio de la economía, cómo administrar el tiempo limitado que tengo para llegar puntual, es decir, a qué velocidad debo o puedo moverme hasta que se haga la hora (o incluso en y desde ese momento), depende de dónde tenga la hora del encuentro. Si la tengo en el futuro, siempre habrá una velocidad inferior a la instantánea a la que pueda viajar para llegar puntual. Si la tengo en el presente, sólo podría llegar puntual viajando a una velocidad instantánea. Si la tengo en el pasado, a una velocidad superior a la instantánea. Dime de cuándo vienes y te diré a qué velocidad viajaste.
Con la primera velocidad, tengo una locación por vez. Con la segunda, una o más bilocaciones por vez. Con la tercera, un desplazamiento entre veces (lo que se conoce como un viaje en el tiempo). Para el Doctor Zoidberg, el Profesor Farnsworth está llegando 15 años tarde a la revocación de esa tardanza, que es una pérdida de tiempo.


PD: Y sí, casualmente es así: publico este ensayo a 6 minutos de empezar a llegar tarde, de empezar a no estar ahí donde desde ese momento debería estar. Y sólo dispongo de la primera velocidad.

Hay 2 comentarios:

Ombligo Verde
10 de diciembre de 2009, 21:56

Qué oportuno, Zorro. Otra gran manera de salirte del aprieto con una ñoñada. No te preocupes, todavía, a cuatro días, te estamos esperando.

yo siempre digo "Soy TAN puntual, que llego temprano".

Abrazo previo al abrazo real si mañana lográs la velocidad correcta.


el Zambullista
11 de diciembre de 2009, 18:15

Lo de “salirte del aprieto con una ñoñada” me hizo cagar de la risa. Será que es más fuerte que yo, porque acá va otro ejemplo.

Sólo los vecinos de lo puntual tienen grados, términos medios: se puede ser muy pre-puntual y muy pos-puntual, pero no muy puntual. En este sentido, sólo se es o no se es puntual, que es estar en el lugar indicado a la hora indicada, ni antes ni después. Pero en un sentido más amplio, los vecinos integran una única relación o atributo y por encima del grado 0 de la pun­tua­li­dad (la hora del en­cuen­tro) somos tem­pra­ne­ros (muy puntuales) y por debajo somos impun­tua­les y luego tar­de­ros (muy poco puntuales –o muy im­pun­tua­les, con el máxi­mo de todo lo que reste de tiempo físico des­pués de esa hora). Vamo’ a lo que decía, entonces: siempre hay tiempo para llegar tarde; para llegar puntual, no (para llegar tem­pra­no, hay menos).
Siendo las seis y cuarto de la tarde, con la hora del en­cuen­tro en el futuro, todavía tengo tiempo para llegar puntual o –desde un poco menos– para llegar temprano. Divagando espero el nuevo desafío.
Por ex­pe­rien­cia, puedo adelantarte que, si vuelvo a perder, desde un poco antes sufriré, como todas las veces, el deseo agudo de apurarme lo nece­sa­rio y sufi­cien­te para llegar a ese lugar a esa hora, primero con un taxi y después con espe­cu­la­cio­nes sobre alcanzar o superar la veloci­dad ins­tan­tá­nea.