Lo irrevocable burlado



X conversaba por teléfono con su novia. La situación era tensa, seria y triste. Hablaban de su relación, en crisis o deteriorada (sufría un daño que era o bien emergente y empinado o bien la maduración lenta de una pendiente suave, como un apagamiento). Los silencios largos eran comunes. En el flujo de la charla, X se resolvió a cortar la relación (lo hacía el más incómodo de los dos, no el más enganchado ni, por lo tanto, el que más temía y al que más le dolería el corte). X fue desembuchando con pausas pero sin interrupciones. Cuando creyó preferible recibir alguna respuesta antes de seguir, se mantuvo sin hablar. La pausa fue más larga de lo común o X se impacientó antes: lo cierto es que interpeló a su flamante ex novia:
–¿Z? ¿Z?
El silencio que siguió dejó de ser humano, si alguna vez lo había sido: la comunicación se había cortado y X no sabía desde cuándo. Volvió a llamar, preguntó y se enteró de que había estado despidiéndose largamente en el vacío:
–¿Qué me decías?
Imposible repetirlo sin sentirse un actor (y de comedia, como buena segunda vez). Siguieron de novios un año más.

La vida social introduce una novedad en el universo de los eventos: la de los eventos simbólicos que genera el tráfico verbal, distintos de los eventos que estudia la Física. Prueba y ejemplo de esa diferencia es un rasgo imposible en los eventos físicos y posible en los simbólicos: el ser revocable.
Es como una licencia poética hablar ahí de revocación, cuando lo que en verdad hubo fue un enterarse X de que nunca se había producido el corte que dio por hecho durante un buen trecho lleno de dichos. Que ese súbito desengaño suscite una sensación similar a la que se tendría si se hubiera revocado un hecho, no quiere decir que se haya revocado un hecho; sigue siendo lo más sensato ver ahí a uno que se anoticia tarde de otro hecho, como fue el corte de la comunicación antes del corte de la relación: sólo para X hubo un corte de la relación; luego, sólo para X la desmentida pudo saber a revocación de ese corte.
Los efectos simbólicos se pueden anular; las acciones, deshacer. Sus colegas físicos son inmunes al Ctrl+Z. Pero sólo desde la subjetividad engañable de X su caso puede ejemplificar la fragilidad revocatoria de los eventos simbólicos. X sufrió la ilusión de haber cerrado la relación y la ilusión de su revocación, antes de llegar a la visión o comprensión de que seguía estando con Z y de que nunca había dejado de estar con ella durante la charla (aunque la sensación fuera de haber vuelto a estar) y de que hacía mucho que había dejado de ser una charla.

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