Los perros que hablan



Volvamos a los reconocimientos que hace nuestro Homero cuando despierta de su misterioso viaje:

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Enfrasquémonos en una cuestión entre lógica y semántica: ¿es lo mismo “Los perros que hablan no existen” que “Los perros que existen no hablan”? Y si no es lo mismo, ¿cuál es entonces la relación que hay entre esas composiciones conceptuales, que tal vez no estén solas en la conversación?
Los conceptos se combinan, entre otras cosas, para implicar otros conceptos, que se integran a la red. No digo trazar un mapa, pero al menos me gustaría hacer un esbozo de esas dependencias y solidaridades conceptuales, de los movimientos que hacen para relacionarse, de las rutas que trazan y de cómo las usan los flujos de creencias guiados por alguna lógica.
Ojalá se vea algo de esto al terminar el ensayo; pero para empezar, el caso tal vez sirva para ilustrar que el hecho de que todo lo equivalente sea intercambiable –suponiendo que lo sea– no implica que todo lo intercambiable sea equivalente.

Toma 1

Lo que Homero dijo y lo que pudo haber dicho son enunciados intercambiables a los fines de significar que no hay perros parlantes, pero no por ser equivalentes. Lo que los hace canjeables es una metonimia particular, en la que se toma uno de los hitos del viaje para significar su destino, gracias a que se sobreentiende el hito de procedencia. El viaje silogístico es éste:
      Si los perros que no hablan existen
      y los perros que hablan no existen,
      entonces los perros que existen no hablan.

La segunda premisa o condición (“Los perros que hablan no existen”) es indisociable de –ya que no equivalente a– la conclusión (“Los perros que existen no hablan”) sólo si sobreentendemos la primera (“Los perros que no hablan existen”). Sin este sobreentendido, afirmar que los perros que hablan no existen no llevaría a que los perros que existen no hablan; bien podrían inexistir los perros que no hablan, además de los que hablan: bien podría no haber perros.

Toma 2

En castellano, el verbo haber habilita piezas para el juego de atribuirles cosas, que es algo que hacemos con los otros verbos; entre éstos, por ejemplo, hablar o existir.*
Para explayarme sobre este punto, voy a incurrir en la autocita del primer capítulo del libro inédito

Ser o no estar, ésa es la cuestión
Ensayo sobre la diferencia ser-estar


1. Presencia y existencia: el encuentro entre haber y existir

Cuando un verbo como correr constituye por sí solo el predicado de un enunciado (“Juan corre”) no tiene una significación ni un comportamiento diferentes que cuando lo comparte con otras piezas (“Juan corre diez kilómetros diarios alrededor del parque”). Ese no es el caso del verbo estar, que desconoce la soledad, y de los verbos haber y ser, que acompañados hacen –y dicen– una cosa, y solos, otra. El caso de ser quedará para más adelante; empecemos por haber.
Los sentidos de haber y de existir no son idénticos, pero sí vecinos: todo lo vecinos que pueden ser los conceptos de presencia y existencia. La confusión entre los dos sentidos es improbable cuando haber comparte el predicado, y es común cuando lo soporta él solo. Es fácil acordar que la observación “Hay nubes en el cielo” comunica la presencia de nubes en el cielo, no su existencia. Pero muchos renunciarían a discernir “Hay un ser superior” de “Existe un ser superior”, que pasan ambas por ser proposiciones existenciales. No sólo creo necesario distinguir, por un lado, qué significan, sino también, por el otro, qué hacen. Comencemos por la primera distinción.
Los casos como el de «nubes en el cielo», en que la presencia tiene un alcance especificado, serán tratados más adelante, cuando haber se junte con ser y estar para el deslinde de roles. Por el momento, basta con que hagamos la diferencia entre (los sentidos de) una presencia a secas y una presencia situada. (Lo que aquí se afirme sobre la presencia de un no evento valdrá a su vez para la ocurrencia de un evento, situada –“Hubo dos grandes guerras en Europa durante el siglo XX”– o no situada –“Hay un aumento global de la temperatura”–.) La universalidad que adquiere una presencia cuyo alcance no se especifica acerca su significación a la de una existencia, casi hasta indiferenciarlas. Pero decir la presencia de algo es decir más que su existencia: la presencia de algo presupone su existencia, y no a la inversa. A esa presuposición unilateral le debe su sabor paradójico el dicho “Las brujas no existen; pero que las hay, las hay”. Al afirmar la presencia de aquello a lo que se le niega existencia, se está negando el presupuesto de lo que se está afirmando. No es afirmar y negar lo mismo a la vez, como si pudiera parafrasearse: “Las brujas no existen; pero que existen, existen” o “No hay brujas; pero que las hay, las hay”. El dicho es paradójico, no zonzo. Su contradicción sutil, insisto, radica en afirmar algo pero al mismo tiempo negar lo que lo hace posible, lo que ese algo presupone.
En la segunda distinción, el rumbo de la presuposición se invierte: lo que hace existir (y, en rigor, lo que hace cualquier otro verbo) presupone lo que en soledad hace haber. La afirmación “Un ser superior ha creado el universo” tal vez presupone –sólo para ocuparnos del sujeto– la afirmación “Existe un ser superior”; ésta y aquélla, juntas o cada una por separado, seguro presuponen una afirmación última: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual decimos –predicamos– que existe y/o que ha creado el universo”. Que es última se puede verificar en el hecho de que la afirmación “Hay un ser superior” no presupone que “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual decimos que hay”; no lo presupone: directamente lo afirma.*
Si esta presuposición es tautológica, la del enunciado negativo (“No hay un ser superior”) es contradictoria: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual predicamos que no hay”. Aceptada la diferencia de sentido entre haber y existir, la negación de una existencia (“No existe un ser superior”) no suscita contradicción alguna en su presupuesto: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual predicamos que no existe”. Es decir: con existir no sucede nada diferente que con otros predicados de significación menos cercana a la de haber, como pueden ser los de dormir o caminar.
Prueba de que son sentidos distintos el de una presencia y el de una presencia situada es que el presupuesto de esta última –afirmada o negada– tampoco resulta contradictorio: “Hay algo a lo que llamamos «nubes» y de lo cual decimos que hay (o que no hay) en el cielo”. No hay la misma información en la parte del presupuesto que instaura la pieza a ser predicada que en la parte que explicita su predicación: hay otra o hay más, lo cual es condición suficiente para que el presupuesto no sea tautológico ni contradictorio.

Si en el presupuesto de toda predicación hay, más tarde o más temprano, un predicado de presencia, éste es lógicamente anterior a ese resto al que sirve de fundamento. El solitario haber, por lo tanto, al mismo tiempo que predica (presencia u ocurrencia), opera para hacer posible la predicación: la abastece de sujetos y da pie a sus predicados. La segunda de las funciones matiza a la primera: la presencia que en soledad predica haber es menos la de un evento o un no evento que la de las piezas en que los convertimos para jugar con ellas al juego de la predicación. Para decirlo de otra manera: esa predicación de haber es menos temática que operativa; tal vez por eso es que puede habitar la presuposición de las que son preeminentemente temáticas (desde las presuposiciones de vecinas como la existencia y la identidad, hasta las de otras más distantes).
Resumamos. Visto así, lo que hace en soledad el verbo es proveer (hay) o sustraer (no hay) una pieza de predicación, la misma que después los copulativos ser o estar unirán a otras, por ejemplo; la misma, en síntesis, de la que después los otros hablarán. En “Hay un ser superior”, lo que hace haber al significar la presencia de un ser superior (fácilmente confundible con la existencia que presupone) es habilitarlo para recibir predicados (de existencia, de identidad, de estado, etc.). En lugar de oblicuamente problemático, sería meramente absurdo decir: “No hay brujas. Las brujas vuelan en escobas”; el sujeto de la segunda proposición está inhabilitado desde la primera (en este tipo de perplejidad incursionaría el famoso dicho si tuviera sus verbos cambiados: “No hay brujas; pero que existen, existen”).
La afirmación “Hay perros” introduce una pieza genérica (y de morfología simple) en el juego; “Los perros existen” es una jugada hecha con esa pieza, igual que “Los perros no existen” o “Los perros hablan” (cómo ponderemos tal o cual jugada es una cuestión aparte). Con agregarles un atributo, las piezas introducidas pueden ser más específicas (y de morfología compuesta). Por ejemplo, hay perros que existen y perros que no existen; o hay perros que hablan y perros que no hablan.

¿Qué dice Homero de los perros que hablan? Que no existen, nada menos. Pero sobre este tema nada dice de los perros que no hablan. Ver a un perro, como le sucede a Homero, permite jugar que los perros existen; pero esto sigue sin decirnos nada de los perros que no hablan. Si sobreentendemos su existencia no declarada, recién entonces podemos inferir que si alguna clase de perros existe debe ser la clase de los que no hablan. En lugar de comunicar esta inferencia, “Los perros que existen no hablan”, Homero comunica la observación que permite hacerla: “Los perros que hablan no existen”.
En el otro caso se introduce que hay perros que existen y perros que no existen. ¿Qué se dice normalmente de los perros que existen? Que no hablan. Luego, si alguna clase de perro habla debe ser la clase de los perros que no existen. Esta clase es, por definición, vacía. (La clase le debe su vacuidad –o nulidad de miembros– a ese inexistir canino; su presencia en el juego donde se predica esa inexistencia se la debe a la instalación que hace de ella el verbo haber.) Si la clase de los perros que hablan es igual (o sea, tiene la misma extensión) que ella, es también vacía y los perros que hablan no existen.

Toma 3

No hay una zona común, de intersección, entre los perros que existen y los perros que hablan. Puede haber perros que existan, puede haber perros que hablen, pero no puede haber perros que existan y que hablen. O existen y no hablan o hablan y no existen. Como existir sin hablar es más fácil que hablar sin existir, deducimos que la especie de perros que existen sin hablar es la única que hay (como se ve, la base de esta deducción es semántica: hacemos uso del saber de que hablar requiere existir, y no a la inversa).
Un perro sin habla y un habla sin perro están en la misma situación que un gato sin sonrisa y una sonrisa sin gato.

Las negaciones de los atributos combinados no son reversibles según su verdad, como lo son sus afirmaciones según su falsedad. Es cierto que los perros que no existen tampoco hablan. Pero no es cierto que los perros que no hablan tampoco existen (de hecho, son los únicos que existen). En cambio, es igualmente falso que los perros que hablan existen y que los perros que existen hablan.

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