La inteligencia del sargento



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El Zorro, “Sombra de duda” (T1 E14)

1.

El recurso de disuasión más común en estos casos es pedirle al otro que se ponga en el lugar de uno. Pero el cabo Reyes innova (o sólo varía). No hace que el sargento García se ponga en su lugar de elogiador eventual, sino en el lugar del comandante nuevo: alguien que mira a quien le están presentando (versionó el cabo, tal vez para purgar de eventualidad el rol) o a ese por quien preguntó (había imaginado el sargento) y cree en o descree de la descripción que le dan: “...es el más inteligente del ejército”. El sargento deja perder la vista, tal vez para que nada lo distraiga de lo que está sucediendo en su imaginación con eso de verse a sí mismo como una cosa ajena, y también él descree. Puesto en ese lugar, apenas vacila antes de identificarse estúpido (“Usted tampoco lo creería, ¿verdad?”, lo ha apurado el cabo Reyes).
Pero el sargento inmediatamente hace algo más: al movimiento frontal de reconocerse estúpido le suma el movimiento lateral o envolvente de inferir de ahí una alta inteligencia; el resultado es una paradoja. O cerca: nada más (y nada menos) que una ilusión de paradoja, porque después de todo la inteligencia de reconocerse estúpido no desmiente el reconocimiento sobre el que se apoya. Otra vez: no revierte la estupidez característica del sargento (o su fama ganada en lances fallidos) la lucidez de padecerla, adquirida reflexionando sobre esos lances, no en ellos (en los que sigue tan estúpido como siempre).

1.1

La ilusión paradojal nos hace creer que estamos asistiendo a una excepción o transgresión a la regla que imposibilita la convivencia de términos mutuamente excluyentes. La dualidad del sargento García recuerda la que tiene la comprensión del guardián sobre su situación, según unos exégetas de “Ante la ley” que el capellán le expone a Joseph K en El proceso. El enunciado es genérico: «...la comprensión correcta de una cosa y la comprensión errónea de esa misma cosa no se excluyen mutuamente del todo», dice la traducción de Miguel Vedda para Colihue («...se puede al mismo tiempo comprender una cosa y engañarse con respecto a ella», traduce Vicente Mendivil para Losada).
Respecto de cosas distintas, uno puede ser a la vez estúpido e inteligente sin contradicción, como el tablero de ajedrez es a la vez blanco y negro. Los antagonistas de una paradoja, en cambio, no conocen esta distribución; compiten por todo con razones de igual peso para ganar, de modo que sí «se excluyen mutuamente del todo».

1.2

Los contrastes de la sucesión de experiencias y efectos parecen diseñados: anagnórisis decepcionante (me reconozco estúpido...) y epifanía pum para arriba (...por lo tanto, me descubro muy inteligente). Revisemos la secuencia que nos conduce a negar lo que empieza haciéndonos afirmar (o eso parece).
Primero, García se desanimará con la aceptación de que no podría engañar al nuevo comandante: mal puede esperar hacerle creer algo en lo que él tampoco creería. Después se reanimará con la meta-(auto)observación de que, si a mí tampoco me engañaría alguien como yo, “eso demuestra que soy muy inteligente”.
Esta alta capacidad para reconocer mi baja capacidad es como una inteligencia de segundo grado y, a los efectos del propósito original, tal vez tardía. Porque si el sargento fuese inteligente sin importar cuándo, debería haberse visto inteligente cuando se puso en el lugar del nuevo comandante, lo cual habría dejado abierta la esperanza de hacérselo creer y la historia habría sido otra que la que fue. (Si García no fuese inteligente, sino que sólo se lo creyese, el episodio tendría un desengaño como desenlace más probable, suponiendo que el cabo Reyes resulte consultado por el nuevo comandante y respete lo ensayado.)

2.

El argumento del sargento García presupone que la capacidad de reconocer a un estúpido se debe a (o es signo y medida de) la inteligencia que se tiene. ¿Pero por qué en vez de esa verticalidad jerárquica del que mira desde un escalón más alto de inteligencia, no puede haber una horizontal empatía o identificación o inyección de confianza haciendo posible esa detección de un par? (En ese caso el sargento García pasaría de tener una prueba de su inteligencia a tener una de su estupidez, ambas indirectas pero por vías diferentes.)
Pero la razón alternativa tiene un problema: uno a sus pares (o a los que cree sus pares) los ve con la misma inteligencia que la propia, grados más, grados menos. No puedo decirle a otro estúpido sin a la vez estar diciéndome inteligente (lo suficiente, al menos, como para detectar a un estúpido, volviendo al presupuesto del argumento de García). Y esa ya no es una relación entre pares; por definición, inferior no es par.
Que el cabo Reyes vea estúpido al sargento, y que afirme que el nuevo comandante también lo vería así, puede ser una mezcla de identificación con un par (él es tan tonto como yo...) y de la lucidez del que no tiene su mirada comprometida por un deseo (...pero no logra verlo, bloqueado por las ganas de que su superior tampoco).
Por las razones que fueren y por muy parecidos que parezcan, no deja de ser consistente que uno vea a otro con menos inteligencia. Pero con el sargento puesto a ver cómo vería el nuevo comandante y a ser visto desde ese lugar, los roles de yo (detector de estúpidos) y de otro (estúpido detectado) están a cargo de un solo actor. ¿Puede uno dejar de ser un par de sí mismo?

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