La lógica de la inadivinable actividad adivinada





1.


2.

Entonces, esta es la primera escena a interpretar dentro de esos 15 minutos de un 15 de agosto como hoy pero de hace 6 años: hay uno que se jacta de tener algo inadivinable y viene alguien y se lo adivina. A las 12:46:53 y a las 12:47:29, a 10 minutos con 35 segundos de adivinar, Verónica me (y se) pregunta si en ese caso el algo en cuestión no debería reventar, pinchado por la respuesta certera que le afectaría una “característica inherente” (o atributo definitorio).
Cuando adivina, primero me pide que le comunique el resultado que espera (“decime que reventó”) y 6 segundos después afirma que es un resultado necesario (“tiene que autodestruirse”), carácter –o modalidad– que después de otros 6 segundos enfatiza a los gritos (convención sinestésica mediante: “TIENE QUE”).
6 años después, rectifico mi respuesta, que fue un “No estaría mal” (...si pasara eso). No estaría mal que pasara eso si el acierto de Verónica produjera alguna contradicción en la cosa. Pero todo lo que produce es una desmentida: esa actividad no es inadivinable; la prueba es que alguien la adivinó. Machaquemos.

Contradictorio no es que sea adivinable cuando dice ser inadivinable, sino que deba y no pueda ser –como dice ser– inadivinable. Por ejemplo, el atributo del perro Lélape (cazador infalible) y el de las lanzas que todo lo atraviesan se vuelven contradictorios cuando deben coexistir, respectivamente, con el atributo de la zorra de Teumeso (inatrapable) y con el de los escudos inatravesables. Y viceversa.
Pero fuera de estas coexistencias problemáticas, cualquiera de los dos atributos absolutos de cada par puede ser perfectamente consistente. Que además sea verdadero es otra cuestión, que depende de si Lélape falla o no con una presa falible, si la zorra de Teumeso escapa o no de un perseguidor falible, si las lanzas todopoderosas atraviesan o no un escudo normal y si el escudo todopoderoso es atravesado o no por una lanza normal. Si un poder invencible es vencido, quiere decir que es falso, como el poder de la inadivinabilidad que cacareé que tenía la actividad adivinada. Luego, lo suyo no es estallar, sino desvanecerse (como las “fábulas de amor” y las “pompas de jabón” del tema de Sui Generis “Canción para mi muerte”, o como cualquier ilusión desbaratada).

3.

Distinto, aunque parecido, es el caso de «la Esfinge preguntona del Desierto» (así la llama César Vallejo en su poema “Espergesia”). Si su ley es morir cuando le resuelven la adivinanza con que depreda, su vida es prueba de su invicto, como sucede con las presas aún vivas. Pero invicto es un estado: no implica estar dotado de una invencibilidad. Puede ser el caso, como puede no ser; y si pierde el invicto, seguro no era el caso.
En lo que sí se parecen es en la acción que hacen: en lugar de guardar en secreto un saber, lo exponen en una adivinanza para medir fuerzas con los desafiados. El que necesita seguir teniendo un secreto no dice que tiene un secreto; el que ofrece que se lo averigüen es porque no lo necesita, aun si todavía lo quiere retener. Liberado de esa necesidad, juega con el secreto como el calesitero con la sortija: si no se lo sacan en buena ley (como hicieron Edipo y Vero), es probable que lo termine cediendo.

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