Esquemas e historietas (La diferencia ser-estar) 1/3 El verbo 'ser'




Introducción

   La relación del castellano ser con el inglés to be –tomémosla como caso testigo– es asimétrica: todo lo que se puede decir con ser se puede decir con to be, pero no a la inversa. Las necesidades que en inglés cubre un verbo, en castellano las cubren dos (ser y estar), y aun tres (haber).
   De esta asimetría nacen los errores típicos que los hablantes del inglés y de otras lenguas cometen en sus primeras incursiones en el español: “Eran chicos en la plaza”, en lugar de “Había chicos en la plaza”; “Soy en mi casa”, en lugar de “Estoy en mi casa”; “Soy cansado”, en lugar de “Estoy cansado”. Explicar las razones de estos errores y explicar el juego de esos tres verbos son cosas muy parecidas.
   Antes de que el aprendiz conozca y aplique la teoría de lo permanente y lo transitorio, sus errores se limitan a preferir ser a estar o a haber, como en los ejemplos dados. Después de conocerla, alterna las preferencias y enriquece su repertorio de fallos. Aplicando bien una mala teoría, dirá, por ejemplo, “La vaca es muerta”, ya que la muerte es permanente; o “Estoy estudiante de español”, ya que esa condición es transitoria.
   Su situación es injusta: no puede saber que la ley que tanto se esfuerza por obedecer es ignorada o desobedecida sistemáticamente por los hablantes nativos del español, aun por quienes la divulgan (que no la usan para hablar –lo que no hacen mal–, sino sólo para teorizar y/o enseñar).
   No obstante, y tal vez gracias a su simplicidad esquemática, la distinción entre lo permanente y lo transitorio goza de gran aceptación en su oficio de explicar la diferencia ser-estar. Más adelante habrá oportunidad de objetar su eficacia y su precisión con más argumentos que quejas; en esta introducción sólo pretendo diferenciar métodos.
   Permanente y transitorio son atributos de las escenas que constituyen, por ejemplo, un ser noruego y un estar dormido. En lugar de preguntarnos cómo son las escenas en las que participan ser y estar, probemos preguntarnos qué son y cómo opera cada verbo para crear la suya.
   El encuentro de ser y estar, que veremos en el tercer ensayo del tríptico, está preludiado y atravesado por otros. Así que empezaremos hablando del encuentro entre haber y existir, para seguir con el que tiene ser con existir (en este primer ensayo), que es parte de los preparativos de su encuentro con estar (verbo al que estará dedicado el segundo ensayo).

1. Presencia y existencia: el encuentro entre haber y existir

   Cuando un verbo como correr constituye por sí solo el predicado de un enunciado (“Juan corre”), no tiene una significación ni un comportamiento diferentes que cuando lo comparte con otras piezas (“Juan corre diez kilómetros diarios alrededor del parque”). Ese no es el caso de los verbos haber y ser, que acompañados dicen y hacen una cosa, y solos, otra.
   Los sentidos de haber y de existir no son idénticos, pero sí vecinos: todo lo vecinos que pueden ser los conceptos de presencia y existencia. La confusión entre los dos sentidos es improbable cuando haber comparte el predicado, y es común cuando lo soporta él solo. Es fácil acordar que la observación “Hay nubes en el cielo” comunica la presencia de nubes en el cielo, no su existencia. Pero muchos renunciarían a discernir “Hay un ser superior” de “Existe un ser superior”, que pasan ambas por ser proposiciones existenciales; por mi parte, no sólo creo necesario distinguir qué significan, sino también qué hacen. Empiezo por la primera distinción.
   Diferenciemos entre (los sentidos de) una presencia a secas y una presencia situada. (Lo que aquí se afirme sobre la presencia de un no evento valdrá a su vez para la ocurrencia de un evento, ya sea que esté situada –“Hubo dos grandes guerras en Europa durante el siglo XX”– o no situada –“Hay personas que se emborrachan con la primera copa”–.) La universalidad que adquiere una presencia cuyo alcance no se especifica acerca su significación a la de una existencia, casi hasta indiferenciarlas. Pero decir la presencia de algo es decir más que su existencia: la presencia de algo presupone su existencia, y no a la inversa.
   A esa presuposición unilateral le debe su sabor paradójico el dicho “Las brujas no existen; pero que las hay, las hay”. Al afirmar la presencia de aquello a lo que se le niega existencia, se está negando el presupuesto de lo que se está afirmando. No es afirmar y negar lo mismo a la vez, como si pudiera parafrasearse: “Las brujas no existen; pero que existen, existen” o “No hay brujas; pero que las hay, las hay”. El dicho es paradójico, no zonzo. Su contradicción sutil, insisto, radica en afirmar algo pero al mismo tiempo negar lo que lo hace posible, lo que ese algo presupone.
   En la segunda distinción, el rumbo de la presuposición se invierte: lo que hace existir (y, en rigor, lo que hace cualquier otro verbo) presupone lo que en soledad hace haber. La afirmación “Un ser superior ha creado el universo” presupone –sólo para ocuparnos del sujeto– la afirmación “Existe un ser superior”; ésta y aquélla, juntas o cada una por su cuenta, presuponen una afirmación última: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual decimos –predicamos– que existe y/o que ha creado el universo”. Que es última puede verificarse en el hecho de que la afirmación “Hay un ser superior” no presupone que “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual decimos que hay”; no lo presupone: directamente lo afirma.
   Si esta presuposición es tautológica, la del enunciado negativo (“No hay un ser superior”) es contradictoria: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual predicamos que no hay”. Aceptada la diferencia de sentido entre haber y existir, la negación de una existencia (“No existe un ser superior”) no suscita contradicción alguna en su presupuesto: “Hay algo a lo que llamamos «ser superior» y de lo cual predicamos que no existe”. Es decir: con existir no sucede nada diferente que con otros predicados de significación menos cercana a la de haber, como pueden ser los de dormir o caminar.
   Prueba de que son sentidos distintos el de una presencia y el de una presencia situada es que el presupuesto de esta última –afirmada o negada– tampoco resulta contradictorio: “Hay algo a lo que llamamos «nubes» y de lo cual decimos que hay (o que no hay) en el cielo”. No hay la misma información en la parte del presupuesto que instaura la pieza a ser predicada que en la parte que explicita su predicación: hay otra o hay más, lo cual es condición suficiente para que el presupuesto no sea tautológico ni contradictorio.
   Si en el presupuesto de toda predicación hay, más tarde o más temprano, un predicado de presencia, éste es lógicamente anterior a ese resto al que sirve de fundamento. El solitario haber, por lo tanto, al mismo tiempo que predica (presencia de un no evento u ocurrencia de un evento), opera para hacer posible la predicación: la abastece de sujetos y da pie a sus predicados. La segunda de las funciones matiza a la primera: la presencia que en soledad predica haber es menos la de un evento o un no evento que la de las piezas en que los convertimos para jugar con ellas al juego de la predicación. Para decirlo de otra manera: esa predicación de haber es menos temática que operativa; tal vez por eso es que puede habitar la presuposición de las que son más bien temáticas (desde las presuposiciones de vecinas como la existencia y la identidad, hasta las de otras más distantes).
   Visto así, lo que hace en soledad el verbo es proveer (hay) o sustraer (no hay) una pieza de predicación, la misma de la que después los otros hablarán. En “Hay un ser superior”, lo que hace haber al significar la presencia de un ser superior (fácilmente confundible con la existencia que presupone) es habilitarlo para recibir predicados (de existencia, de identidad, de estado, etcétera). En lugar de oblicuamente problemático, sería meramente absurdo decir: “No hay brujas. Las brujas vuelan en escobas”; el sujeto de la segunda proposición está inhabilitado desde la primera (en este tipo de perplejidad incursionaría el famoso dicho si tuviera sus verbos cambiados: “No hay brujas; pero que existen, existen”).

2. Existencia e identidad: el valor existencial de ser

   El verbo ser, al revés de haber, en soledad sólo predica y en compañía sólo opera (aunque lo hace para producir predicados, no para posibilitarlos). Si se las mira bien, estas dos acciones de ser son complementarias. Su prédica, que no parece diferir demasiado de la del verbo existir, no dice exactamente una existencia, sino una identidad que coincide con una existencia. Cuando opera –y cuando no lo hace retóricamente, tautología mediante–, forja identidades, ninguna de ellas coincidente con la existencia que viste. Para justificar estas tesis, veamos algunos ejemplos.
   Continuando con nuestra línea teológica, el verbo ser se encarga él solo del sentido predicado en “Dios es” (que equivale aproximadamente a “Dios existe”) y lo comparte en “Dios es un ser superior” (que equivale, si se me permite, a “Dios existe en calidad de ser superior”).
   Un ejemplo menos universal y persistente del valor existencial que tiene el verbo en soledad (o en su «significación absoluta», como también se le dice) lo constituye el giro popular “Juan fue”, usado para significar que el susodicho, para mí, dejó de ser, de existir, en el sentido de que dejó de importar o de contar (referido a un evento o a un vínculo, significa que éste pasó: “Con la devaluación, los viajes de la clase media porteña a Europa fueron”; “Mi relación con Gumersinda ya fue, Gertrudis”).
   En pleno uso de su acabamiento aspectual, esos Pretéritos Perfectos Simples de ser, de rigor en estos casos, valen por negaciones del presente, que están implicadas pero que nunca son dichas: “Juan ya no es [=no existe =no cuenta]”; “Los viajes a Europa ahora no son [=no existen =no tienen lugar, no ocurren]”; “Mi relación con Gumersinda ya no es [=no existe =no continúa, no tiene vigencia]”.
   A la inversa, si los Pretéritos Perfectos Simples están negados –“Juan no fue”–, valen por afirmaciones presentes cuyo sentido, no obstante, se expresa con otro verbo: no “Juan es”, sino “Juan existe”, pero como “El Sur también existe”, en el sentido de que importa o de que está vigente.
   Puede darse un ejemplo más clásico: el “Érase una vez una princesa...” del comienzo de los cuentos de hadas, que alterna con el “Había una vez...”. Otro ejemplo literario lo escribió Fray Luis de León, en La vida del campo: “Y sigue la escondida senda / por do han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido”.
   Alguien que –por distancia idiomática o dialectal– no entendiera el sentido existencial que tiene el verbo ser en el último verso, podría esperarle un complemento, que algunos gramáticos llaman «predicativo»: ¿los pocos sabios que en el mundo han sido qué? Si resuelve aceptar que el verso está completo, puede suponer que al verbo se le ha ahorrado un complemento tautológico: los pocos sabios que en el mundo han sido... sabios (lo que se puede parafrasear así: los pocos sabios que en el mundo han existido en calidad de sabios; exhibamos la presuposición: hay algo a lo que llamamos «sabios» y de lo cual predicamos que son sabios). Nadie protestaría por ese ahorro: ¿a qué darle a algo una identidad no diferente de aquella con la que se presenta?
   Podemos tener motivos retóricos para no ahorrarnos la tautología. La de “Maradona es Maradona” –para seguir la línea teológica– no es vana: explicita la originalidad irrepetible del Diego, como si dijéramos: “Maradona hay (hubo y habrá) uno solo”.
   En tales circunstancias, la identidad no se distingue de la existencia; o para ser más precisos: la identidad a atribuir no se distingue de la identidad con que se presenta el sujeto a la ceremonia de la atribución, que es la identidad que manifiesta su existencia. Y entonces, por efecto de la superposición, su predicado se mimetiza y se confunde con un predicado de existencia, para terminar en la equivalencia entre “Dios es” y “Dios existe”.
   En los casos en que el verbo ser tiene un valor existencial, el complemento silenciado o está acotado al máximo (y su reposición da una tautología, como vimos) o no está acotado en absoluto. En el primer caso, en pleno ejercicio de la predicación, usamos el verbo conjugado («han sido», «es», «fue», etc.); en el segundo, aislamos el infinitivo «ser» del resto de la predicación, que entonces queda en la pura potencialidad. Hamlet no se pregunta si ser o no ser algo en particular o de algún modo en especial (un vengador de su padre o un loco, por ejemplo; o Hamlet mismo, incluso); su indagación es absolutamente general: ser o no ser cualquier cosa o de cualquier manera (existir o no existir en calidad de lo que fuere). Esta determinación nula o aquella tautológica es lo que debe callar el verbo ser para vestir los hábitos de existir.
   En su rol existencial, entonces, el verbo ser es un actor que ha debido recortar al máximo sus pretensiones o abstenerse de satisfacerlas; él, que tiene el potencial de interpretar cualquier papel, o bien se ve ahí limitado a interpretar el único que ya existe, el que ya tiene (el que ya es) el personaje al que debe interpretar; o bien se ve inhibido de hacer un ejercicio efectivo de su potencial. Esa limitación explica la rigidez lingüística que padecen las actuaciones concretadas: los ejemplos vistos se parecen más a fórmulas cristalizadas que a formas vivas del español. Sobrecalificado como está para esos trabajos, la comprensible reticencia de ser a tomarlos explica la escasez de su número. Adecuadamente calificado para ellos está el verbo existir, que los asume la inmensa mayoría de las veces.
   Recapitulemos. El verbo existir no predica la identidad de lo que existe; sólo afirma que algo existe, sin determinar en calidad de qué (es decir, bajo qué identidad) ni con qué características. Esto es precisamente lo que hace el verbo ser en las predicaciones efectivas. Una de las posibles identidades de un algo es aquella con la que se presenta a la existencia (y sin ninguna no puede presentarse); como es la que le reconocemos por defecto, declararla es hacer una duplicación tautológica de ella, sólo redimible retóricamente. Al abstenerse de hacer esa duplicación vana, pero sin renunciar al uso del verbo que la pide, el español asimila en esos casos el sentido de ser al de existir.
   Las proposiciones “Hay Dios”, “Dios existe” y “Dios es” tienen significados similares, cuando no equivalentes, pero hacen cosas diferentes. “Hay Dios” instituye una existencia, un sujeto de predicación; “Dios existe” predica una existencia sobre el sujeto instituido; “Dios es” da esa existencia como identidad, lo cual deja abierta la posibilidad de que haya otras. El desarrollo de esta potencialidad es la mitad de lo que hace el verbo ser cuando integra predicados de identidad (en su función copulativa, como a veces se la llama); la otra mitad es la atribución de rasgos de identidad (o sea, características).

3. Los valores relacionales de ser y las cuatro operaciones de identidad

   Si pudiésemos afirmar que algo existe pero no pudiésemos definir la clase de cosas a la que pertenece, categorizarlo, identificarlo ni caracterizarlo, estaríamos ante un caso de existencia sin identidad. Las acciones que nos escamoteó el ejercicio de suposición son las cuatro operaciones de identidad que en español se hacen con el verbo ser, y que responden, respectivamente, a las siguientes averiguaciones: qué es (en el sentido de qué clase de cosa es: a qué clase de cosas pertenece, a qué otras cosas es igual respecto de determinada propiedad); qué es eso que es (en el sentido de cómo se define la clase de cosas a la que pertenece); cuál o quién es (en el sentido de cuál cosa o persona es); cómo es (la caracterización por modalidad es una entre otras, no la única). Ejemplos: eso es un triángulo; un triángulo es una figura de tres lados; de aquellas cinco figuras, el triángulo es la del medio; ese triángulo es enorme.
   En los cuatro casos, el verbo ser tiene un valor relacional: no es un predicado, sino un operador cuya acción genera un predicado de identidad (el predicado de ser un triángulo, el de ser una figura de tres lados, el de ser la figura del medio y el de ser enorme). Categorización, definición de la categoría, identificación y caracterización son las acciones que llevamos a cabo con los enunciados que portan estos predicados de identidad. En los actos de definición e identificación, el verbo ser funciona como un signo de igualdad; en los de categorización y caracterización, como un signo de pertenencia o uno de inclusión. Desarrollemos estas distinciones.

3.1a. El verbo ser como signo de igualdad: la identificación

   Una definición supone una relación de igualdad entre dos clases; una identificación, una relación de igualdad entre dos individuos (en rigor, entre dos signos –nombre, descripción definida o deíctico– de un individuo). Una relación de igualdad entre dos términos –clases o individuos– o bien admite el trámite de una sustitución de uno por otro o bien admite el trámite de una conversión de uno en el otro. Los términos de una equivalencia por sustitución pertenecen a un mismo ámbito; los de una equivalencia por conversión, a ámbitos diferentes. Pasemos a los ejemplos.
   Supongamos que narro que Diego de la Vega invita a tomar una copa al sargento García. Un neófito en el tema me pregunta cuál es Diego de la Vega y quién es. Contesto que Diego de la Vega es ese, el que está sentado en la mesa más cercana a la puerta y que él es el hijo de un importante hacendado, don Alejandro. Aquella señalación y esta descripción procuran identificar a Diego de la Vega, en dos de las tres formas (la otra es el nombrar) que puede adoptar una identificación: la primera lo singulariza, lo distingue, todavía despojado de atributos (sólo «ese»), apenas tal vez referenciado («el que está sentado en la mesa más cercana a la puerta»); la segunda ya lo retrata, lo “define” (en el sentido no estricto en que el portador de un nombre propio, que no es ni supone un concepto, puede ser definido). Por lo demás, cada una de ellas puede sustituir al nombre propio en la narración original sin que se altere su sentido: “El hijo de don Alejandro (o «ese» o «el hombre que está sentado en la mesa más cercana a la puerta») invita a tomar una copa al sargento García”.
   Las equivalencias ofrecidas han sido estrictas, literales; las hay también figuradas, retóricas. Nadie exento de la comprensión de un robot como Jaime, de la serie El superagente 86, entendería literalmente estas declaraciones: “El sargento García es su panza”, “La panza del sargento García es un globo”. También en estas identificaciones se opera una equivalencia por sustitución; pero es evidente que las parejas de términos asimilados están, respectivamente, en relación metonímica (asimilación por contigüidad) y en relación metafórica (asimilación por semejanza o analogía –en este caso, entre la forma de esa panza militar y la de un globo–). Aceptadas estas condiciones de equiparación, puede procederse inteligiblemente a la sustitución. (La radicación de algunos sustitutos es el origen de muchos de los sobrenombres y apodos que saben usurpar la identidad nominal de las personas: el metafórico del boxeador Juan Martín “Látigo” Coggi, por ejemplo; o el metonímico o sinecdóquico “Cabeza” en lugar del literal “Cabezón”, como soporta Oscar Ruggeri.)
   Supongamos ahora que le revelo al neófito que Diego de la Vega es el Zorro. La anterior sustitución del nombre propio no es aquí lícita, ya que no es cierto que el Zorro invita a tomar una copa al sargento García; en este caso, la instrucción que conlleva el verbo ser no es: “Sustituya a Diego de la Vega por el Zorro”, sino: “Haga la conversión entre dos términos heterogéneos: el Zorro –que pertenece a un ámbito clandestino– y Diego de la Vega –que pertenece a un ámbito oficial–.” Del mismo modo, en “Dog es perro” se nos instruye convertir “dog” –del ámbito del inglés– en “perro” –del ámbito del español–. Dada la afirmación “Dog tiene una sola sílaba”, la sustitución produciría la falsedad “Perro tiene una sola sílaba”.
   Si digo “Candelaria es la continuación de Bahía Blanca al Sur de Rivadavia” o “Candelaria es la Bahía Blanca del Sur”, la identificación de la calle Candelaria supone una igualdad por sustitución (las frases “Candelaria tiene una arboleda frondosa” y “La continuación de Bahía Blanca al Sur de Rivadavia –o «la Bahía Blanca del Sur»– tiene una arboleda frondosa” dicen lo mismo). Pero si, para lograr una fórmula más económica, omito la relación de “continuación” –en su expresión literal y en su expresión analógica– y digo “Candelaria es Bahía Blanca”, la equivalencia pide ahora una conversión para resultar comprensible. Así, dado un individuo con una identidad en determinado dominio, la identificación por conversión revela, como si revelara un alter ego, la identidad que asume en otro dominio (Diego de la Vega, la del Zorro; “dog”, la de “perro”; Candelaria, la de Bahía Blanca).
   Como ya lo exhibe la proposición “Candelaria es la Bahía Blanca del Sur”, también las equivalencias por conversión pueden ser no literales. El ejemplo no es insuficiente, pero cederé a la tentación de rizar el rizo con otro. En la observación “El antifaz del Zorro son los lentes de Clark Kent”, también es necesaria una analogía funcional para entender la igualdad: el antifaz es al Zorro –identidad clandestina de Diego de la Vega– lo que los lentes son a Clark Kent –identidad civil de Superman–: su recurso facial para el disimulo de la doble identidad. Es fácil ver que no puedo sustituir uno por otro: dada la afirmación “El antifaz del Zorro es negro”, la sustitución daría la falsedad “Los lentes de Clark Kent son negros”.
   Cabe prevenir una confusión: es la diferencia de poseedores lo que provee aquí los ámbitos heterogéneos de la conversión, no la diferencia de órdenes de identidad de los personajes. Se hacen equivaler dos recursos –el antifaz y los lentes– de dueños diferentes, lo cual es relevante; éstos, a su vez, comportan identidades de status diferentes (una clandestina, la otra civil), lo cual no es relevante para convertir un recurso en otro.
   Literales o figuradas, las identificaciones vistas hasta aquí han sido de individuos. Los individuos convocados fueron todos concretos (categoría al menos doble: los hay animados –personas, animales, plantas, seres vivos en general– e inanimados –objetos en general–); es momento de convocar a individuos abstractos. A esta última clase pertenecen, entre otros miembros conspicuos, los sentidos, los números, los momentos, los espacios y los modos, a cuya identificación procedemos cuando decimos, por ejemplo: “Dog es la palabra inglesa que significa ‘perro’”; “2+2 es [o «son»] 4”; “Son las cinco y media” o “Es martes”; “Ahí es donde pasé mi infancia”; “Así es como me pagan todo lo que hice por ellos” o “Cantando es como amanezco”.
   En todos estos casos, no menos que cuando relaciona “sustancias”, el verbo ser hace las veces de un signo de igualdad entre dos términos homogéneos: entre dos sentidos (el que designa la palabra «dog» y el que designa la expresión «la palabra inglesa que significa “perro”»); entre dos números (el que designa la fórmula «2+2» y el que designa el numeral «4»); entre dos momentos (el ahora y una hora, las 5:30; el momento señalado por el sobreentendido deíctico «hoy» y el designado por el nombre de un día, «martes»); entre dos espacios (el señalado por el deíctico «ahí» y el referido por la expresión «donde pasé mi infancia»); y entre dos modos (el señalado por el deíctico «así» y el referido por la expresión «como me pagan todo lo que hice por ellos»; el referido por la expresión «cantando» y el referido por la expresión «como amanezco»).
   Pero además de individuos se pueden identificar propiedades de individuos (que vienen a ser a su vez individuos –abstracciones, como algunas de las que acabamos de identificar– que funcionan como propiedades de otros). No otra cosa son, por ejemplo, la cardinalidad de un conjunto (“Mis hermanos son dos”); el valor de un objeto (“Un kilo de naranjas, dos de manzanas... Son 5 pesos”) o de un derecho (“La entrada es un alimento no perecedero”; “El hotel son 14 pesos por noche”); la locación o la temporalidad de un evento (“La fiesta es en la casa de Juan a las 10”). Por si hace falta explicitarlo, estoy identificando el número que tiene el conjunto de mis hermanos (=2); el valor que tienen un kilo de naranjas y dos de manzanas (=5 pesos), y el valor que tiene un ingreso (=un alimento no perecedero) y un hospedaje (=14 pesos por noche); el lugar de una fiesta (=la casa de Juan) y su momento (=las 10).

3.1b. El verbo ser como signo de igualdad: la definición

   Los ejemplos de sustitución y conversión provistos corresponden a la acción de una identificación; los que veremos a continuación corresponderán a la otra acción que supone una relación de igualdad (entre clases, en este caso): la definición conceptual.
   Borges gusta citar que para Nicolás de Cusa una línea recta (infinita) es el arco de un círculo infinito. Aquí el verbo ser opera una igualdad entre la clase de las líneas rectas y la clase de los círculos infinitos, no entre dos determinados miembros de cada una de ellas. La definición se sostiene sobre una equivalencia establecida entre una figura del dominio de lo curvo y otra del dominio de lo recto, que es la que interesa definir; la inteligibilidad de la definición requiere que aquélla se convierta en ésta, no que la sustituya.
   Habilitados para una sustitución están los términos padre y progenitor masculino en la definición que los hace equivaler (“Un padre es un progenitor masculino”): bien puedo decir “Mi padre se llamaba Arturo” como decir “Mi progenitor masculino se llamaba Arturo”. Los miembros de la clase padre y los miembros de la clase progenitor masculino son los mismos; luego, las clases son idénticas. Otro tanto ocurre con la definición “Un triángulo es una figura de tres lados”: todo lo que sea un triángulo (todo lo que sea miembro de la clase de los triángulos...) es una figura de tres lados (...es miembro de la clase de las figuras de tres lados), y viceversa. La identidad de cada uno se vuelve para la del otro un requisito indispensable: si algo es un triángulo, es una figura de tres lados; si algo es una figura de tres lados, es un triángulo. Es esta condición reversible, bidireccional, lo que hace sustituibles los términos triángulo y figura de tres lados. La conversión se asienta en una traductibilidad; la sustitución, en una sinonimia: de ahí que sus términos sean intercambiables.
   Al igual que en una identificación, en una definición la equivalencia también puede no ser literal: “El tiburón es el basurero del mar” (equivalencia metafórica o analógica: el tiburón es al mar lo que los basureros son a las calles de una ciudad); “El hombre es sus circunstancias” (equivalencia metonímica).
   Como en el caso de la línea recta, es obvio que no hablamos aquí de un tiburón o de un hombre en particular, sino de cualquier tiburón y de cualquier hombre o, mejor aún, de un tiburón y de un hombre prototípicos o arquetípicos, representantes ideales de sus respectivas clases; son éstas, insisto, las que, por representación o de modo directo y pleno, participan en una definición.
   En una definición, la igualdad entre dos clases importa una sinonimia de sus signos. Decir que el conjunto de los padres y el conjunto de los progenitores masculinos son el mismo equivale a decir que «padre» y «progenitor masculino» son correferenciales, es decir, que son nombres o signos de una misma cosa, que en este caso es una clase. En el caso de “Diego de la Vega es el hijo de don Alejandro” o “Venus es el lucero de la tarde”, la correferencialidad se da entre los signos de un individuo. Y si se quiere un ejemplo con un individuo abstracto, basta observar que decir “Dos más dos es cuatro” equivale a decir que la expresión «dos más dos» y la expresión «cuatro» son correferenciales: designan la misma entidad, que acá es un número. Así, en las dos acciones donde ser opera como un signo de igualdad –definición e identificación– se establece una sinonimia entre el tema (o sujeto) y el argumento (o predicado) de la proposición; vale decir: una equivalencia entre dos expresiones referidas a una misma cosa –clase o individuo– (lo cual a su vez difiere de afirmar la identidad entre esas expresiones; el signo «Diego de la Vega», por ejemplo, sólo es idéntico a sí mismo, no menos que el individuo al que designa).
   Recapitulemos. Las relaciones de igualdad que representa el verbo ser o son relaciones de correferencialidad (como en el caso de los enunciados de una identificación) o son reductibles a relaciones de correferencialidad (como en el caso de una definición, que de la igualdad entre dos clases deriva una correferencialidad entre sus signos). En cambio, veremos que los términos que participan en una relación de pertenencia o en una relación de inclusión son propiamente individuos o clases, y no ya sus signos.

3.2. El verbo ser como signo de pertenencia o de inclusión: la categorización y la caracterización

   En la categorización y en la caracterización, un individuo o una clase son asignados a una clase o a una subclase. Cuando se trata de un individuo, la relación es de pertenencia; cuando se trata de una clase, la relación es de inclusión. Si la asignación es a una clase, realizamos una categorización; si es a una subclase, hacemos una caracterización. Ejemplo de una adscripción con relación de pertenencia: “Carlos es cordobés”; con relación de inclusión: “Los cordobeses son argentinos”. Ejemplo de una caracterización con relación de pertenencia: “Carlos es chistoso”; con relación de inclusión: “Los cordobeses son chistosos”. Al adscribir algo –individuo o clase– a una clase, procuro elucidar qué (clase de cosa) es, a qué categoría pertenece. Cuando procuro caracterizarlo (cómo es, de qué es, de dónde es, de quién es, para quién es, para qué es, etc.), formulo su pertenencia (si es un individuo) o su inclusión (si es una clase) a una subclase.
   Veamos este combo de ejemplos. Si, al presentarse, Enzo dice que él es fotógrafo, todo lo que hace es catalogarse, es decir, ubicarse en una de las categorías que traman nuestro conocimiento u organización del mundo. Adscribir algo a una clase es dar las condiciones para una identificación suya: si Enzo pertenece al conjunto de los fotógrafos, sé que es (idéntico a) uno de ellos (Enzo = uno de los fotógrafos que existen); sólo resta decir cuál es, o sea, identificarlo: individualizarlo, reconocerlo (señalándolo o describiéndolo). El recurso se repite si nos informa que es uruguayo, hincha de Peñarol y antineoliberal. Pero si nos dice que es de buen dormir o que es morocho, lo que hace es caracterizarse mediante su pertenencia a las subclases de los hombres que son de buen dormir y de los que son morochos (ambas incluidas en la clase de los hombres). Estas caracterizaciones son modales: las dos responden a la pregunta “¿Cómo es Enzo?”. Con criterios de clasificación distintos de la modalidad, la misma acción de caracterizar haría Enzo respecto del reloj que acaba de comprar si nos dijera que es de oro (materia), que es de Suiza (procedencia), que fue de un atleta famoso (posesión), que es para su hijo ciclista (destinación), que es para que su hijo pueda cronometrar sus vueltas (finalidad o función), etc.
   Volviendo a su presentación, si para decirnos qué son los antineoliberales nos dice que son neosocialistas, está catalogando a la clase de los antineoliberales mediante su inclusión en la clase de los neosocialistas: según Enzo, todos los miembros del primer conjunto (todos los antineoliberales...) son también miembros del segundo (...son neosocialistas). Y si para decirnos cómo son nos dice que los antineoliberales son pacíficos, los caracteriza por su inclusión en la clase de los seres humanos pacíficos, que es una subclase de la clase de todos los seres humanos. Cuando, agotado de tanto hablar, Enzo nos dice que se va porque ya es tarde, no está individualizando un momento, sino caracterizándolo, diciendo cómo es, a qué clase de momentos pertenece: hay momentos tardíos y momentos no tardíos; este, el de ahora, es un momento tardío. Finalmente, si decimos que el viaje que hace Enzo de regreso a su casa es de 30 minutos, el momento que estamos caracterizando por su pertenencia a una subclase cuenta esta vez como la propiedad temporal de un evento: entre los tiempos de viaje (clase), los hay de 15 minutos, de 30, de 45, etc. (subclases); el tiempo de viaje de Enzo pertenece a (es uno de) los tiempos de 30 minutos. Tarde es a momento actual lo que morocho es a Enzo; de 30 minutos es a viaje lo que de buen dormir es a Enzo.
   Es el momento de algunas aclaraciones. La primera se refiere al modo de significar una pertenencia o una inclusión, ya sea a una clase o a una subclase. Tomemos un ejemplo de categorización: “Enzo es un fotógrafo” significa que Enzo, uno entre otros, pertenece al conjunto de los fotógrafos, conformado por todos aquellos que tienen la propiedad de ser fotógrafo; “Enzo es fotógrafo” significa que Enzo tiene la propiedad de ser fotógrafo, que lo hace pertenecer al conjunto de los fotógrafos. La acreditación de la membresía de Enzo en el gremio plural de los fotógrafos es directa en el primero de los enunciados e indirecta en el segundo, donde la membresía –al mejor estilo metonímico– se significa por medio de la propiedad que la define.
   La pluralidad del gremio es necesaria para que esos dos enunciados sean equivalentes. Si en vez de ser uno entre otros, Enzo fuese el único fotógrafo (es decir, si la clase no fuese plural sino unitaria), pasaríamos de la categorización a la identificación: en lugar de decir que Enzo es un fotógrafo, diríamos que Enzo es el fotógrafo (pasaríamos de implicar que Enzo es igual a uno de ellos a identificarlo: es igual al único fotógrafo que hay, que es él mismo).
   Incomprender cómo se está clasificando (si por inclusión o por pertenencia) es menos grave que incomprender qué se está clasificando (si un individuo o una clase). Analicemos un caso que combina las dos dificultades: “La lista de morosos número 1.410 es una de las que fraguó el administrador para justificar el aumento de las expensas”. La lista de morosos número 1.410, que es un conjunto de nombres, es miembro –no parte o subconjunto– del conjunto de las listas que fraguó el administrador para justificar el aumento de las expensas.
   Importa destacar, en primer lugar, que no es esta una relación de inclusión, sino de pertenencia: no estamos inscribiendo una clase en otra, sino un individuo (a reconocerlo así facilita el hecho de que el conjunto sea designado por un sustantivo colectivo, «lista»). En segundo lugar, esa clase receptora puede estar incluida en otra, que a su vez puede estar incluida en otra, que a su vez puede estar incluida en otra: tal vez las listas de morosos no son las únicas que confeccionó el administrador; tal vez no todas las listas de morosos son fraguadas; tal vez no todas las listas fraguadas lo han sido para justificar el aumento de las expensas. Si ninguna de estas conjeturas benevolentes fuera acertada, el grado de especificación de la clase a la que se adscribe la lista 1.410 sería el mínimo esperable para el caso; si todas lo fueran, el grado sería máximo. Si, en cambio, dijéramos: “La lista de morosos 1.410 es fraguada”, estaríamos diciendo cómo es la lista 1.410: la estaríamos caracterizando mediante su clasificación en la subclase de las listas de morosos fraguadas.

3.3. Sobre los individuos y las clases

   La distinción entre clases (más o menos específicas) y subclases sólo atañe a las categorizaciones y las caracterizaciones; más crucial es la distinción entre individuos y clases, que involucra a todas las acciones que hacemos con el verbo ser. No tendría mucho sentido discernir individuos de grupos de individuos (o sea, clases) si de los grupos se pudiera decir sólo lo mismo que se dice de los individuos, y viceversa. Pero es fácil ver que ese no es el caso: por un lado, decir que los porteños son 3.500.000 es hablar del conjunto, no de sus miembros (cada porteño no es 3.500.000, sino apenas 1); por otro lado, decir que los porteños son argentinos es hablar de cada porteño del grupo, no del grupo: un conjunto no es algo que pueda tener nacionalidad, como pueden tenerla las personas, e incluso algunos hipopótamos de zoológico (más allá del régimen de atribución o de sus caprichos, la condición es que sean individuos; un conjunto argentino de ajedrecistas es en realidad un conjunto de ajedrecistas argentinos).
   Considerado como el sistema de términos emparentados en que consiste, un conjunto es una clase. Considerado como la entidad acabada que constituye, un conjunto es un individuo (abstracto, desde luego). Lo primero sucede cuando el conjunto es tomado en un sentido distributivo; lo segundo, cuando es tomado en un sentido colectivo. En el primer caso, el predicado de la proposición se destina a cualquiera o a cada uno de los términos cuyo juego de relaciones conforma el conjunto (es decir, a cualquiera o a cada uno de sus miembros). En el segundo caso, el predicado se destina al conjunto en sí, a la unidad (la singularidad, la individualidad) que resulta ser. Esto último implica que, como a cualquier otro individuo, podemos identificarlo (o identificar una propiedad suya, que por tratarse de un conjunto privilegiará el dato o la comparación de su tamaño), podemos catalogarlo (y podemos definir la clase a la que pertenece) y podemos caracterizarlo. Pasemos a los ejemplos.
   Definida la clase de los actores cómicos de la TV como la clase de los actores de TV que causan o procuran causar gracia, hacemos pertenecer a ella al trío formado por Moe, Larry y Curly, que le irá a hacer compañía al dúo del Gordo y el Flaco, al dúo de Abbott y Costello, a Maxwell Smart (el súper agente 86), y a los otros individuos o equipos cómicos de las series de TV. Esta categorización por pertenencia la podemos hacer con una frase como “Los tres chiflados son cómicos de la TV”. Aunque no sea falso, lo que estamos diciendo no es que cada uno de ellos es un cómico de la TV, sino que el trío conocido como los tres chiflados es miembro del conjunto de los cómicos de la TV. En cambio, sí nos referimos a cada uno de los integrantes del trío cuando decimos que los tres son estadounidenses (categorización por inclusión) o que ninguno de ellos es más gracioso que los otros, sino que los tres son graciosos (caracterización por inclusión). Pero con la opinión “Los tres chiflados son violentos”, volvemos a referirnos a ellos colectivamente: el trío los tres chiflados es miembro del conjunto de los cómicos de TV que son violentos, que es un subconjunto del conjunto de los cómicos de TV (caracterización por pertenencia).
   Los cuatro casos agotan las posibilidades de la pertenencia y la inclusión; la misma distinción entre un sentido colectivo del trío y otro distributivo se verifica cuando el verbo ser equivale a un signo de igualdad. Identificamos al trío con la opinión “Los tres chiflados son el mejor trío cómico de la TV” o con la descripción “Los tres chiflados son el trío cómico formado por Moe, Larry y Curly”. Identificamos una propiedad del trío –su cardinalidad– con la perogrullada “Los tres chiflados son tres” y con la pseudo‑paradoja “Los tres chiflados fueron cinco”. Identificamos a cada uno de sus integrantes con la información “Los tres chiflados de este episodio son Moe, Larry y Shell” o con la indicación “Entre todos los de esa escena en la mansión, los tres chiflados son los tres cocineros recién contratados”.
   Las cuantificaciones de “Los tres chiflados son tres” y “Los tres chiflados fueron cinco” recuerdan la de “Mis hermanos son dos”. Sostuve antes que la identificación de la propiedad cardinal del conjunto de mis hermanos se resolvía en la igualdad entre el número de mis hermanos y el número 2. Sostengo ahora que esa identificación presupone una categorización. Es obvio el sentido colectivo, y no distributivo, de «mis hermanos»: cada uno de ellos no es un dúo, sino el conjunto que forman. Todo lo que digo es que el número del conjunto que forman es dos. Ahora bien, hacerlo requiere la adscripción del conjunto cuya propiedad cardinal identifico al conjunto que reúne a todos los conjuntos de ese tamaño: el conjunto de mis hermanos, que es un dúo, es miembro –no parte o subconjunto– del conjunto de todos los dúos (es uno de los infinitos dúos que existen o que pueden existir). Así, identificar la cardinalidad de un conjunto de n miembros supone saberlo miembro de otro: del conjunto de todos los conjuntos con n miembros. En los casos de cuantificación, por lo tanto, sin la categorización no es posible la identificación.

3.4. Interdefinibilidad de los valores relacionales del verbo ser

   En lugar de hacer la distinción entre dos signos de relación, como preferí, podría haberla hecho entre dos modalidades de un único signo. Después de todo, cualquier pertenencia o inclusión es un caso de igualdad parcial o relativa (relativa a una propiedad no tautológica). Declarar la pertenencia de Carlos al conjunto de los cordobeses equivale a declararlo igual a otros individuos respecto de una propiedad distinta de la de ser Carlos y de menor alcance que la trama de propiedades que lo definen: la propiedad de ser cordobés. (Respecto de la propiedad de ser Carlos, su igualdad es absoluta; respecto de la suma de propiedades que lo definen, su igualdad es total.) Asimismo, declarar la inclusión de la clase de los cordobeses en el conjunto de los argentinos equivale a declarar su igualdad con otras clases (la de los chubutenses, la de los jujeños, etc.) respecto de la sola propiedad de ser argentino.
   Con la misma viabilidad tal vez podríamos hacer la asimilación inversa, y considerar la igualdad como un caso particular de pertenencia, a saber: aquella que lo es a una clase necesariamente unitaria. Así, una identificación como “Yo soy Gabriel” equivaldría a hacer pertenecer al individuo señalado por el deíctico «yo» al conjunto definido por la propiedad de ser Gabriel. O mejor dicho: lo que ese predicado de identidad hace con el sujeto de la proposición es revelar qué clase necesariamente unitaria lo tiene por miembro. Ese conjunto (al que no hay que confundir con el que genera la propiedad de llamarse Gabriel) tiene necesariamente un único miembro, a menos que desdeñemos el principio de no contradicción. El conjunto de los satélites naturales de la Tierra, en cambio, tiene de hecho, pero no por necesidad, un único miembro (ninguna contradicción se suscitaría con más de una luna en el cielo, como saben Júpiter y Saturno).
   Esbozada esta suerte de interdefinibilidad de los signos de relación asumidos por el verbo ser, por comodidad mantendré la distinción entre uno de igualdad y otro de pertenencia o de inclusión. En síntesis, con el verbo ser establecemos equivalencias o hacemos clasificaciones. Al establecer equivalencias, o bien identificamos o bien definimos. Al clasificar, o bien categorizamos o bien caracterizamos.

3.5. Una dramaturgia del verbo ser

   Hasta acá, he presentado los predicados de identidad agrupados según los signos que operan en ellos: primero los dos predicados de igualdad, luego los dos de pertenencia o inclusión. Si suponemos que la predicación de identidad es un proceso acumulativo, otro orden es posible: el orden que dispone los predicados de un menor a un mayor grado de presuposición. Presentemos ese proceso como una obra con un prólogo y cuatro actos; el segundo acto es un flashback. El programa de mano parece diagramado por Venn:


   El Prólogo (o Acto 0) es un predicado de presencia no situada, el mismo que invariablemente ocupa el inicio de la presuposición de cualquier enunciado: “Hay x (algo)”. En cambio, un predicado de presencia situada, como “Hay un vaso en la mesa”, ya presupone la adscripción de lo presentado (al conjunto de los vasos, en el ejemplo), además de su postulación. De ahí que el Prólogo se limite al predicado que todos los otros, directa o indirectamente, presuponen. Desde aquí empieza, entonces, la predicación de identidad.
   En el Primer Acto decimos qué clase de cosa es x, es decir, lo categorizamos (o catalogamos) adscribiéndolo a una clase: “x es un luthier”, por ejemplo (la categorización puede ser aún más específica: “x es un luthier de violoncellos”). En el Segundo Acto, de ser necesario, reponemos qué es un luthier, es decir, decimos qué es esa clase, damos su definición: “Un luthier es una persona que hace instrumentos de música”. En el Tercer Acto, decimos quién es x, qué luthier es, cuál de todos los que hay (cuál de todos los que constituyen la clase) es: lo identificamos (“x es Juan” o “x es el luthier que vive en la otra cuadra”). En el Cuarto Acto, si viene al caso, lo caracterizamos, ya sea en relación con la clase de los luthiers (“Como luthier, Juan es muy bueno”) o ya sea en relación con la clase más general de los seres humanos (“Juan es delgado”).
   Revisemos el orden de los actos, empezando por el que acumula más presupuestos. Decir qué clase de hombre o de luthier es Juan supone tener establecido cuál o quién es x (“x es Juan”), así como qué clase de cosa es x (“x es un hombre”, “x es un luthier”) y la postulación misma de x (“Hay x”); el cúmulo de presuposiciones que sostienen a la caracterización justifica su cuarto puesto. Por su parte, la definición de la clase a la que hemos de adscribir a x es un hecho previo a todo el proceso; puede ser oportuno recordarlo ni bien se produce la adscripción, que lo presupone de un modo inmediato: mal puedo adscribir algo a una clase inexistente o desconocida. Por su carácter de exhumación y su apego a la acción que puede hacerla necesaria, el turno de la definición tampoco es problemático.
   La secuencia entra en duda cuando la identificación le sale a disputar el Primer Acto a la categorización. Habrá que defender, entonces, por qué y cómo la identificación presupone la categorización (o, dicho en términos más amplios, la designación presupone la significación). Es posible identificar algo por su nombre (“x es Juan”) o por referencias ubicuas (“x es lo que está en aquel rincón”) o por mera indicación (“x es eso”) sin tenerlo clasificado con alguna especificidad, pero no sin tenerlo categorizado en absoluto. Por ejemplo, puedo decir “Ese es Juan” sin saber –o antes de saber– que “Juan es un luthier”; pero con ello estoy presuponiendo su pertenencia a aquella clase de la cual la de los luthiers es una especificación: la clase de los hombres.
   Lo problemático sería que su identificación no presupusiera pertenencia alguna, es decir, que el signo de igualdad no viniera a ponerse en el interior de un conjunto, aplicado a uno (tal vez el único) de sus miembros. Y dado que mal puedo identificar miembro alguno de una clase que se define por no tener ninguno (como la de los satélites artificiales del siglo IV a.C.), identificar un individuo es identificar a un miembro de una clase no vacía: el único de una clase unitaria (la clase de las madres de Juan: “x es María”) o alguno de una clase plural (la clase de las madres: “x es madre”). Los individuos, en definitiva, no vienen sueltos: tienen sentido cuando vienen ya dados en clases, cuando su modo de ser es una membresía.
   Es cierto que, a diferencia de una identificación hecha mediante una descripción definida –que es significativa–, una identificación hecha mediante un nombre propio –que no es significativo– nada nos dice sobre la clase a la que pertenece el individuo identificado. Esa información la podemos conocer de antemano o la podemos arriesgar de nuestros hábitos asociativos (si es Boby, es un perro; si es Michu, es un gato; etc.); pero lo cierto es que el nombre propio no la porta. Ahora bien, este rasgo de la identificación nominal, lejos de constituir una prueba de su prescindencia respecto de la categorización, es un mero obstáculo. La clase de cosa que se identifica con el nombre propio Sarmiento puede ser oscura: acaso es una persona, una calle, una localidad, un club de fútbol, etc.
   Pero ello no implica que su aclaración sea imposible ni, mucho menos, prescindible. Para lo primero basta una descripción definida: «la calle donde estaba el cine de la Sociedad Hebraica Argentina». En cuanto a lo segundo, obsérvese que sin el sentido que aporta esta (o cualquier otra) aclaración, que es el sentido de una membresía, la identificación es hueca e inútil: está vacía, precisamente, de sentido, defecto que puede paralizar o impedir la predicación. La posesión del nombre de un individuo que no se sabe qué es equivale, cuando ese conocimiento hace a la predicación, a la posesión de una pieza cuyo juego se ignora, el naipe suelto de un baraja desconocida.
   Cuando se entera de que G es docente en la carrera de Letras, L le pregunta si conoce a P; G no conoce a ningún P, pero el “No” lo da con demora y como con dudas, porque no sabe qué está negando: si su conocimiento del estudiante P, del escritor P o del profesor P. Con cualquiera de estas categorizaciones, la identificación de P habría quedado completa y lista para que G pudiera negarla cabalmente, sabiendo lo que decía.
   Hasta acá hemos hablado de identidades y rasgos de identidad aislados, ajenos a toda secuencia o historial. Pero una igualdad (una correferencialidad entre dos signos de individuo o de clase) puede transformarse, continuarse en otra o ser sustituida por otra. Y entre clases (o subclases) puede haber mudanzas, ya sea de individuos o de conjuntos de individuos. En lo que sigue hablaremos de las secuencias que suponen estos cambios y del papel que en ellas tiene el verbo ser.

4. El cambio de identidad o de rasgo de identidad

   En una definición, una identificación y una categorización, aquello que se predica del sujeto de la proposición es una identidad (un algo); en una caracterización, un rasgo de identidad. Las identidades y los rasgos de identidad que se predican en presente pueden serlo por definición o contingentemente (y en este caso, por defecto o por modificación). Por definición, el agua de mar es salada y el hielo es frío (rasgos de identidad constitutivos de los así caracterizados agua de mar y hielo; se trata de características definitorias de un concepto –de una clase, si se quiere–); y un ser humano es un bípedo implume (identidad de definición). De fábrica, por defecto, soy un ser humano, soy Matusalén (identidades de categorización e identificación), soy pacífico (rasgo de identidad contingente: característica distintiva –o identificatoria– de un individuo). Por modificación, soy labrador, soy huérfano, soy viudo (tres identidades de categorización), soy viejo y soy calvo (dos rasgos de identidad contingentes, dos caracterizaciones).
   Lo que soy por modificación alude a un cambio de identidad o de rasgo de identidad: me hice labrador, me volví huérfano, me volví viudo, me volví viejo, me volví calvo. El sujeto del que se predica una identidad o un rasgo de identidad por modificación es el agente (cultivo la tierra) o el paciente de un suceso (perdí a mis padres, enviudé, envejecí, me pelé). En cambio, el sujeto del que se predica una identidad o un rasgo de identidad por defecto o por definición es objeto de una taxonomía (“Soy un ser humano”, “La ballena es un mamífero”), de un rótulo (“Soy Matusalén”) o de un análisis de identidad (pleno: “Un ser humano es un bípedo implume”; parcial: de rasgos definitorios de una clase –“El hielo es frío”– o de rasgos distintivos de un individuo –“Esa mesa es redonda”–); en ningún caso es agente o paciente de suceso alguno.
   La diferencia puede hacernos asumir que los únicos cambios de identidad o de rasgo de identidad son aquellos que definen a las identidades y rasgos que lo son por modificación. Desbaratemos esa presunción: no es que las taxonomías, rótulos y análisis que aplicamos sobre los sujetos, en oposición a sus experiencias, sean inmutables, aun cuando propendan a la estabilidad de un saber definitivo. Se trata tan sólo de cambios que se operan en órdenes diferentes: en el orden de la aprehensión de un objeto, en el primer caso; en el orden de la acción y la pasión de un actor, en el segundo.
   Los sujetos de las identidades y rasgos de identidad por definición y por defecto son piezas que se definen, se rotulan y se catalogan, artículos de colección con notas distintivas y notas definitorias; un cambio en alguna de estas operaciones cognitivas producirá un cambio en sus identidades o rasgos de identidad (en otro mundo posible o en este). Los sujetos de las identidades y rasgos de identidad por modificación son actores interactuando con pares; sus identidades y rasgos de identidad son resultado de esa interacción. En cualquiera de los dos órdenes, la sintaxis del cambio es la misma; presentémosla.
   Una entidad puede ser objeto de un cambio o puede ser el ‘espacio’ dentro del cual sucede un cambio. En el primer caso, estamos ante un cambio de identidad o de rasgo de identidad; en el segundo, ante un cambio de estado de tal o cual identidad. Un cambio de identidad o de rasgo de identidad es una secuencia de dos predicados de identidad que en dos momentos diferentes dicen cosas diferentes (si dicen lo mismo, en lugar de un cambio tenemos una permanencia). Los predicados de identidad que pueden ponerse en pareja son los conocidos: dos igualdades (entre clases –definición– o entre individuos –identificación–), dos pertenencias (a una clase –categorización de un individuo– o a una subclase –caracterización de un individuo–) o dos inclusiones (en una clase –categorización de una clase– o en una subclase –caracterización de una clase–). Generalizando, cada predicado de identidad en la secuencia de un cambio dice lo que dice mediante alguno de los expedientes ya vistos: estableciendo una equivalencia o haciendo una clasificación. Solo o en secuencia, esto es todo lo que hace el verbo ser; la tarea de significar el cambio de una identidad a otra le es ajena, como veremos a continuación.
   Veamos ejemplos de los cambios de identidad o de rasgos de identidad (sobreentendamos que la permanencia es la negación de un cambio, la afirmación de una identidad o un rasgo de identidad en dos momentos distintos). Como ejemplo de un cambio de definición, consideremos la siguiente frase: “Antes, el astrólogo era el estudioso de los astros y su hermeneuta; ahora es el hermeneuta de lo que estudian los astrónomos”. Si a la clase de los astrólogos la denotamos con la letra «A», a la de los estudiosos y hermeneutas de los astros con la «E», y a la de los hermeneutas de lo que estudian los astrónomos con la «H», el cambio de igualdad entre clases se puede esquematizar así: (A = E) → (A = H).
   Para ejemplificar el cambio de una identificación, simulemos creer en la reencarnación: “En otra vida fui Eróstrato; en esta soy Gabriel”. Recordemos que la identidad entre individuos consiste en (se reduce a) una correferencialidad entre sus signos. El nombre «Eróstrato» y la descripción definida «el griego que incendió el templo de Ártemis en Éfeso para inscribir su nombre en la Historia» son signos que refieren a un mismo individuo en un mismo tiempo; «Eróstrato» y «Gabriel» son signos que refieren a un mismo individuo en tiempos diferentes. En un sentido estricto, el individuo no cambia: cambia su identidad, se lo identifica con otro signo (no menos para contar su metamorfosis que para el más modesto propósito de proveer a su reconocimiento). El cambio de igualdad entre individuos se puede esquematizar así: (Yo = Eróstrato) → (Yo = Gabriel).
   Si nos fijamos en las nacionalidades de estos avatares, puedo agregar: “En otra vida fui griego; en esta soy argentino”. Se trata ahora del cambio de adscripción de un individuo, de la clase G de los griegos a la clase A de los argentinos ( significa pertenece a o es miembro de): (Yo ∈ G) → (Yo ∈ A).
   Es el turno de la caracterización de un individuo. Si confieso que “Antes era tímido” –de lo que se sobreentiende que ahora no–, narro mi egreso del conjunto de las personas tímidas, incluido en el conjunto de las personas. Como no por dejar de ser tímido dejé de ser una persona, lo que ocurrió fue que me mudé del subconjunto T de las personas tímidas al subconjunto E de las personas extrovertidas, ambos dentro del conjunto P de las personas (o sea, T ⊂ P y E ⊂ P); la fórmula de esa mudanza se ve así: (Yo ∈ T) → (Yo ∈ E).
   Para la categorización de una clase podemos pensar que hasta hace poco los ingleses eran comunitarios (I ⊂ C) y ahora no (I ⊄ C). Y para la caracterización de una clase podemos contar que siglos atrás eran, en promedio, personas más bajas (B) que ahora (A), es decir: (I ⊂ B) → (I ⊂ A).

   En ningún caso el verbo ser da la información de un cambio (), sino sólo la de una igualdad (=), una pertenencia () o una inclusión (), ya sea que cambien o permanezcan entre dos momentos dados. Para argumentarlo, tomemos como caso testigo el de un cambio de categorización.
   Si digo que hasta el año pasado fui payaso y que ahora soy trapecista, doy a entender un cambio en lo que soy. Hay una secuencia de dos membresías diferentes, dos adscripciones: una a la clase de los payasos, otra a la clase de los trapecistas. Lo que me interesa señalar es que tales membresías son, en cada caso, la única información que porta el verbo ser. La información del cambio de una a otra no pertenece a la semántica misma del verbo, sino que la inferimos de los tiempos verbales usados y las circunstancias agregadas (si «fui» payaso, y lo fui «hasta el año pasado», quiere decir que ahora no lo soy; si «ahora» soy trapecista, quiere decir que antes no). Son flexiones y modificadores de ser; nada conceptual que le venga de fábrica, nada que ya esté en su infinitivo.
   Opuestamente, la información del cambio de estado que sabemos entender de “La silla estaba recién pintada” (pasó de no estar así a estar así) corre por cuenta exclusiva del verbo estar, es propia de su semántica, más allá de accidentes gramaticales o de indicios circunstanciales, que sólo agregan precisiones a la información (la precisión modal de que el estado es real, la precisión temporal de que el estado es pasado, la precisión aspectual de que en su pasado está vigente, la precisión circunstancial de que en su pasado es reciente). Y la información del cambio de ubicación que sabemos entender de “El auto ya está en el garage” (pasó de no estar ahí a estar ahí) corre también por cuenta exclusiva del verbo estar.
   Esto fue un anticipo del encuentro ser-estar, que de lejos se ve así: aquello que con ser categorizamos (¿qué es?), le definimos la categoría (¿qué es eso que es?), lo identificamos (¿cuál es?) y lo caracterizamos (¿cómo es?), con estar le narramos el cambio o la permanencia de su estado (¿cómo está?) o de su ubicación (¿dónde está?).

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