Acontecimiento



Toma 1


1.

O hay cambio o hay continuidad entre dos momentos de la historia de una identidad. Esos momentos están hechos, por ejemplo, de estados, situaciones, identidades, rasgos de identidad, propiedades, etc. Tomemos, por caso, una secuencia de estados.
Por un lado, un estado deriva de un acontecimiento: es el resultado de una acción o proceso (algo pasó: la vaca murió y entonces está muerta, por ejemplo) o de una omisión (algo no pasó: la vaca no murió y entonces está viva). Por otro lado, un acontecimiento deriva de la diferencia entre dos estados: no percibimos (el instante preciso de) la muerte de la vaca; vemos en un instante, tal vez durante un tiempo, una vaca que está viva, y vemos en otro instante una vaca que está muerta; declaramos que las dos vacas distanciadas en el tiempo son una (o, lo que es lo mismo, que la vaca es una identidad que tiene continuidad en el tiempo*
...o, lo que no es lo mismo pero queda implicado, que la duración es el tiempo –la clase de tiempo: la temporalidad– de la continuidad, que es la permanencia de la identidad
) e inferimos de aquella diferencia de estados algo que la provocó: lo llamamos acontecimiento, hacemos de los dos estados los extremos de un cambio y concluimos que la vaca murió.

En esta perspectiva, no tiene sentido preguntarse si en el instante en el que la vaca muere está viva o está muerta, porque la muerte de la vaca no tiene lugar en ningún instante de la fluencia física del tiempo y del mundo; sólo tiene lugar en nuestra intelección.
El hecho de que pueda identificar los estados de todos y cada uno de los instantes de un devenir excepto el que le asigno a ese devenir prueba que estado y acontecimiento son cosas diferentes. En el momento de su muerte, la vaca no está ni viva ni muerta, porque ahí hay sólo devenir, no identidad en tal o cual estado; no hay estado de una identidad porque no hay, en el devenir, identidad alguna: se pasa de ser a no ser (una vaca en estado X) y de no ser a ser (una vaca en estado Z).

2.

Detrás del borde del edificio donde está situado el balcón desde el que miro, hay una luminosidad que crece en intensidad y cuya forma de semicírculo se agranda. En rigor, esos cambios no los percibo; su lentitud me los hace inaprensibles. Los afirmo porque los infiero: en algún momento la diferencia de intensidad adquiere una magnitud suficiente como para persuadirme de que ahí hubo un incremento.
Por tratarse del resplandor de la luna, todavía tapada, el incremento de intensidad es acompañado por un desplazamiento, que es de hecho el que produce la ilusión de aquel incremento (la luna no está brillando más que antes, si se me tolera la obviedad; sólo está acercando su arco al borde del edificio). Que se trate de un incremento ilusorio no importa; que lo acompañe el desplazamiento que lo inventa es aleatorio. Basta imaginarnos en su lugar una fuente de luz fija, cuyo fulgor aumenta con similar lentitud, para notar que un incremento, genuino e independiente, involucra sólo una diferencia entre dos momentos, con prescindencia de cualquier referencia espacial que no sea el punto donde está.
Este rasgo es propio de cualquier estado; para pasar de encendida a apagada la vela no necesita dos locaciones distintas, sino suficientemente dos momentos diferentes, uno para cada estado. Pero como esos datos no son separables (eso también dice el “No nos bañamos dos veces en el mismo río” de Heráclito), la diferencia siempre es entre un combo de un momento y un lugar y otro. En cualquier caso hay cambio: de estado, si momento y lugar difieren de un combo a otro; de situación, si sólo difieren los momentos (reposo simple) o sólo los lugares (reposo múltiple: bilocación) o ambos (desplazamiento).

Finalmente, la luna llena empieza a asomar en un lateral del edificio. La referencia de ese borde recto colabora para que nos percatemos de su desplazamiento mucho antes de lo que lo haríamos con la luna en medio de un cielo urbano despejado, con pocas estrellas visibles. Pero por mucho que usemos esa línea y nos concentremos en nuestra observación, nunca vemos moverse a la luna. Nuevamente, damos fe de algo que en ningún instante percibimos que sucede, sino que en cierto momento de la contemplación entendemos que ha sucedido. Como vimos, comparado con un incremento de luminosidad el movimiento se infiere de una diferencia doble: en dos momentos distintos hay dos posiciones distintas.
Por supuesto, es la lentitud de su desplazamiento por el cielo lo que hace inaprehensible ese movimiento. Alguien podría querer convencernos de que el movimiento es algo positivo, no la lectura de una diferencia entre dos situaciones, y para ello podría quedarse fotografiando o filmando la luna unos minutos, para después pasarnos la secuencia capturada a una velocidad perceptible. Pero no debe confundirse esta animación con el movimiento mismo. La cámara no registra nada distinto a lo que registra uno: cuadros estáticos, en cada uno de los cuales hay una luna quieta, como dirían los eleatas de la flecha en vuelo. Un movimiento rápido no es algo cualitativamente diferente a uno lento: aceleremos o desaceleremos la proyección de nuestra película, ésta seguirá consistiendo en una secuencia de cuadros inmóviles.

3.

“Una de las escuelas filosóficas de la India –escribe Borges en “Historia de la eternidad”– niega el presente, por considerarlo inasible. La naranja está por caer de la rama o ya está en el suelo, afirman esos simplificadores extraños. Nadie la ve caer.” Entre el estado de una naranja todavía colgada y el estado de un naranja ya caída se sitúa el acontecimiento, cuya negación implica y equivale a la del presente.
Demos o no crédito a esa escuela, podemos detallar ciertas operaciones que nos conducen a la corporización de un acontecimiento (es decir, a verlo como algo positivo). Nos consta que hay dos situaciones o escenas diferentes y no simultáneas: la de una naranja que cuelga, la de una naranja que está caída. El primer paso para gestar un acontecimiento es considerar que las dos naranjas son una, como ya se dijo de la vaca. Aceptada esta identidad, la única posibilidad que queda es postular un cambio. (Si no aceptáramos esa identidad, veríamos dos naranjas, ni cambiantes ni inmutables: ajenas al tiempo y su devenir, constituidas en abstracto, en una trama de relaciones de identidad y diferencia con otras.) La postulación de esa identidad y de ese cambio nos da una continuidad: la de un individuo en la fluencia del tiempo, al que le sucede cambiar o no (es decir, permanecer). Resuelto que las dos naranjas son la misma, la diferencia entre sus dos situaciones nos lleva a leer o ver ahí un acontecimiento: se cayó. No vemos la caída, sino que la entendemos. Y no se trata de un razonar por indicios, sino de la esencia misma del concepto de cambio. Porque aun si fuésemos testigos de eso que llamamos caída, nuestro testimonio no variaría del que habla de aquellas dos situaciones; sólo que éstas nos parecen lo suficientemente distantes como para intercalar ahí inductivamente un evento, mientras que entre las situaciones de una caída nos parece que no hay distancia suficiente para intercalar algún otro evento, que es todo un solo evento, el de la caída. Y tampoco es que no estamos habituados a ese tipo de operación: lo hacemos cuando miramos la luna y decimos que se movió. No vemos que se mueve; pero al cabo de un tiempo resolvemos aceptar que no está en la misma posición que antes y entonces decimos que se ha movido. El movimiento no nos consta; nos consta la diferencia de dos posiciones, a la que explicamos mediante la institución del movimiento. Así como el movimiento no es más que el efecto de esa diferencia, tan negativo como eso, otros acontecimientos, que en vez de poner en juego posiciones (o situaciones, cada una un estar situado en) ponen en juego estados, son el efecto de una diferencia de estados, que es todo lo que percibimos. Lo otro es elaboración de nuestro intelecto, muy útil y funcional, pero elaboración al fin.
¿Por qué percibimos estados y situaciones de una identidad? Porque son permanencias; su temporalidad es la duración. Los acontecimientos, por su parte, son cambios; su temporalidad es la de un instante.

Toma 2


La aprehensión del universo se debate entre dos metáforas. Una le cree a lo que hay; la otra, a lo que ocurre. Según la primera, los acontecimientos son una ilusión intelectual producida por la variedad de estados y situaciones que la conciencia recorre en un orden cuya descripción genera la figura del acontecimiento como explicación o imagen de ese recorrido (de la conciencia o de la realidad) por situaciones o estados.
En la segunda metáfora, lo real (la acción) es lo que ocurre, y lo ilusorio (el efecto) es lo que hay. Los estados y las situaciones son las huellas que dejan los acontecimientos sobre el universo, que surcan. O en todo caso el universo, aquí y ahora, no está hecho de acontecimientos, sino de los estados y las situaciones que resultan de los acontecimientos. Los acontecimientos tejen en cada instante el universo actual entretejiendo estados y situaciones. El cambio de estado o de situación es un cambio del universo, una deformación o torsión que soporta el universo. Ya no es un espacio a surcar, sino un objeto cuyas modificaciones y alteraciones tienen la forma de (son) acontecimientos.
Un acontecimiento es en sí una hoja de ruta cuyos hitos son estados o situaciones sucesivos. La morfología de esas encrucijadas es sencilla: cada estado o situación puede ser sucedido por uno idéntico (hay permanencia) o por uno no idéntico (hay cambio). La pelota que no se mueve puede seguir sin moverse o puede moverse. En este caso, puede moverse en una variedad radial de puntos cardinales, con una variedad a su vez amplia de velocidades, duraciones, ritmos, etc. La historia discurre tomando cada vez una opción del menú y desechando el resto, de estado en estado y de situación en situación.

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