Ojos abiertos y huerto cerrado


      3:2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer;
      3:3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis.
      3:4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;
      3:5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.
      3:6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
      3:7 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.

      3:22 Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.
      3:23 Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.
      3:24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.

      Génesis, capítulo 3.

1.

La serpiente no es culpable de mentir (o de engañar, como dirá Eva), sino de incitar a la desobediencia, lo que hace diciendo la verdad. Con la ingesta desobediente se accede a un conocimiento, tal cual lo ha asegurado la serpiente, no a dos muertes (y a una temprana extinción humana), como había asegurado Jehová. (La canonización del Génesis ya supone, de parte de quienes la hicieron y de quienes la aceptan, la adopción de una interpretación no literal de esa muerte.)
El castigo a la desobediencia no consiste en hacerlos morir, ni siquiera en hacerlos mortales: más precisamente, consiste en hacer inaccesible –con la expulsión y la vigilancia del huerto– la posibilidad de dejar de ser mortales. (Así que ya saben por qué castigo a qué desobediencia tenemos que andar muriendo y angustiándonos por no poder evitarlo. Y uno preocupándose porque está desnudo...)

2.

Una vigilancia similar hace de la Ley el guardián que se la hace inaccesible a un hombre de campo, y encima por la puerta que se le había destinado (esta destinación es un favor inútil; no alcanza para lo único que debería servir: el ingreso, la efectivización de esa destinación). Allá una expulsión y una vigilancia contra el regreso y acá con el vigilante en pleno ejercicio de su función, repeliendo en el umbral una tentativa de ingreso.
Visto así, y salvando las enormes diferencias de estilo y matriz, “Ante la Ley” –que ya tiene al menos una precuela– podría verse como una secuela del capítulo 3 del Génesis: Adán no tendría mejor suerte que el campesino si intentase volver al huerto de Edén. Veamos algunas diferencias o variaciones que matizan este esquema compartido.
En un caso hay un frente de querubines y una espada ardiente que revolotea «para guardar el camino del árbol de la vida»; en el otro, el primero de una fila cuasi infinita de guardianes cada vez más poderosos, apostados para guardar el camino a la Ley. Si volviera, Adán volvería por la inmortalidad de la que la justicia de Jehová resolvió apartarlo; el campesino, que muere esperando, había ido por la justicia.
La custodia con que se encontraría Adán no habla, o no se prevé que hable. Sólo eso hace el guardián para lograr que el hombre de campo no entre (primero le comunica la prohibición, después el campesino considera su aspecto y lo encuentra intimidante). El guardián no lo frena, ni siquiera le bloquea el paso (al contrario, se lo franquea: se aparta de la puerta, que está abierta, como siempre); lo disuade hablando, poniendo lenguaje en lugar de fuerza (la propia o la de los guardianes que lo respaldan). En cambio, sólo fuerza se le opone al hijo pródigo si regresa; esos querubines y esa espada encendida, si no fracasan en repelerlo o al menos en mantenerlo del lado de afuera, son el sello que cierra el huerto.

3.

En la Biblia, el relato del Edén es el de la primera prueba de confianza y obediencia ciegas que marca una asimetría entre uno con el poder de hacer y prohibir a discreción, sin fundamentos ni considerandos, y otro con la libertad de transgredir esas prohibiciones y la obligación de respetarlas.
El pecado original del hombre, como en la construcción de la torre de Babel, es el de intentar anular esa asimetría: ser como Dios. La expulsión del Edén y la súbita diversidad lingüística restauran el desequilibrio alterado.

4.

Jehová les prohíbe a Adán y Eva hacer algo que no imposibilita. Prueba de que lo podría imposibilitar es que lo hace con el siguiente árbol, en reemplazo de la prohibición. Lo repito con variaciones. Como el guardián de “Ante la ley”, en un primer momento el Jehová del jardín no impide lo que prohíbe. Lo hace después, aleccionado de que no puede confiar otra vez en la (fuerza de) voluntad de obediencia de sus creaturas, y encima con el riesgo de hacer inmortales a unos desobedientes. Adán y Eva son expulsados del huerto para que no puedan probar el fruto del Árbol de la Vida, que los haría inmortales, luego de volverse «como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal» por haber comido el fruto del discernimiento moral.

No hay comentarios