Ante la Ley hay un guardián (Una precuela)



          «Cabe suponer que, a través de muchos años, a través de toda su edad adulta, ha prestado, en cierta medida, sólo un servicio vacío...»

          El sacerdote del capítulo “En la catedral” de El proceso, de Franz Kafka (Colihue, 2005, Buenos Aires, p. 238. Traducción de Miguel Vedda).

Ante la Ley hay un guardián. Custodia esa entrada hace años. Sabe que está hecha para uno solo, que todavía no vino. Sabe también que ningún otro podría venir, lo que para él explica que absolutamente nadie le haya pedido entrar en todos estos años. Lo imagina como si los demás caminos que pueden conducir a esa puerta no existieran o estuviesen bloqueados. (Esta exclusividad es similar a la de la espada Excalibur, que se resistió a los nobles comedidos mientras esperaba que la empuñara su destinado Arturo.)
Hay cosas que el guardián no puede saber y se limita a suponer, apoyado en algún razonamiento. Por ejemplo, cree que lo que está vigilando no puede ser la puerta de la Ley, porque no ve razonable suponer que haya justicia para uno solo (por mucho que pueda halagarlo imaginarse el guardián de la Ley).
Los que no acuden por esta entrada, ¿van todos (o sólo varios) por otra o cada uno por la suya (situación en la que todos los caminos no conducen a un mismo punto –Roma o la muerte–, sino cada uno al propio)? En la primera opción, su caso es una excepción, tal vez única; en la segunda, sigue una regla general.
En ambas, cuanto más reducido sea el universo de los que tienen su puerta asignada, más poderosos cabe esperar que sean. Y, a la inversa, si cuanto menos reducido, menos privativo de poderosos es ese universo, hasta un campesino podría ser el destinatario de una puerta como la que custodia el guardián.

Además de confiar que existe, el guardián no conoce nada del individuo al que espera: ni su identidad ni su posición social ni alguna seña particular o rasgo característico. Pero puede que tampoco lo necesite. Para el guardián, la tarea de reconocer al Arturo de esa puerta está simplificada al máximo (o sea, se las arregla con lo mínimo): X el destinado será el –primero y único– que logre arrimarse hasta esa entrada.
Hasta ahora no se diferencia de los otros: ni X ni nadie ha venido a pedir pasar por ahí. La diferencia es futura y modal: mientras los otros no podrían venir aun si quisieran, X sí. En definitiva, sólo uno puede venir a interrumpir la perfecta soledad del guardián, que no puede saber quién ni cómo es hasta que no llegue.

En realidad, tampoco puede saber si efectivamente el sujeto va a llegar. Se podría agregar que tampoco si aún vive; se podría pensar que X bien podría haber muerto y el guardián estar esperando en vano desde entonces y por el resto de sus días, si no se entera (destino de patrulla perdida). Pero al guardián le parece razonable suponer que la Ley no va a desperdiciar así a un funcionario y en caso de defunción del destinado cancelaría el destino y el servicio. Si esto es así, esa puerta –sea una o la única– está tan abierta como la posibilidad de que su destinado la cruce (o sea, que se presente ante el guardián y que reciba la autorización para pasar –lo segundo es menos probable que lo primero, si el guardián no recibe nuevas instrucciones –lo que no ha ocurrido ni es más razonable que ocurra durante la ausencia de X que durante su presencia).
Pero para verlo venir, además de con vida X tiene que andar con deseos o necesidad de atravesar esa puerta. “¿No es que todos quieren acceder a la Ley?”, podemos imaginar que se impacienta el guardián penelopeano.

No hay día que no pueda ser el de la venida de X. Pero la necesidad de contar con su voluntad impide que haya uno que deba serlo. Si algún futuro escrito lo tuviese marcado en el calendario, con cada día descartado se acercaría el día esperado. Pero aun así podría no estar escrito que fuese este guardián el que lo viese llegar. Ya sea que la entrada exclusiva haya sido habilitada desde el comienzo de la vida de X o desde su adultez, su cobertura puede insumir más de un vigilante mortal (y lo suficientemente maduro como para comprender y transmitir la respuesta que debe dar al solicitante).
No sabemos si él es el primer centinela de ese umbral o si en su momento vino a relevar a otro, que tal vez tampoco fue el primero y que se jubiló o murió mientras esperaba una visita que sigue sin concretarse. Él sí puede –como puede no– saberlo, según qué haya visto o de qué se haya enterado cuando tomó posesión del puesto. Pero ni él ni nosotros sabemos si será el último u otro guardián lo reemplazará. Se supone que, mientras el destinado viva, sigue siendo posible que a alguno le toque recibirlo, denegarle hasta nuevo aviso el acceso y, si X muere esperando el permiso, cerrar la puerta e irse.

Antes que estar a la espera de X, que puede no venir nunca o venir cuando él ya no esté, el guardián está al servicio de la Ley. Luego, no lo rigen temores ni esperanzas, sino un imperativo que comparte con el vigía de otro cuento de Kafka, “De noche”: «Alguien tiene que velar; eso es así. Alguien tiene que estar ahí».

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