Un fuego sin luz



1.

El grado de memoria al que nos hemos adaptado a funcionar aceptablemente, a sobrevivir con cierta solvencia, es aquel en el que uno no se extraña demasiado de ser el que es (definición por lo que se debe evitar); es aquel en el que uno no se sale de la lira que es ese límite de la familiaridad que es la identidad, cuya conciencia puede estar en segundo plano, pero no puede no estar (definición por lo que se debe conservar).
Lo puedo decir de otra manera: la conciencia de existir bajo una identidad hilada por la memoria personal circula por corriente continua, no alterna. Nuestra identidad nos demanda una atención constante similar –y por terrores similares– a la del Señor del cuento de Borges “Deutsches Requiem”:
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz.
En “La busca de Averroes”, lo que fulmina un fuego sin luz es más que una mano derecha:
Desceñido el turbante, se miró en un espejo de metal. No sé lo que vieron sus ojos, porque ningún historiador ha descrito las formas de su cara. Sé que desapareció bruscamente, como si lo fulminara un fuego sin luz, y que con él desaparecieron la casa y el invisible surtidor y los libros y los manuscritos y las palomas y las muchas esclavas de pelo negro y la trémula esclava de pelo rojo y Farach y Abulcásim y los rosales y tal vez el Guadalquivir.
También es más que una mano la entidad consciente-escribiente: es un hombre entero. Y la atención del Señor deja su lugar a la creencia del redactor en el rol de lo que no nos debe faltar para seguir existiendo, si en esas andamos:
Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito. (En el instante en que yo dejo de creer en él, «Averroes» desaparece.)
Ese instante de descreimiento del autor y desaparición del personaje, consecutivo como es, queda fuera de la eternidad cautiva que teje y desteje a la vez (a Penélope le lleva un día) la infinitud de condiciones cruzadas entre «redactar esa narración» y «ser aquel hombre». Cada uno de los dos hechos condiciona a y es condicionado por el otro, al mismo tiempo y sin alternarse. Es una reciprocidad paradojal comparable a la del «incomparable regressus in infinitum» que hay entre la realización del retrato y el viaje del retratado en la versión que Borges hace de The sense of the past, novela de Henry James.

2.

No hace falta perder la atención de un tercero para sufrir una fulminación similar a las comentadas; eso mismo pasaría perdiendo la atención de sí.
Un sucedáneo de fulminación (caída en la nada o desaparición) es una ajenización, una enajenación: en lugar de caer en la nada, caer en otro; en lugar de pasar de estar a no estar o de existir a no existir –o sea, desaparecer–, pasar de ser uno a ser otro. En el relato “Axolotl”, de Julio Cortázar, ese pasaje es, visto entero, una conversión, una metamorfosis completada al cabo del olvido progresivo de la antigua identidad; focalizado en el momento del cambio de perspectiva y visión, es un trasvasamiento de la mirada y, de arrastre, de la identidad (la comprensión de ese cambio sucede con la primera desincronización, que sucede con el primer cambio de posición, cuando el que era observador y ahora es observado «del otro lado del vidrio» se aparta, rompe el cara a cara en el que se produjo el traspaso):
Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
La comprensión la alcanza un axolotl con cara de hombre. O también: al momento de comprender la transición operada, hay un pie en cada identidad: ya soy «yo» el que «comprendí», pero todavía es «mi cara» la que «se apartó». A partir de ahí, la voz autobiográfica es la de un axolotl. La conciencia se acomoda a su nueva identidad con algo de delay, como la memoria del coronel Tabares a la nueva muerte de Pedro Damián.*
Cita del cuento de Borges “La otra muerte”:
Modificar el pasado no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas. Dicho sea con otras palabras; es crear dos historias universales. En la primera (digamos), Pedro Damián murió en Entre Ríos, en 1946; en la segunda, en Masoller, en 1904. Ésta es la que vivimos ahora, pero la supresión de aquélla no fue inmediata y produjo las incoherencias que he referido. En el coronel Dionisio Tabares se cumplieron las diversas etapas: al principio recordó que Damián obró como un cobarde; luego, lo olvidó totalmente; luego, recordó su impetuosa muerte.


3.

Dejar de saber quién o qué soy (o de necesitar saberlo), ya no poder tenerlo presente, es una distracción de consecuencias irrevocables; es un corte del hilo de la propia identidad. Pero tal vez esa continuidad esté hecha de microcortes; tal vez una inspección microscópica permita decir que lo continua de la corriente es una ilusión de perspectiva, que en otra escala es alterna. Voy a intentar argumentar esta alternativa.
Tenemos con nuestra identidad la misma relación que con nuestra casa: si vivimos ahí es porque permanecemos o volvemos ahí. Si salimos y en una de esas excursiones perdemos la habilidad de volver, dejamos de vivir ahí. Este extravío continúa la metáfora, ahora de la desorientación masiva que es haberse olvidado de sí o no reconocerse o perder familiaridad con uno mismo y sus inmediaciones y circunstancias, extrañarse de sí.
En lugar de metas, Kafka pudo haber formulado reglas aquel 6 de diciembre: si uno quiere conservar la mirada, tiene que olvidar lo que vio cuando se vio a sí mismo como una cosa ajena. Ese olvido de uno vuelto otro es el regreso, siempre imperfecto, a la identidad de partida, siempre renovada. Recuperar la mirada tras la aventura de un extrañamiento es sólo un modo de conservarla más arriesgado que el de no arriesgarse a ir por temor a no saber volver.

Subamos la apuesta. En rigor, el más arriesgado es el único modo en uso en un mundo cambiante, del que nuestra identidad es una hebra. Inmersos en el devenir, una conservación perfecta –una estadía sin salidas– es inviable. El riesgo es inevitable y es cuantitativo: según cuánto y durante cuánto tiempo nos distanciemos, será más fácil o más difícil volver a lo que queda de la identidad abandonada, recuperar lo que podamos de la mirada que dejamos para mirar a través de John Malkovich;*
En Being John Malkovich (Spike Jonze, 1999)
la alternativa es siempre volver cambiados o no volver.
En estas condiciones, de la conservación de la propia identidad se puede decir lo mismo que Borges dice de la de este mundo, en la tercera intervención del fuego sin luz (“Historia de la eternidad”, último párrafo de la parte II):
Los teólogos no ignoran que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo.*
La misma enemistad terrenal y sinonimia celestial tienen la ortodoxia (un conservar obligado) y la herejía (un crear prohibido) en el último párrafo del cuento “Los teólogos”:
El final de la historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.
Un final similar tiene el cuento que le sigue en El Aleph, “Historia del guerrero y la cautiva”:
El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.
Pero en el ensayo tal vez más que de una sinonimia se trate de una implicación de una sola mano: conservar implica crear (al revés de lo que es más corriente escuchar). O también: se está diciendo –si no entiendo mal– que el modo de conservar es creando, no que el modo de crear sea conservando.
De la atención minuciosa a la «perpetua creación», equivalente a los ciclos ininterrumpidos de imperfectas partidas e imperfectos regresos (cambios), que a gran velocidad generan la ilusión de permanencia (conservación). Si la descripción de este zoom es válida, la corriente de la identidad pasa de continua a alterna.

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