Estimaciones



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El código, episodio 3, “Predicciones” (BBC, 2011)


La “sabiduría de la multitud” está delimitada por la posibilidad de y la capacidad para hacer una estimación. No es posible estimar una magnitud si en lugar de percibir lo que hay imaginamos lo que habrá, por un lado, o si la magnitud que enfrentamos nos resulta inconmensurable, por el otro. En ambos casos nos daría lo mismo dar una respuesta u otra, impreferencia que nos saca de la categoría de estimación. Empecemos por el segundo límite.

Un requisito para que el promedio resulte certero es que sus aportantes cuenten con una capacidad de estimación suficiente. No hice el experimento, pero imagino que un grupo de chicos del jardín de infantes no daría un promedio cercano al número de gomitas, como da un grupo de adultos. Y algo similar le sucedería a ese grupo de adultos si la cantidad a estimar superase por mucho lo que está habituado a (entrenado para) estimar, tanto que ni siquiera le resulte conmensurable (es decir, reductible a su medida habitual, ubicable en algún múltiplo suyo). Sería el caso, por ejemplo, de que tuviesen que estimar con un golpe de vista la cantidad de gomitas que contiene un estadio o un planeta. (Por supuesto, con alguna calma podría calcularse estimativamente –que no es lo mismo que estimar– esa magnitud; eso hicieron los calculistas de la corte que desengañaron al rey Iadava, que había estimado que 263 granos de trigo cabían en una mano y no alcanzaban «ni para distraer durante algunos días el hambre del último paria de mi reino».)
Luego, más que una adivinanza, frente al frasco con gomitas hacemos una estimación. O en todo caso: si la hacemos, no nos da lo mismo elegir una respuesta u otra, como debería darnos al adivinar (los favoritismos cabalísticos o afines no cuentan); habrá una infinitud de respuestas descartadas a cada lado del rango de candidatas (en uno de los sentidos, la infinitud descartada incluirá cifras negativas: no hay 2 gomitas, no hay 1 gomita, no hay 0, no hay –1, no hay –2, etc.). En cambio, si juego a adivinar no tengo por qué descartar nada de antemano.

Imaginemos ahora que nos piden predecir cuántas gomitas pondrá X en el frasco o adivinar cuántas puso en un frasco que se nos oculta detrás de un biombo. En ambas situaciones, la “sabiduría de la multitud” vuelve a ser tan boba como ante magnitudes inasimilables. El promedio describe, no adivina ni predice. O también: una cosa es estimar lo que hay; otra, adivinar lo que hay pero no se ve o lo que va a haber. No hay razones que le disminuyan al que adivina la libertad de elegir una respuesta, como tampoco al que apuesta a cara o a ceca. De nuevo, el máximo de libertad de acción coincide con la mera contingencia.
Calcular nos hace preferible una respuesta (la del resultado); estimar, un rango de respuestas; adivinar, cualquier respuesta y ninguna, es decir: ahí ya no hay preferencia, como tampoco en el azar. Las tres operaciones pueden acertar, aunque con probabilidades menguantes y aleatoriedad creciente.
Cuanto mejor sea nuestra estimación, más alta será nuestra probabilidad de acertar o aproximarnos mucho y, si sucede, más baja será la aleatoriedad del acierto (el acertar de pedo). Por arriba del estimar está el calcular y por debajo el adivinar. De ahí que el promedio de las respuestas de un grupo tenga un poder descriptivo (estimativo, no adivinatorio) y no uno predictivo.

Resumo. Cuantas menos (buenas) razones tengamos para jugarnos por una respuesta, menos se parecerá el promedio a la correcta. Ésa es la razón del fracaso de un promedio de predicciones o uno de estimaciones engañadas o a ciegas.

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