Duda



1.

Uno entraba a mi monoambiente del 14 D y tenía a la derecha primero la puerta del baño y después la de la cocina. Baño y cocina lindaban con la larga cocina del 14 B. Entronizado en el baño, no podía distinguir si ciertos timbres de portero eléctrico eran para mí o para mis vecinos. No me pasaba con todos: había algunos timbres que no dudaba que eran para mí, como realmente eran. Con los otros, en cambio, la cosa siempre fue al revés: todas las veces que fui a ver si un timbre dudoso era o no para mí, no era. Pero ese historial infalible, por largo que fuese, no me servía para no dudar cuando volvía a sonar un timbre de esos; la única manera que tenía de salir de la duda era saliendo del baño y atendiendo (“¿X?” “No, equivocado”, fingía yo parado en la cocina con el tubo en la mano, y al rato escuchaba el segundo e indudable timbrazo al 14 B).

1.1

En esas respuestas se mezclaba algo verdadero con algo falso: la comunicación estaba equivocada, pero porque también lo estaba la atendida, no el llamado (como es más frecuente).
Si alguna vez se hubiera dado la coincidencia de que un visitante mío tocase por error el 14 B estando yo en el baño, el viaje de verificación habría terminado como siempre en una atendida equivocada (no llamaron a mi timbre...), pero por primera vez también en una atendida exitosa (...pero era para mí).
Como sucede con las sobreestimaciones y las subestimaciones de una cantidad a estimar, acá los errores se anulan: el que debería haber llamado al 14 D y no lo hizo y el que no debería haber atendido ese llamado y lo hizo terminan encontrándose; el desencuentro que debía ocasionar el llamado equivocado es corregido por la atendida equivocada.

1.2

La moraleja que quiero sacar de esto es que la duda es un encierro racional perfecto del que, por lo tanto, no se sale razonando, sino sólo actuando, sin garantías de éxito e incluso con un historial de fracasos absoluto detrás. El cerrojo conceptual lo da una contradicción: no puedo deducir que si dudo (si es para mí o no este timbre), entonces no debo dudar; la tautología es invencible: si dudo, dudo. La duda es una experiencia inmersiva o envolvente, según cómo se prefiera ver; de la duda se sale desde adentro, no desde afuera (como se intenta con aquel meta-razonamiento).
Ahora bien, ¿por qué la duda es algo de lo que salir o algo que sacarse de encima? ¿En qué consiste la claustrofobia que provoca o el peso con que abruma?

2.

La duda es la irritación que produce la demora de una equidistancia. La duda es la reacción a un entumecimiento por exceso de exposición a una situación de equilibrio indeseada. Dudar es sufrir un equilibrio; mejor dicho: sufrir la irresolución, la neutralización de la voluntad que produce una situación trabada entre razones de fuerzas iguales y opuestas.
Mientras dudo no actúo; dudar es quedar irresoluto, no poder resolver si afirmar X o no X, estar equidistante de certezas contrarias, sin preferencia ni deseo, pero con necesidad. Si no actúo por fuera de la satisfacción de una razón suficiente para hacerlo, quedo paralizado.

2.1

La caricatura de esta parálisis es el burro de Buridán (Ethicorum Aristotelis, Libro III, q.), que enfrentado a dos montones de heno igualmente apetecibles y equidistantes termina muriendo de hambre.
La elección de un burro puede dar a entender que alguien más ducho en el manejo de razones habría podido resolver el dilema. Pero como éste es insoluble si no se sale de sus términos, lo mismo habría dado poner ahí a un astuto zorro o a un bípedo implume y animal racional, como parece preferir Aristóteles (De Caelo, Libro II, 13, 295b 33):
Se dice que el que se encuentra muy sediento y hambriento, en caso de hallarse a igual distancia de la comida y de la bebida, necesariamente queda inmóvil en el lugar donde se encuentra.
También Dante (La Divina Comedia, Paraíso, Canto IV, 1-3) prescinde del asno:
Intra duo cibi, distanti e moventi
D’un modo, prima si morria di fame
Che liber’omo l’un recasse ai denti
,
que traducido viene a decir: “Entre dos alimentos, alejados y apetitosos / por igual, antes moriría de hambre / el hombre libre que hincase a uno el diente”.
La referencia y la traducción se encuentran en la página 112 del libro Breve historia del infinito (Madrid, Siruela, 1991; VII, “La igualdad”), donde su autor, Paolo Zellini, comenta «una memoria de A. Schopenhauer acerca de la libertad del querer (Über die Freiheit des menschlichen Willens), premiada por la Sociedad Noruega de Ciencias en 1839». Zellini cita a un Dante que «supo ejemplificar» con esos versos la «duplicidad irresoluble» a la que «el hombre realmente libre estaría condenado». Si la libertad absoluta de acción es la falta absoluta de condicionamientos, y entre éstos se cuenta el tener razones para preferir, no queda otra que ver
el verdadero estado de libertad como indiferencia absoluta, como ausencia de cualquier razón suficiente determinante; y ese estado de libertad (el «liberum arbitrium indifferentiae») coincidiría extrañamente con una total contingencia. Entre dos llamamientos contrarios a la elección y a la acción, el hombre libre no sabría en verdad qué hacer, al carecer de una inclinación unívoca y de un motivo interior, y lo que no consigue situarse en relación con una causa o una razón suficiente que le comunique el signo o la característica de la necesidad es por definición, justamente, contingente.
El ejercicio máximo de la voluntad, idealmente libre, termina equivaliendo a una tirada de dados.
Una página después, Zellini escribe:
Cuando se desean simultáneamente dos objetos, se configura con ello un estado psicológico en el que la dualidad existe como hecho potencialmente paralizador. Esa misma dualidad, llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final, provocaría un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas.
(Lo que vale para la voluntad de un sujeto vale para la necesidad de un juego o la de un jugador.)
Cuando la dualidad pasa del deseo a la voluntad, su efecto pasa de ser un «hecho potencialmente paralizador» en el «estado psicológico» que con ella «se configura» a ser «un estado real de indecisión irresoluble del hombre absurdamente libre ante dos opciones antitéticas». Es decir, la paralización a la que conduce desear «simultáneamente dos objetos» pasa de potencial a actual –se actualiza– cuando «esa misma dualidad» es «llevada más allá de los confines del deseo que la ha generado, hasta invadir la esfera de la decisión y de la resolución final» (o sea, la esfera de la voluntad).

Recapitulemos. Zellini ejemplifica ese «estado real de indecisión irresoluble» con «el hombre libre» de los versos de Dante, que muere de hambre matado por el absurdo de tener que preferir «entre dos alimentos [,] alejados y apetitosos por igual» (o sea, impreferibles). Ese “tener que” significa que el sujeto necesita el desequilibrio de esa preferencia –alguna razón de más peso que otra– para resolverse a hincar el diente.
Tironeado entre esta necesidad y aquella imposibilidad, y por muy libre que sea, el hombre de Dante no logra (porque no puede) dejar de desear ambos «objetos»/«alimentos» y llegar a preferir y querer uno; el antitético doble deseo lleva a la doble abstención (inhibición de voluntad), en este caso de algo tan vital que si no se la interrumpe te mata. Cuando el «hecho (...) paralizador» pasa del «estado psicológico», donde lo es «potencialmente», al «estado real», el hombre se queda a mitad de camino, sin poder completar el pasaje del desear al querer que lo habilita a actuar.
En definitiva, al racionaldependiente se le da la libertad de elegir lo que quiera a la vez que se lo priva de una razón donde apoyarse para hacerlo, lo que vuelve absurda esa libertad; el tipo adquiere un derecho junto con la imposibilidad de ejercerlo, como le sucede al hombre de campo al que la Ley le destina una puerta que jamás le autoriza cruzar.

2.2

Como si la metáfora de una interioridad partida se exteriorizase literalmente, las dos fuerzas empatadas que dividen al irresoluto burro de Buridán se convierten en dos burros igualmente resueltos y fuertes en un dibujo de Quino (Mundo Quino, Buenos Aires, Ediciones Zeta, 1977):

Buridán en 'Mundo Quino'

El dibujo de Quino es una parodia de otro, que ilustra una fábula en la que la tensión de las fuerzas igualadas se resuelve pacífica y equitativamente: los burros acuerdan y comen juntos de ambos montones. En Los traidores (1973), de Raymundo Gleyzer, el representante de la patronal Benítez usa la fábula en su ablande al delegado gremial Barrera, que en ese momento inicia su carrera de traidor. Con su viraje, el sentido de la historia vira al que le da Quino: el burro blanco, ayudado por la ex oveja negra, se llevará la parte del león. El fragmento es este:

video

Con el burro de Buridán, hiperbólicamente reglamentarista, se exagera el problema de la paridad de fuerzas opuestas. Con el burro de Quino, hiperbólicamente antideportivo, se exagera la solución: actuar por fuera del juego de razones trabado en ese equilibrio, sacar ventaja por otro lado, desequilibrar con una arbitrariedad; en esa patada ventajera también se patea un tablero.
El burro sin muchos escrúpulos y con vida es una contra-caricatura del burro que es víctima de sus demasiados escrúpulos, de su apego absoluto al juego de actuar sólo si se tiene una buena razón para (preferir) hacerlo de un modo en lugar de otro.

3.

Otra caricatura imagina una sincronización universal de dudas que paralizan no ya a uno o a dos, sino a todos. La escribió Raúl Brasca en un relato breve titulado “Perplejidad” y publicado en la revista “El cuento” (Nro 103-104, tomo XVI, México, julio-diciembre 1987); dice así:
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

3.1

La historia quiere ilustrar los efectos paralizantes de la duda, exacerbados por su sincronización en «un instante de perplejidad universal». Para respetar lo que dice el relato y preservar esta universalidad, dos de los tres episodios de la casuística ofrecida –si es que no los tres– deben verse bajo una clave especial; de otro modo, ilustrarían excepciones respecto del motivo y la oportunidad de la inmovilidad sincronizada (no respecto de su alcance, que seguiría siendo absoluto).
Cuando en una película o en una obra de teatro vemos que un actor hace un aparte y le habla al público, sabemos que ha salido momentáneamente de la trama que lo envuelve; la cadena de causas y efectos, acciones y reacciones, ha quedado suspendida a la espera de su regreso, como congelada en un segundo plano y fuera de foco. De un modo similar, para entender que la cierva y el león (y tal vez también el cazador) se detienen porque participan del instante de perplejidad universal (o sea, porque dudan «sin atinar a hacer un movimiento»), hay que entender en clave de dibujo animado esas detenciones. (No es necesario para las del resto, narradas genéricamente –las de aves y peces– o aun con mayor amplitud –las de «todo ser animado»–.)
En clave realista, dejar de perseguir o de huir para quedarse dudando (o para lo que fuere) es, respectivamente, torpe y también peligroso: es sumamente probable que le cueste al león su comida o a la cierva su vida. Como una consecuencia excluye a la otra, sólo podrían neutralizarse si tuviesen que darse a la vez porque una «coincidencia sumamente improbable» hubiera sincronizado esas parálisis dubitativas, como de hecho ocurre. Pero esa neutralización de perjuicios no hace menos caricaturescas las repentinas frenadas de perseguida y perseguidor; la simultaneidad que la hace posible, en cambio, es de un realismo de alta improbabilidad y consecuente baja verosimilitud, pero realismo al fin.

Resumo y redundo. La frenada de los corredores, que es cómicamente insólita, tiene la circunstancia –sólo extraordinaria– de coincidir en un mismo instante con paralizaciones afines del resto de los seres animados. Si esta sincronización provoca asombro en lugar de escepticismo, tal vez sea porque es más de lo mismo. Nada le impide a lo extraordinario ser real, por mucho que desaliente esperarlo. Pero debemos cambiar nuestro criterio de aceptabilidad de hechos para aceptar que no uno –que ya sería mucho– sino los dos duelistas se detuvieron de golpe a la vez y de manera independiente, en este caso para (o por) dudar. Debemos extender el campo de expectativas con el que veníamos metabolizando los hechos narrados (que admitía animales pensantes, como en las fábulas), porque si no esas detenciones insólitas quedan fuera y se rompe la ilusión. Pronto nos acomodamos en una nueva verosimilitud, la misma con que consumimos hechos en los dibujos animados, donde perseguida y perseguidor pueden despreocuparse de las consecuencias de interrumpir sus esfuerzos (algún ejemplo del coyote y el correcaminos debe haber).
3.1.1

Con esa verosimilitud caricaturesca el cuento erige una duda caricaturescamente fuerte: para ser metaforizada por la parálisis universal que provoca en el mundo narrado, la duda es tan fuerte (tan paralizante) que incluso se impone a aquellos a quienes menos les conviene parar, a los que les resulta el colmo de lo inoportuno; aun éstos son tocados por la duda en la mancha hielo que juega a la vez con «todo ser animado que habita sobre la Tierra».

3.2

Ordenemos como en cuadros de una historieta los hechos previos a la detención de cierva, león y cazador. En el primer cuadro, «la cierva pasta con sus crías». En el segundo, «el león se arroja sobre la cierva, que logra huir». En el tercero, «el cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil». En el cuarto, globitos de pensamiento para cada uno (en rigor, los planteos aparecen en dos tiempos: primero el del cazador y luego, juntos, los de cierva y león). ¿Qué hay en esos globitos? Hay una balanza con un platillo elocuentemente más pesado que el otro (trofeo más manjar versus sólo «un buen trofeo»); hay una sospecha alta y una pregunta retórica que la confirma.
En definitiva, no parece haber en estos planteos más duda que convencimiento; en cada caso, la inclinación es suficientemente inferible, por lo que la duda está en retirada o ya se retiró. Como sea, no parece tan fuerte como para dejar a su portador perplejo y «sin atinar a hacer un movimiento». Más bien se podría decir lo contrario, que las tres dudas parecen demasiado débiles como para impedir que en el quinto cuadro haya una decisión.
Pero por poco esperable que lo haga el razonamiento, precisamente eso es lo que pasa, de acuerdo con lo que dice el cuento.
3.2.1

En lugar de usar la debilidad de las tres dudas para decir que no pasó lo que el cuento dice que pasó o para criticar que no debería haber pasado, podemos usarla en un rol que no sea ni contradictor ni crítico: el rol de otra prueba indirecta de lo caricaturescamente fuertes que son esas dudas, que aun en dosis tan ínfimas (como las que puede haber en un dilema inclinado, una sospecha alta y una pregunta retórica) tienen el poder de paralizar a los inoculados.
Diferencia entre los dos tipos de uso: no juzgo los datos, tampoco los cuestiono silenciándolos o reemplazándolos; los acepto sin quejas ni cambios y me limito a relacionarlos y a buscar las figuras que forman esas relaciones a medida que la comprensión se va simplificando a fuerza de agrupamientos.

3.3

Que no demos por cierto lo que el cuento deja ver como posible (pero en su lugar realiza a otro posible) no significa que debamos desestimarlo. Es relevante en el mismo punto en que lo es la verosimilitud caricaturesca: en el punto de la experiencia del que lee.
Cuando llegamos a la quinta viñeta, quienes se comieron el amague tienen un pie en lo que es (cierva y león participan de una perplejidad universal, o sea, de una inacción causada por la duda) y otro en lo que pudo ser pero no fue (y que es lo opuesto de lo que se nos dice que fue: en esa alucinación de las expectativas, la detención de cierva y león es la primera acción de lo decidido en las deliberaciones, o sea, saliendo o habiendo salido de la duda).
Mientras empezamos a recibir lo que pasa, todavía nos quedamos esperando lo que habíamos razonado que iba a pasar, y ya con los reflejos burlados. En esa mezcla entre la noticia esperada y la recibida, los fantasmas de una se confunden con las realidades de la otra. Veamos cómo.

Volvamos a la primera vez que leímos el cuento, cuando a la altura del cuarto cuadro no sabíamos cuál iba a ser la continuación o el desenlace. Por lo que dicen los globitos, lo menos forzado es esperar que en el quinto cuadro veamos realizada –o a medio realizar– alguna de las preferencias trasuntadas en esos pensamientos, más las consecuencias de esa realización. Por los planteos que se hacen (o por cómo los formulan), inferimos que el cazador quiere dispararle a la cierva, que el león quiere comerse a sus crías y que la cierva quiere evitarlo. Entonces, esperamos ver a continuación
un disparo que mata a la cierva y espanta al león, que casi se la lleva puesta;
o ver brevemente a la cierva detenida para ofrecerse en lugar de sus hijos, instantes antes de que la embista el león, y muerta instantes después;
o ver al león detenido para redirigir su cacería hacia las crías y a la cierva todavía corriendo, alejándose (porque no actúa antes o a la vez que el león y sí antes que el cazador).
Pero nada de eso sucedió; en su lugar, otro evento copó la parada, con efecto idéntico al esperado para la cierva y el león (otra vez, dos líneas causales se cruzan en un mismo efecto y una solapa a la otra). Las tres dudas, por débiles que luzcan en los planteos, en el quinto cuadro inmovilizan a sus poseídos.
Lo hacen, además, simultáneamente: lo que sucedió en esta viñeta tuvo la forma de una conjunción de eventos: “A y B y C”; lo que desde la cuarta esperábamos que sucediera tenía la forma disyuntiva “o A o B o C”.
Para decirlo con todas las letras: por lo «sumamente improbable» de la coincidencia, no esperábamos que ambos estuvieran detenidos, sino que lo estuviera o la cierva o el león, y no por dudar sino por haber empezado a actuar por fuera de la duda, por estar llevando a cabo la decisión que supusimos tomaría.
Resumamos. Cierva, león y cazador se detuvieron sin haber tomado una decisión. Pero si la hubieran tomado (y nada impide que al mismo tiempo) también se habrían detenido: la cierva para sacrificarse, el león para reorientarse y el cazador apuntando a uno de los dos.

3.3.1

La inclinación de los planteos y la tenue duda que esas preferencias implican son datos del cuento que podrían aducirse para atribuir la participación de cierva y león en la suspensión universal no a sus dudas o perplejidades, sino a la decisión que toman a partir de sus dudas (ya sea que las dejen atrás por completo o que las conserven en alguna medida que no les haya impedido actuar).
Lo que define a esta manera de entender esas pausas y sus razones como un delirio hermenéutico (o sobreinterpretación, para decirlo con menos estridencia) es el hecho de que le hace mostrar al cuento algo diferente de lo que el cuento dice que pasa: lo desmiente (cierva y león no se detuvieron al dudar...) y lo rectifica (...sino al resolverse).
El paso previo a sustituir la historia de la que nos enteramos leyendo por la historia que armamos interpretando es convencernos de que la nuestra cierra más o mejor, o que tiene algún mérito de elegancia u originalidad. Pero incluso concediendo o compartiendo estas opiniones, si hay conflicto entre las dos historias, si compiten, basta un dato citable (o uno presumible) para desbaratar el armado interpretativo y su pretensión de verdad.
Que cierva y león, como todos, fueron frenados por la duda es un dato que se constata con algo tan universalmente accesible como una cita:
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal.
Una lectura que necesite ignorar o reinterpretar ese dato (y que se justifique sosteniendo que ahí el autor habla en sentido figurado o que dice eso para despistarnos), más que una lectura (un saber sobre) es una reescritura (una obra derivada): una nueva edición del material, una reelaboración literaria. El problema es que no se asume como tal y tiene la aristocrática pretensión de estar revelando o comprendiendo el espíritu de la letra, una verdad más sutil o más profunda que la “literal” (que queda como vulgar y superficial).
Pero sin esa pretensión no es problemático reescribir la historia, por ejemplo, afirmando que las tres muestras particulares de la suspensión universal son excepciones a la indecisión paralizante y se explican por sendas decisiones. Claro que entonces cambian dos puntos cruciales. Por un lado, la inmovilidad física acompaña a la inmovilización intelectiva en que consiste la duda; fuera de ese acompañamiento, es mera coincidencia. Por otro lado, en esta nueva selección y disposición de hechos no puede figurar el de la universalidad dubitativa, que le da su título y su gracia al cuento de Brasca. Pero si estamos dispuestos a resignar tanto, bien puede explorarse qué se obtiene tirando de ahí.

3.3.1.1

Imaginemos entonces que en la quinta viñeta ocurrió simultáneamente lo que en la cuarta podíamos esperar que ocurriera selectivamente: imaginemos que, a diferencia del resto titubeante, cierva y león se detuvieron al resolverse. En el cuento, la primera y única decisión la toma el cazador, cuyo disparo rompe el hechizo. En esta recreación, cierva y león coinciden con la suspensión del resto en medio de una decisión, en el punto de inflexión de un cambio de inercia. El cazador puede que también, y entonces sería el primero y el único en completar su decisión; todo depende de cómo se divida su accionar. Veamos su caso.
Hay un modo de entender la escena en el que el cazador es uno más entre los indecisos paralizados, incluso en esta versión libre: si apuntar y disparar se considera un solo acto, el cazador primero prepara el fusil, después duda y en consecuencia suspende su caza, que reanuda junto con la vida, cuando finalmente apunta y dispara. Luego, su caso depende de qué vínculos tenga el apuntar con las acciones que lo flanquean en la secuencia del cuasi fusilamiento: si es independiente o es parte del preparar el fusil, el cazador se detuvo al resolver a quién disparar, apuntándole (ya sea que viniese de apuntar al otro o de no estar apuntando); si es parte del disparar, el cazador se detuvo antes, al dudar con el fusil preparado.

3.3.1.2

Desarrollemos la idea de que, en el momento de inmovilizarse, cierva y león están en la mitad de las acciones que eligieron para resolver sus planteos. A la cierva le resta o bien ser alcanzada (la segunda mitad es pasiva) o bien –menos verosímil– dirigirse a un improbabilísimo salvataje de sus hijos (la segunda mitad es activa). Al león, que acaba de desistir de alcanzar a la cierva, le resta perseguir a las crías. Es en esta bisagra cuando cruzan miradas desconcertadas entre sí y con el cazador, que puede que esté en su propia bisagra.
El preparar el fusil es previo o simultáneo a dudar a quién disparar. Si tiene su independencia, el apuntar a uno de los animales –el mantener la mira en un blanco que estuvo en movimiento y que ahora está quieto– es la mitad de la resolución del cazador que participa de la suspensión universal. La otra mitad –el disparar– es la que le pone fin y saca a la historia del mundo de su único hueco (y a cierva y león de sus propósitos originales, suponemos, lo mismo que de la vida a uno de ellos –si el cazador tuvo puntería, lo que puede que no sea necesario para que se reanude la vida, y aquí no se ha lastimado a ningún animal).

3.3.1.3

En el cuento hay un único hueco de saber referido a la única decisión que se llega a tomar: a quién le disparó el cazador. En esta otra versión, los huecos de saber son tantos como las decisiones. El narrador pasa de contarnos las deliberaciones de cierva, león y cazador a contarnos las acciones surgidas de ahí; la decisión tomada hay que inferirla o conjeturarla, porque narrada no está.
En esta otra historia, las decisiones de la cierva y del león se dejan ver por sus acciones: si se detuvieron, fue porque una decidió entregarse y el otro decidió dejar de perseguirla e ir a perseguir a sus hijos, decisiones a las que desembocaban las inclinaciones que dejaban ver sus planteos.
La desembocadura es inequívoca en el caso del león, pero en el de la cierva puede dibujar algún delta: ¿frenó para dejarse alcanzar o, como el león, para cambiar de dirección? Lo segundo es bastante menos probable. ¿Qué chances puede tener la cierva de ahuyentar al depredador del que venía huyendo? ¿Y qué utilidad puede tener esa aventura suicida? Lo suyo parece más bien un sacrificio, aunque malogrado una vez por la renuncia sincronizada del león y otra, quizás, por el disparo del cazador. (Si ella fue el blanco, su sacrificio pasó de ser algo destinado sólo para sus hijos a ser algo que resultó efectivo para todo el mundo que la sobrevivió.)*
La detención brusca tampoco cuaja a la perfección con el sacrificio: si la decisión de la cierva es ofrecerse para ser devorada en lugar de sus crías, mejor desacelerar que frenar de golpe (así al menos las aleja un poco más del león). En rigor, a la perfección sólo cuaja con lo que el cuento dice que pasa: una parálisis dubitativa, con la que el relato le da a la cierva su participación en el «instante de perplejidad universal».


3.3.1.4

El objeto de la deliberación de la cierva es la deliberación del león; para decidir qué hacer, la presa intenta anticipar la siguiente jugada del depredador poniéndose en su lugar, haciendo una estimación de sus opciones y conveniencias. Ni el cazador felino ni el humano adoptan el punto de vista de otro en sus deliberaciones, ni se ocupan de una conveniencia que no sea la propia (también a diferencia de mamá cierva, que antepone la de sus hijos a la suya con una tentativa de sacrificio).
La cierva acertó en qué iba a plantearse el león y cómo lo iba a resolver (o sea, qué iba a hacer), pero cuando reaccionó ya era tarde: se resolvió a evitarlo al mismo tiempo en que empezaba a ocurrir, no antes; lo tardío le inutilizó lo certero.
Ni bien se detiene para entregarse, podemos imaginar que la cierva pasa de esperar con terror el ataque final a frustrarse porque no llega. De esa frustración la sacará un disparo, para bien (el blanco fue el león) o para mal (el blanco fue ella).

3.4

Por suerte para casi todos, «con el disparo del cazador se reanuda la vida» (esa excepción resulta un sacrificio vital para ese resto, como el que se interpretó que hizo el príncipe Adjamir en la batalla de Dacsina).
La acción no especificada del cazador (ya sea el disparar a quien se quedó aputando en el acto anterior, el de la detención universal, o ya sea el apuntar y disparar en un solo acto, ése en el que el mundo se despereza) no obliga a inferir que se decidió por la cierva, por más que hacia ahí se incline su planteo. Puede ser la mejor presunción, pero no es concluyente: mientras las inclinaciones que muestran cierva y león son las únicas opciones consistentes con el hecho de que cambien lo que vienen haciendo, no se verifica ninguna inconsistencia si suponemos que el cazador le terminó disparando al león. (Si éste fue el caso, puede que la escena siguiente a la perturbación coincida con la primera y volvamos a ver a la cierva pastando con sus crías, a modo de cierre y cicatrización del «único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo».)
En definitiva, no podemos saber con certeza a quién le disparó el cazador. Pero el efecto revitalizante del disparo nos distrae de la curiosidad insaciada, como nos distraería un ilusionista; solapa el efecto desasosegante que debería tener esa incerteza. El cuento se cierra con la resolución de una duda que no se revela y la astucia de que ya no importe.

3.5

Imaginemos este ejercicio de escritura: componer un relato con un enigma cuya solución, que se da, termina no importando. “Perplejidad” aumenta la dificultad de la consigna antes de cumplirla. La intriga del argumento, hecha de tres nudos, abre un menú de seis posibles continuaciones o desenlaces: el cazador matará a la cierva o matará al león; el león insistirá con la madre o irá por sus hijos; la cierva intentará impedirlo o seguirá huyendo.
No interesa ahora que las opciones vengan inclinadas, sino el hecho de que no tanto como para haber provocado ya una resolución; ninguna inclinación se materializó todavía. Aun siendo una fuerza minoritaria en cada uno de los tres casos testigo, la duda gravita lo suficiente como para causar (o sintomatizarse a través de) la paralización de los infectados. Una sincronización fortuita hace el resto. La perciben cierva, león y cazador, que, «desconcertados, se miran».

3.5.1

Las miradas que cruzan son las primeras que no pertenecen a la situación de cacerías cruzadas. Lo que cada uno venía haciendo se suspende para volverse objeto de observación de los otros; los tres observan y los tres son observados, dudando primero y observando después. El desconcierto con que se miran (perplejidad recargada) es una emoción que se tiene fuera de la situación, observando la situación, constatando cada uno que no fue el único en detenerse, viéndose múltiplemente identificado. El nuevo dilema de si se saldrá o no del hueco es un meta-dilema, un dilema surgido de reflexionar sobre lo que se experimenta (o sea, sobre los dilemas en curso) y de advertir su simultaneidad de efectos.

Así es como el cuento nos pone a pensar en seis continuaciones, mientras hace entrar por arriba (topología del meta-X) una séptima inesperada: el estancamiento en los dilemas que parecían discurrir con fluidez hacia un lado.
Un nuevo nudo tiene lugar con la parálisis universal causada por la duda, y es su desatarse el que termina importando. Uno de los tres dilemas objeto se resolverá, pero ya no como un fin en sí mismo, sino como un medio para resolver otro, el que traba a la vida en su totalidad. Pasa de ser la meta de una averiguación a ser un medio de realización que no requiere que el blanco sea tal o cual, sino cualquiera.
Si en el cuento importa más que suceda un cambio liberador a qué cambio es el que sucede, es porque el peso está en lo estructural: hay un equilibrio que debe y no puede ser superado, y a desequilibrio regalado no se le miran los dientes.

3.5.2

Más por ser el primer movimiento que se atina a hacer que por el desparramo que ocasione, el disparo del cazador (mundo físico) implica la reanudación de la vida (mundo simbólico), como el cruce de la línea del arco por parte de la pelota implica la conversión de un gol. La diferencia es el juego cuyo reglamento configura el segundo término de la relación: en el caso del gol es el fútbol; en el caso de la reanudación de la vida, el juego del sentido (más específicamente, el de razones para su práctica).
De ahí tal vez que la situación de una duda y la irresolución que causa sean similares a las de una paradoja: un equilibrio de fuerzas opuestas que traba un movimiento (acá, el de la vida; allá, el del sentido del actuar). Pero en el caso de la paradoja la traba la ocasiona una contradicción de dos certezas y en el de la duda una falta de certeza. En el primer caso se peca por exceso de sentido; en el segundo, por carencia. El caso excluido da la regla de movimiento del juego del sentido: una u otra certeza, no una y otra o ni una ni otra (suponiendo que se excluyen recíprocamente).

Resumamos. Si toda duda es un desconocimiento dilemático (no sé –y necesito saber– si A o B), la inmovilidad que provoca es la de un estancamiento en la encrucijada, en el punto de desvío o bifurcación. Algo que debía continuar fluyendo se detuvo por no saber cómo o por dónde.
En el cuento, ese algo no está solo: lo acompañan todas las demás movidas interrumpidas, las de «todo ser animado que habita sobre la Tierra». Normalmente, una duda está rodeada de (es simultánea a) innumerables acciones resueltas; en “Perplejidad”, extraordinariamente, cualquier duda está rodeada de otras durante (y co-produciendo) «el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo».

4.

Metámonos un poco con la duda y el lenguaje.
Empecemos por una cuestión sobre palabras, significados y usos: no en toda expresión que contenga la palabra duda se estará hablando de la duda entendida como un no saber dilemático en flagrante insatisfacción. Sí, cuando por ejemplo decimos Estoy en la duda (...no sé qué hacer), o Tengo una duda (...no sé si A o B) o Quiero salir de la duda o La duda me carcome o Dudo entre ir y no ir. No, cuando por ejemplo decimos Dudo que X venga, que dice y hace lo mismo que No creo que X venga, que dice y hace lo mismo que Creo que X no va a venir: dicen y hacen un escepticismo respecto de la venida de X; un descreimiento, no un dudar (que es un no saber si –pensar que– X va a venir o no). No hay equidistancia entre las dos opciones, que es lo que define la posición del que duda; hay una inclinación clara (sea temerosa o esperanzada) para el lado de que X no va a venir.

4.1

Volvamos al tema de los selectores modales. En castellano hay dos modos básicos de poner el verbo –con la orientación temporal que sea– para significar qué hacemos al hablar: un modo observación (los gramáticos lo llaman Modo Indicativo) y un modo interacción (Modo Subjuntivo, que –siguiendo a Andrés Bello– incluye el Modo Imperativo).
En el corazón de la interacción con el mundo está el hacer que pase algo diferente a lo que sabemos o creemos que está pasando o pasará (y no algo que sabemos o creemos que pasó: no podemos hacer que haya venido X, si no vino).*
Tal vez a causa de los trastornos lógicos que habilita o provoca, hasta Dios se ve privado del poder de alterar el pasado:
«En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya sido...» (Jorge Luis Borges, “La otra muerte”)
No Dios pero sí «el destino» le trajo otra batalla de Masoller a Pedro Damián en 1946, para que pudiera corregir su cobardía de 1904. «La trajo en forma de delirio, pero ya los griegos sabían que somos la sombra de un sueño», atenúa el narrador, y del poder revocatorio también queda apenas una sombra, un como si dependiente de desatenciones, olvidos y muertes (sin estas fallas en el registro o en quienes lo conservan no se puede burlar lo irrevocable).
En todo caso, hacer que pase algo (o evitarlo: hacer que no pase) es el fin último de desear, pedir, exigir, recomendar, sugerir, etc.
Otra forma de participar en el mundo, en lugar de contentarnos con registrarlo, es manifestando nuestra confianza o nuestro escepticismo respecto de algo desconocido, ya sea estimando su probabilidad de suceder o haber sucedido (Es probable [o puede] que X venga / haya venido) o expresando nuestra sensación.
El descreimiento de un No creo [o dudo] que X venga es un posicionamiento ante una posibilidad, como lo es ante un hecho (futuro / presente / pasado) un Me alegra que venga / esté viniendo / haya venido. Como reacción que es, es una de las maneras que tenemos de interactuar con el mundo; ahí no nos limitamos a observar (selector verbal en Modo Indicativo): intervenimos, participamos, nos involucramos (selector verbal en Modo Subjuntivo).
La duda, en cambio, es un impedimento o una interrupción de la interacción con el mundo. Dudar es haberse quedado en modo observación, pero necesitando continuar en (o volver a) modo interacción; es tanto una observación estancada (hay A y B y o es A o es B, pero no sé si es A o es B...) como una intervención negada (...y entonces no puedo proceder).*
Pienso que esto es así con independencia de que sea o no la razón de que el desconocimiento dilemático que llamamos duda vaya en Modo Indicativo: No sé si X va a venir o no (uso que, por otra parte, puede variar regionalmente).


Nota

La primera versión que hice de este ensayo la escribí el sábado 10 de noviembre de 2012 y la leí en el Medias & Sombreros 9 - La final (anunciado como el último que se hará), cerca de la medianoche de ese sábado, en el Centro de Exposiciones José Verdi (Av. Almirante Brown 726). Acá el video (gracias Vicky, gracias Marc):


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