Una larga cicatriz



1.

Hay unos versos propios de un poema largo (no recuerdo el resto), dos alejandrinos que siempre me vuelven; los transcribo de memoria:
El poema sabe que las palabras no arden,
que la tinta es ceniza de lo que ardió en la sangre.
En el segundo verso hay un fluido donde se arde y otro que es su ceniza; uno es intensamente vivencial y el otro es lo que queda, algo apagado y expresivo. El primer verso nos dice que el poema ya lo sabe.
Tinta en lugar de palabras es una metonimia del insumo por lo que se hace con él, de la materia usada por la forma que se le da, del material por la obra (dando por cumplida la metonimia –una sinécdoque– de la parte –las palabras que no arden– por el todo –el poema que lo sabe).

2.

La voz que habla en un poema de Pablo Neruda, “El golpe”, fantasea con (haber hecho) el mismo canje que ese tropos, pero no retórica sino literalmente: tinta por obra, salpicar por escribir. En Las manos del día, el poema XLVI tiene en el margen izquierdo su título, y alineado a partir de ahí dice:

    Tinta que me entretienes
    gota a gota
    y vas guardando el rastro
    de mi razón y de mi sinrazón
    como una larga cicatriz que apenas
    se verá, cuando el cuerpo esté dormido
    en el discurso de sus destrucciones.

    Tal vez mejor hubiera
    volcado en una copa
    toda tu esencia, y haberla arrojado
    en una sola página, manchándola
    con una sola estrella verde
    y que sólo esa mancha
    hubiera sido todo
    lo que escribí a lo largo de mi vida,
    sin alfabetos ni interpretaciones:
    un solo golpe oscuro
    sin palabras.

En la metáfora de la tinta como ceniza, el fuego que hubo pudo haber sido encendido por una intensidad favorable o por una desfavorable; las cenizas que quedan no preguntan de dónde vienen. En cambio, asociar la tinta a una cicatriz es asociarla a una intensidad desfavorable, una herida. Puede ser la elección de un pesimista, pero también la metáfora de una resistencia, un rastro de heridas físicas que a su vez metaforizan otras psicológicas, sentimentales, espirituales, existenciales y algún otro color que me esté olvidando. Como sea, las cicatrices son el rastro de heridas que se cierran, no de caricias; indican superación de un sufrimiento, no celebración de una felicidad.
Pero el equilibrio que no existe en lo «apenas sensitivo», existe en lo racional: la «larga cicatriz» es como «el rastro de mi razón y de mi sinrazón» que vas guardando, querida tinta (en vez de sólo el rastro de mi sinrazón, como sería si fuera una cicatriz color racional).

3.

En letras de molde, una voz le habla a su tinta.
En la primera estrofa está lo que pasa (que es lo que hace mi interlocutora: «...me entretienes / gota a gota / y vas guardando el rastro / de mi razón y de mi sinrazón...») y lo que va a pasar (que es lo que le ocurrirá a eso que hace la tinta: «...como una larga cicatriz que apenas / se verá, cuando el cuerpo esté dormido / en el discurso de sus destrucciones»). Lo que pasó pasó, pero dejó su huella: es el rastro que guarda el goteo que entretiene.
Otro contraste a lo Kafka, a lo zambullida con pequeña turbulencia y ciénaga infinita, esta vez entre lo «larga» que es la cicatriz y lo «apenas» que se verá después de muerto: el lungo esfuerzo apenas alcanza para una ínfima visibilidad póstuma.
La cicatriz es lo larga que viene siendo el entretenimiento. Si ese rastro palabrero tenderá a perderse, tal vez mejor (hubiera sido) reducir su duración y aumentar su intensidad, renunciando a su elaboración artesanal: un golpe en lugar de un goteo, una mancha fortuita en lugar de un surco legible. Antes de que «el cuerpo esté dormido en el discurso de sus destrucciones», realizar de una la destrucción del discurso. De esa fantasía se ocupa la segunda estrofa.
En la segunda estrofa está lo que no pasó y hubiera preferido que pasara (o más bien, fantasea con esa preferencia). El inseguro arrepentimiento final («Tal vez mejor hubiera volcado...») es un culturicidio, más que un suicidio literario. Cada uno de los deseos contrafácticos es un desandar lo andado. La reversión de lo cultural que provoca está dada por el sentido del tránsito: se pasa en todos los casos de un producto cultural a su materia prima, sin forma. Así, de la obra pasamos a los litros de tinta que lleva hacerla; de las muchas palabras, a «una sola estrella verde» para todos esos litros, «sin alfabetos ni interpretaciones»; de ir «guardando el rastro de mi razón y de mi sinrazón», a «un solo golpe oscuro / sin palabras».
Por supuesto, no son pasajes hechos, sino dichos, y se sabe que de unos a otros hay mucho trecho. De haber salvado esa distancia Neruda, no leeríamos un poema: veríamos la estrella de tinta verde que dejó el «haberla arrojado / en una sola página, manchándola». Pero la palabra mancha no mancha ni es una mancha, como la palabra oro no brilla ni es oro.

4.

Imaginemos que lo que en este mundo es una expresión melancólica de deseo, en otro es una descripción (tal vez también melancólica) de lo que hay: una página manchada, en vez de muchas y escritas. Y si no se quiere cambiar de escenario, todavía podemos cambiar de actores: imaginemos que, en vez de la página 81 del poema (y de todas las otras que escribió Neruda), hubiera una sola mancha verde estrellada contra una sola página (el efecto tiene la forma de la acción). Luego, en vez de un Neruda escritor habría un Neruda performer, que acaba de hacer un enchastre.
Imaginemos que ante esa página manchada Neruda ahora fantasease pasar (o haber pasado) de su simplicidad azarosa y sin signos a la complejidad de varias páginas llenas de alfabetos e interpretaciones. Imaginemos, ya que estamos, que a medida que va escribiendo, la tinta se va mudando de la estrella solitaria a la larga cicatriz, como un ovillo que se va desovillando. Cuando termina, la mancha inicial se vuelve el punto final de la última frase de su obra, por ejemplo; o simplemente desaparece, volcada por completo en el «rastro de mi razón y de mi sinrazón».

Se puede interpretar y decir mucho sobre el gesto de arrojar en una página la tinta de lo que habría sido una literatura entera; pero no sobre la mancha misma. La obra es conceptual, no pictórica; la obra no puede ser la mancha sin el gesto que la produce, como huella impresa suya, pero podría ser el gesto sin (que importe cuál o cómo es) la mancha, aun cuando no luzcan igual la huella de una tinta lanzada enérgicamente y la de una que se derramó cuando se volcó la copa.
La mancha no puede aspirar a comodín: no dice ni puede decir nada, no que puede decir cualquier cosa. Toda potencialidad bruta de significación implica una ausencia neta de signos, pero no a la inversa. De ese «golpe oscuro / sin palabras» no resulta una obra potencial, sino una concreta ausencia de obra, con forma de estrella, color verde y sin otro contenido que «toda tu esencia», querida tinta.

No hay comentarios