Memorabilidad II (Hitos en común)



1. El nacimiento de alguien y la muerte de esa mujer



Diario de un hito. Foto del día después de 28/10/2010, 18:38 otro.

La imagen de ese diario con la muerte de Evita está ahí para ilustrar la propuesta del rectángulo superior derecho: “Un regalo original / Diarios 1910-2001 / Regale al agasajado”. La publicidad no lo aclara, pero en general el agasajado es un cumpleañero, es decir: alguien para quien ese día es significativo. Si por otro motivo lo es también (y todavía) para la fracción del mundo en que nació, el brillo del evento privado de que lo hayan dado a luz puede palidecer por acción del brillo del evento público de que la Jefa Espiritual de la Nación haya pasado a la inmortalidad (o sea, a una memorabilidad inmortal).
Pero normalmente el nacimiento de uno no tiene esa competencia pública y todos los hechos de ese día son vistos como circunstancias del hecho en foco, respuestas a la pregunta ¿Qué pasó el día que nací?. O también: son sucesos que van a situarse en el contexto de ese hecho protagonizado al comienzo de nuestra vida y memorabilizado después, al comienzo de nuestra biografía (o sea, del relato que le da un sentido de obra a nuestra vida). Es como rellenar el cuadro de nuestro punto de inserción en la porción del mundo que venimos a integrar durante unas décadas.

En otros casos lo que protagonizamos es una circunstancia, que es contextual. Ya no es un
Recuerdo qué me pasó,
sino un
Recuerdo muy bien qué estaba haciendo cuando pasó eso.
Ya no es una memorabilidad privada o personal, como la del nacimiento propio o la de un boleto para dos atesorado en el cajón de la mesa de luz. Ahora es una memorabilidad pública: el hecho marcó a una comunidad o a una sociedad. Lo que hace cada individuo es aportar una circunstancia al contexto del evento, que es memorable para aquellos en quienes afecta algún hilo de su entramado social, algún nudo de identificación consolidada.
Nuestro aporte vivencial es la cuota de participación que reivindicamos sobre el hecho que todos conocen o atesoran (de ahí que supongamos, sin equivocarnos, que nuestro relato tiene interés). Yo participé de algún modo de eso, parecen estar diciendo todos esos testimonios. Puede que no haya estado ahí, que no haya sido testigo, pero hubo un hilo que me ligó remota aunque firmemente a ese acontecimiento bajo cuya sombra (o luz) quedamos todos.
Es involuntaria la adhesión de nuestros recuerdos al recuerdo de un evento colectivamente memorable. No sé qué estaba haciendo el día que eligieron como Papa al alemán Joseph Ratzinger. Pero recuerdo perfectamente qué hacía cuando me enteré de la elección del argentino Jorge Bergoglio.
Toma 1
En lo personal, no es algo que hubiera elegido atesorar ni es algo que lamentaría perder. Pero ante todo es algo que no puedo dejar de procesar como significativo para la fracción del mundo que integro. Si sucede algo que conmueve a aquellos con los que empatizo, aunque no me conmueva reaccionaré como si me conmoviera; si no, es que no empatizo tanto.

Toma 2
El no profesar el catolicismo ni el chauvinismo no alcanza para que no me sienta interpelado por ese acontecimiento, al punto de integrar mi experiencia a la suya. Por definición, no estoy solo: compartí la reacción con todos los que se pongan a relatar, ni bien sale el tema, qué estaban haciendo cuando se enteraron, cuando fueron impostergablemente atraídos por la buena o mala nueva que les hacía recalcular su mundo (y quedar como en pausa mientras tanto).

La publicidad rudimentaria ejemplifica con un hito público, como fue la muerte de Evita, el “regalo original” para festejar un hito personal, como es un nacimiento del 26 de julio de 1952. Cada hito le reclama al otro que se asuma como una de sus circunstancias circundantes (con perdón de la redundancia redundante). Un día como ése, de doble significatividad, ¿cuál de esos hechos simultáneos está en la periferia contextual y cuál en foco? ¿O hay un doble foco? (Para el interesado, al menos, y descartando que pueda haber un doble fuera de foco.)
De haber dos centros de atracción igual de fuertes, al que le cuadre la coincidencia podrá decir, si tiene la libertad de alternar,
    Evita murió el día que yo nací
    (mi nacimiento es el punto de referencia)
o
    Yo nací el día que murió Evita
    (su muerte es el punto de referencia).
En los dos versos que abren, retoman y –agregando «grave»– cierran el poema “Espergesia”, César Vallejo opta por el segundo enfoque:
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

La convalecencia de Dios (suponiendo que es un hito público) podría pasar de evento de referencia a evento referenciado por el otro, el nacimiento coincidente. Pero si los dos hechos tuviesen iguales derechos y obligaciones de referenciar, como ocurre entre otro nacimiento y una muerte bisagra, más que la libertad tendrían la imposibilidad de alternar: en un cabal doble foco, los dos deben y no pueden asumir ese rol y dejarle al otro el de circunstancia. Y esta paradoja puede tomarse como una demostración indirecta (o por el absurdo) de que o alternan en el rol excluyente o no hay doble foco posible. Luego, el doble foco sólo puede ser una ilusión producida por la alternancia veloz entre uno y otro.

Volvamos a que, en su enorme mayoría, las personas no nacen en un día colectivamente memorable (y menos aún en uno de los más memorables que tuvo la Argentina, teniendo en cuenta la duración, masividad e intensidad de esos funerales). Pero si en ese cartel ponían una tapa sin un hecho significativo y reconocible, la imagen no iba a llamar la atención y fracasaría publicitariamente. Poniendo la tapa que pusieron, generaron una coexistencia poco común: un día de doble significatividad, una pública y otra privada.
Entre ser realista pero pasar desapercibido (o resultar desagradable) y no ser realista pero hacerse notar (sin resultar desagradable), la lógica publicitaria siempre va a preferir el segundo combo. (A la misma necesidad de impacto y gancho sirenesco se somete el periodismo cuando sigue el consejo No dejes que la realidad te estropee una buena nota.)

2. Bofetadas mnemotécnicas

Entre las páginas 176 y 177 de su libro Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos (Nerea, Madrid, 1988), Joseph Perez cuenta que en 1480 la ciudad de Segovia «organiza grandes manifestaciones de protesta» contra el «enagenamiento» –la promesa es que provisorio– de «mil y docientos vasallos de esta jurisdicción». Estos súbditos han pasado a constituir, por disposición de los Reyes Católicos («deseosos de recompensar los servicios prestados a su causa»), el señorío de los flamantes marqueses de Moya (Andrés Cabrera y su esposa, Beatriz de Bobadilla).*
Los Reyes Católicos, deseosos de recompensar los servicios prestados a su causa por Andrés Cabrera y su mujer Beatriz de Bobadilla, crean para ellos, en 1480, el título de marqueses de Moya y les constituyen un señorío de 1200 súbditos en torno a las localidades de Valdemoro y de Casarrubios, separadas ex profeso de la jurisdicción de la ciudad de Segovia, al menos de forma provisional, en espera de que se atribuya a los Cabrera otro señorío de la misma importancia. Pese a esas precauciones, la ciudad de Segovia no quiere dejarse desposeer. Organiza grandes manifestaciones de protesta. En las tres plazas principales de la ciudad se erigen estrados y, en medio de la multitud reunida, un representante del municipio declara, entre otras cosas: “Sepan todos los desta ciudad y tierra y toda Castilla cómo se dan mil y docientos vasallos de esta jurisdicción al mayordomo Cabrera contra el juramento de no enagenar cosa ninguna de la corona real. Y la ciudad ni tierra no consienten tal enagenamiento: antes protestan la injusticia y nulidad ante Dios y el Papa”.

En una de esas manifestaciones fervorosas, «un representante del municipio» hace un encendido discurso (diría un periodista). Luego de reproducirlo, Joseph Perez agrega:
La multitud estalla en imprecaciones; se dan bofetadas a los niños para que conserven durante toda su vida el recuerdo de ese día de protesta.
Como la «imagen poética» para Viktor Shklovski, las bofetadas son un «medio de refuerzo de la impresión» (y no un «medio práctico de pensar, [...] de agrupar los objetos», como «la imagen-pensamiento, que nos ejemplifica la niñita que llama a una bola “pequeña sandía”»).
Por mucho que lo parezcan, esas cachetadas no son un castigo aplicado para conseguir que unos chicos memoricen algo, como los avalados con la frase La letra con sangre entra. O como los que un experimento finge usar para inducir a un aprendiz a recordar los sustantivos que acompañan a los adjetivos que le van leyendo de una lista de 30 pares, que al comienzo escuchó completa (la escena pertenece a la película “I” como Ícaro, de Henri Verneuil).*

Puedo intentar ser más preciso: las bofetadas sí tienen esa finalidad (conseguir que unos chicos memoricen algo, repito), como las veces en que son un castigo. La diferencia es que esta vez no son un castigo. Son una estrategia terrorífica que se resigna a un recuerdo épico oportunista, que a lo largo de una vida –creen los adultos– sabrá aparecer todo luminoso detrás del recuerdo turbio de esa violencia arbitraria. Son como una yerra que hace doler y les graba en la piel Día de protesta (o DdP, mejor), como quien le pone su firma a la impresión que causa (no como quien imprime la ley cuya transgresión castiga, que es lo que hace el aparato de “En la colonia penitenciaria”). Ahora es el recuerdo el que con sangre entra.
La idea de mínima es producir un señalador de ese día en los libros de la buena memoria, como para que quede siempre a mano (y para que, de paso, no se pierda). Tal vez se contenten con eso los adultos o tal vez confían (porque creen) en que lo inolvidable de las bofetadas es canjeable por –además de anclable a– lo memorable de esa jornada patriótica.

¿La impresión de qué es la que vienen a reforzar las bofetadas? Los adultos que las dan conservarán el recuerdo de ese día de protesta por la fuerte impresión épica que les dejó; los niños que las reciben probablemente recordarán ese día por otra fuerte impresión, no por la misma. O tal vez sí. Dependerá de qué crean cuando recuerden; la memoria reversiona cada vez que se amolda a las necesidades actuales de la conciencia.
Si también ellos, ya adultos o viejos, ven como histórica esa jornada remota, puede que así terminen recordando haberla vivido (lo que no se entiende es para qué las bofetadas, entonces). Cuanto más valorado esté el hecho marcado, más probabilidades habrá de que algún día el recuerdo vuelva sin las bofetadas, con el chico rememorado formando parte de la multitud que estalla en imprecaciones. Como sea, mientras la memorabilidad del evento perdure lo que dure la vida del abofetado, su sufrimiento al menos habrá sido por algo que sigue siendo memorable y él recuerda qué estaba haciendo cuando pasó.
Pero si no hay orgullo de haber estado ahí porque Segovia, pasadas unas décadas, no ha atesorado como un hito ese día, la cosa cambia. Recordarán que cuando eran chicos una multitud exaltada (y, no obstante, preocupada por legarle lo memorable de un acontecimiento a la generación siguiente) usó como recurso mnemotécnico el mismo que usaba para castigarlos. Sin su memorabilidad, lo recordarán como un día en el que lloraron mucho y amargamente porque recibieron bofetadas incomprensibles, inmerecidas, que tal vez desorientaron o indignaron más de lo que dolieron.
A 534 años de ese día de protesta, y nacidos y criados fuera de Segovia, es más probable que nos identifiquemos con el abofetado por un suceso que perdió su significatividad (si creemos que alguna vez la tuvo) que por uno que la conserva (y tal vez incrementada).

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