Laberintos borgeanos



El horror al vacío es el horror a no tener ningún punto de referencia, ni siquiera uno con el que engañarse. En una multitud confusa (como en un laberinto de espejos o en un bosque cerrado) uno se pierde porque no puede saber cuál de los muchos puntos de referencia candidateados –y parecidos entre sí: confundibles– es el verdadero. En un vacío, no hay candidatos a ser puntos de referencia; no hay ni puede haber referencias.

"Orientaciones", 3. Extravíos


1.

Es la misma diferencia que hay en “Los dos reyes y los dos laberintos”, relato de Borges, entre el elaborado laberinto de Babilonia (obra de «arquitectos y magos») y el (anti)laberinto del rey árabe, el natural desierto (pero de a pie y a tres días de cabalgata, con el rey de Babilonia inútilmente libre para moverse). Qué más económico que lograr tanto con tan poco, con la nada de un mero desierto «donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso».
También es de tipo económico el reproche que hace Lönnrot con sus últimas palabras. Para cerrar un círculo, el vengador Scharlach lo atrajo induciéndolo a dibujar un rombo ahí donde había un triángulo, dibujado ahí donde había 1 punto azaroso y 3 elegidos (a saber: un ajuste de cuentas disfrazado de segundo sacrificio ritual; un simulacro de tercer sacrificio; y este, el de la hora de la venganza, cuando se va a recibir a la presa que llegó a la telaraña). El detective Erik Lönnrot le escucha al criminal Red Scharlach la resolución del misterio que le hubiera correspondido dar a él y se queda pensando.
—En su laberinto sobran tres líneas –dijo por fin–. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective.
Más simple que 1 línea recta es ninguna, como el desierto árabe. Pero si el juego es un drawing-by-numbers, la línea recta es lo más simple y económico. ¿Para qué? «Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy», le dice Scharlach.
Con una economía y una discreción inversas, pero también para atraer y matar a su perseguidor, el Zaid que reconstruye Unwin «construyó a la vista del mar el alto laberinto de muros rojos». Se trata de uno clásico, intrincado, en las antípodas del minimalismo de la línea eleática (en la que cabe una infinidad de posiciones, aunque Lönnrot use sólo cuatro: A D C B –si las usase todas, asistiríamos a un eterno retorno de B a A).

Con una extensión opuesta a la del desierto árabe y un resultado idéntico, tampoco tiene muros que veden el paso el laberinto de la pesadilla kafkiana que hay en otro cuento de Borges, “El inmortal”:
Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.
Hay laberintos borgeanos más grandes que el desierto y menores que el «exiguo y nítido» de esa pesadilla. Vayamos de menor a mayor.

2.

En “El jardín de senderos que se bifurcan”, Ts’ui Pên se retiró trece años hace más de cien «para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres». Otro laberinto es aun más ambicioso: según dicen que Allaby declaró a las autoridades, Abenjacán el Bojarí le dijo que huía de su primo Zaid, a quien había asesinado: «me ocultaré en el centro de un laberinto para que su fantasma se pierda». Un prodigio mayor a que una construcción humana haga que todos los hombres se pierdan es que haga que se pierda un fantasma.
Escribir una novela infinita y edificar un laberinto. En la charla Yu Tsun, bisnieto de Ts’ui Pên, acaba de despachar la primera empresa, que llegó a hacerse pública («Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios»), y empieza a despachar la segunda, que quedó «invisible», cuando su interlocutor, Stephen Albert, lo interrumpe primero y lo corrige después:
En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
—Aquí está el Laberinto –dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
—¡Un laberinto de marfil! –exclamé–. Un laberinto mínimo...
—Un laberinto de símbolos –corrigió–. Un invisible laberinto de tiempo.
La corrección no es menor; y más bien no puede ser mayor. Cuando pasa de físico a simbólico, el labertino pasa de mínimo (cuando es malentendido como una maqueta o modelo a escala) a máximo (cuando es entendido metafóricamente –«un laberinto de símbolos»– y metafísicamente –«un invisible laberinto de tiempo», que es el «esctrictamente infinito»):
Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades.
A la pesadilla de no poder alcanzar lo que parece estar tan al alcance, le sigue el descubrimiento de la Ciudad de los Inmortales, que no será exigua pero sí «nítida». Para llegar a ella, el narrador («yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma») debe atravesar un laberinto subterráneo de estilo babilónico, durante el cual «consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan», también ellos.
La Ciudad es aun peor, pero no por potenciar lo «inextricable», sino por vaciarlo de sentido o finalidad (es decir, por hacerlo inhumano):
Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo. [...] No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.
De la autoría del laberinto («Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos») dependerá si es descifrable o no; lo humano es descifrable y lo indescifrable es inhumano. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, lo «complejamente insensato» de la Ciudad de los Inmortales se aplica al mundo real que otro inventado está reemplazando con éxito:
¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas –traduzco: a leyes inhumanas– que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.
«Un caos de palabras heterogéneas», una pululación monstruosa, una mixtura de incompatibilidades: la Ciudad de los Inmortales es como era la novela de Ts’ui Pên, El jardín de senderos que se bifurcan, antes de que Stephen Albert le diese orden y sentido con su interpretación. Repasemos la previa de esta exégesis, que también es laberíntica.

3.

Yu Tsun reacciona a un consejo de orientación («el consejo de siempre doblar a la izquierda») recordando «que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos». (En “Abejancán el Bojarí, muerto en su laberinto”, «Dunraven dijo que en el interior de la casa había muchas encrucijadas, pero que, doblando siempre a la izquierda, llegarían en poco más de una hora al centro de la red».)
Siguiendo el consejo para no perderse, el chino Yu Tsun llega a la casa del sinólogo Stephen Albert, quien hará que deje de estar perdido en el «laberinto de símbolos» que compuso su bisabuelo Ts’ui Pên. Pero en el camino, antes de enterarse del carácter metafórico del laberinto ancestral, Yu Tsun lo da por perdido y lo imagina reiteradamente:
...su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo los árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.
El laberinto físico, que supo ser «exiguo», volvió a crecer: pasó de tener las dimensiones de un desierto a tener las de «ríos y provincias y reinos», y a implicar a los astros; pasó de encerrar el presente angustioso de una presa a abarcar el pasado y el porvenir del universo (ahí le acertó sin saber: eso hace la novela, según su exégeta). Yu Tsun imagina el laberinto perdido de su bisabuelo Ts’ui Pên, que debía ser infinito, como Marco Flaminio Rufo opina sobre la Ciudad perdida de los Inmortales:
Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz.
O sea: nadie en el mundo podrá no sentirse perdido. El horror al infinito y al vacío (el horror a los dos tipos de laberinto) es el horror al extravío ineludible en algo que carece de sentido (la novela, antes de su exégesis; la Ciudad de los Inmortales, repleta de finalidades frustradas).

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