La paradoja de Psaménito




Introducción

En la parte VII de “El narrador”, Walter Benjamin ejemplifica su idea de «la verdadera narración» (volvedora, no como la efímera información) con un relato de Heródoto y un comentario de Montaigne. Lo central de la historia es una reacción inexplicable de Psaménito, rey de Egipto, de la que veremos cinco explicaciones.
La parte I de este ensayo estará dedicada a la versión que hace Benjamin del relato de Heródoto y del comentario de Montaigne. La parte II, a comparar esa versión con las de los propios Heródoto y Montaigne y a distinguir operaciones de lectura. O también: la parte I incluirá cuatro de las cinco explicaciones de por qué el rey reaccionó como reaccionó; la parte II, la otra.

Parte I


De la hinchada de Newell's para la de Rosario Central (Apertura 2007, fecha 13, 7-10-07, Newell's 2 - Independiente 1)

1.

Lo que Benjamin dice en “En narrador” del relato de Heródoto y del comentario de Montaigne puede leerse en las páginas 117 y 118 de Para una crítica de la violencia y otros ensayosIluminaciones IV (Taurus, Madrid, 1991; traducción de Roberto Blatt):
«El primer narrador de los griegos fue Heródoto. En el capítulo catorce del tercer libro de sus Historias, hay un relato del que mucho puede aprenderse. Trata de Psaménito. Cuando Psaménito, rey de los egipcios, fue derrotado por el rey persa Cambises, este último se propuso humillarlo. Dio orden de colocar a Psaménito en la calle por donde debía pasar la marcha triunfal de los persas. Además dispuso que el prisionero vea a su hija pasar como criada, con el cántaro, camino a la fuente. Mientras que todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psaménito se mantenía aislado, callado e inmóvil, los ojos dirigidos al suelo. Y tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución. Pero cuando luego reconoció entre los prisioneros a uno de sus criados, un hombre viejo y empobrecido, sólo entonces comenzó a golpearse la cabeza con los puños y a mostrar todos los signos de la más profunda pena.»
Fin de la historia. A continuación del punto y aparte, Benjamin pasa a los comentarios:
«Esta historia permite recapitular sobre la condición de la verdadera narración. La información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva. Sólo vive en ese instante, debe entregarse totalmente a él, y en él manifestarse. No así la narración pues no se agota. Mantiene sus fuerzas acumuladas, y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo. Es así que Montaigne volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿Por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado? Y el mismo Montaigne responde: “Porque estando tan saturado de pena, sólo requería el más mínimo agregado para derribar las presas que la contenían.” Eso según Montaigne. Pero asimismo podría decirse: “No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio”. 0 bien: “Mucho de lo que nos conmueve en el escenario no nos conmueve en la vida; para el rey este criado no es más que un actor.” 0 aún: “El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajarnos. La visión de ese criado significó la relajación.” Heródoto no explica nada. Su informe es absolutamente seco. Por ello, esta historia aún está en condiciones de provocar sorpresa y reflexión. Se asemeja a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservaron su capacidad germinativa hasta nuestros días.»

Un poder similar de revisitas y juventud eterna le atribuye el Averroes de Borges a una metáfora de 500 años; cito de “La busca de Averroes”:
«Zuhair, en su mohalaca, dice que en el decurso de ochenta años de dolor y de gloria, ha visto muchas veces al destino atropellar de golpe a los hombres, como un camello ciego...»
Para explicar la larga vigencia de la imagen de Zuhair, que se deja compartir, Averroes la compara con la de otro poeta, condenado con el elogio de ser tan original que no llega a nadie:
«Para alabar a Ibn–Sháraf de Berja, se ha repetido que sólo él pudo imaginar que las estrellas en el alba caen lentamente, como las hojas de los árboles; ello, si fuera cierto, evidenciaría que la imagen es baladí. La imagen que un solo hombre puede formar es la que no toca a ninguno. [...] Equiparar estrellas con hojas no es menos arbitrario que equipararlas con peces o con pájaros. En cambio, nadie no sintió alguna vez que el destino es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano. Para esa convicción, que puede ser pasajera o continua, pero que nadie elude, fue escrito el verso de Zuhair.»
En el Heródoto de Benjamin, la identificación es un enigma; en Borges es la respuesta a un enigma: ¿cómo hace esa metáfora para perdurar, para no gastarse con el tiempo, para sobrevivir a la voracidad de novedades, al acostumbramiento? Respuesta: tocándonos –y en ese toque haciéndonos identificar– de tal modo que nos sea imposible acostumbrarnos, que no nos deje de «provocar sorpresa y reflexión».
Acá hay algo que no nos cierra (somos frágiles y vamos a morir) y entonces volvemos; allá hay algo que no cierra, porque la empatía que se esperaba (el llanto por identificación con un par) no se da, y se da la menos esperada (el llanto con el reconocimiento de un criado viejo y pobre). En vez de un enigma de identidad (¿quién o qué es?), tenemos uno de identificación: ¿por qué llora enfrentado a ese espejo y no a los otros, más afines?

2.

Benjamin baraja cuatro respuestas, que supone (y necesita) equiplausibles:
    1) “Porque estando tan saturado de pena, sólo requería el más mínimo agregado para derribar las presas que la contenían” (Montaigne).
    2) “No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio.”
    3) “Mucho de lo que nos conmueve en el escenario no nos conmueve en la vida; para el rey este criado no es más que un actor.”
    4) “El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajarnos. La visión de ese criado significó la relajación.”
Benjamin aporta una explicación que atribuye a Montaigne y tres de su cosecha para apoyar la idea de que ninguna cierra nada y «esta historia aún está en condiciones de provocar sorpresa y reflexión», «pues no se agota». El puesto "Solución a la paradoja de Psaménito" está vacante y ningún postulante convence más que los otros.
De las cuatro explicaciones, una (la 2) acepta la identificación del rey con el criado y la no identificación con su hija y su hijo, e intenta darles una razón a esas conexiones desacostumbradas; dos (la 1 y la 4), no; la otra (la 3) convierte en artística esa identificación. Las dos que no aceptan ese juego de relaciones inesperadas buscan explicar por qué pasó lo que pasó cuando pasó; las otras dos, justificar por qué pasó lo que pasó (o sea, se despreocupan por explicar la demora pero no la razón de la “irrupción”); ambos dúos, qué fue lo que realmente pasó (a falta de una explicación oficial, porque «Heródoto no explica nada»).

El desborde del que habla la explicación 1 habría ocurrido con cualquiera, no importa si noble, rico y joven o criado, pobre y viejo (como ocurrió). La conjunción de atributos que tuvo la gota que rebalsó el vaso es una manera de significar ese "cualquiera": incluso algo tan leve como un criado empobrecido y viejo (o sea, «el más mínimo agregado») alcanza «para derribar las presas».
La misma conjunción causa o favorece la relajación de la que habla la explicación 4 del quiebre. Una diferencia entre ambas es de presentación: en la 1, el rey se encuentra en un estado («saturado de pena»); en la 4, el acontecimiento del quiebre sigue a un proceso: «el gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajarnos». Otra diferencia es modal: en 1, el criado es el caso eventual que se dio pero podría no haberse dado (era lo más probable); en 4, es el caso necesario para que se produzca la relajación. Otra diferencia es si el criado suma o resta: en 1, es un agregado desbordante; en 4, una disminución brusca de tensión.
Como sea, las dos interpretaciones quieren explicar la demora de lo que se esperaba que se diera y la rareza de lo que se dio. El cuadro es atractivo, pero no hay en el relato ninguna referencia o indicio de acumulación dolorosa, ningún rastro de disimulo; recordemos el pasaje en cuestión:
«Mientras que todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psaménito se mantenía aislado, callado e inmóvil, los ojos dirigidos al suelo. Y tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución.»
Si no hay acumulación de dolor ni saturación de pena, no hay relajación ni desborde que expliquen el momento y la razón del quiebre.

De las otras dos explicaciones imaginadas por Benjamin, la 2 da vuelta la razón identificatoria (no entiendo bien con qué fuerza, suponiendo que no sea con la de la voluntad). Tiene una introducción expositiva («No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey,...») y un remate explicativo, igual de inesperado que la conmoción narrada («...por ser el suyo propio», en lugar de un esperable a pesar de, que habría convertido el remate en una continuación de la exposición del asunto, al que deja justo antes de completarse con algo así como “...sino el de un personaje criado, pobre y viejo, a pesar de no ser el suyo propio”).
La otra posibilidad que podría estar sugiriendo ahí Benjamin es que el rey sea tan misericordioso que sólo pueda conmoverse con destinos distintos e inferiores al “suyo propio”. No hay modo de negarlo ni de asegurarlo; para decirlo con palabras del sacerdote comentarista del Capítulo IX de El proceso: «al menos no se lee nada al respecto»; o con las del propio Benjamin: «Heródoto no explica nada» sobre si Psaménito tenía un temperamento (o había tenido un lapsus) compasivo.
La explicación 3 parece proponer que el rey se conmovió ante un actor estático como no lo habría (o había) hecho ante el desfile de sus muy reales hij@s –ella degradada a criada y él camino a su ejecución: una muerte social y otra completa.
Aun aceptando (o concediendo) que «en la vida» y «en el escenario» hay identificaciones y empatías distintas, no termino de entender por qué esa especie de figurante que es el criado, fortuitamente reconocido entre los prisioneros, sería «para el rey» un personaje más teatral que sus hij@s, protagonistas del «espectáculo» montado por Cambises para humillar a papá Psaménito.

3.

¿Y si en lugar de haber un puesto vacante para el sentido de una reacción hay un mero vacío de sentido? Postulantes 1 a 4: “Esa reacción tiene un sentido y es este: [insertar explicación/interpretación]”. Postulante 0: “Esa reacción no tiene sentido y no hay explicación que pueda dárselo”. Ni la 1 ni la 2 ni la 3 ni la 4 ni las que se puedan agregar: 0. Es un nonsense. Benjamin necesita, para que la narración sea inagotable, que ninguna interpretación la agote (o sea, se imponga a las otras). Si hubiera una así, podríamos decir que hay un sentido y es este. Mientras no la haya, podría no haber sentido y su búsqueda ser vana, como la de una quimera; insisto: mientras no la haya, no se puede descartar que estemos ante un falso problema o un mero dislate, una conexión arbitraria. Tal vez no tiene explicación porque no tiene sentido.
Otra forma de no tener sentido: esa combinación empática rey-criado fue generada, ponele, por una máquina que produce ciegamente combinaciones, con la misma despreocupación por la puntería que puede tener un reloj parado, aunque con menos eficiencia; y con la misma indiferencia por el sentido que puede tener un libro de la combinatoria babélica; y con la misma utilidad que una equiparación de Ibn–Sháraf de Berja, el baladí.

Si tenemos en cuenta las necesidades parasitarias del “mayor orgullo”, una humillación que no genera el espectáculo del acuse de recibo del humillado, el reconocimiento de su dolor, puede ser frustrante. Pero la de Cambises fue planeada con riguroso sentido común. A ningún humillador se le hubiera ocurrido intentar doblegar a Psaménito con alguien que está en sus antípodas sociales y jerárquicas, en lugar del martirio social y físico de hija e hijo.
Pero el rey no responde como quiere el que lo derrotó; eso amenaza con arruinarle a Cambises la humillación pública que le hizo preparar (como a otros una fiesta). La amenaza se desvanece recién cuando él solo, sin que los persas se lo exhiban especialmente, se topa con uno por quien se supone que no tendría que llorar y llora. Lo hace finalmente, pero les inflige a sus humilladores la victoria consuelo (simbólica y anecdótica) de hacerlo cuando no lo esperan, de hacerles fallar con una marcha triunfal y dos hij@s (que, en esta perspectiva, para el rey valen menos que su gesto).
Hablo de efectos, no de intenciones; es probable que así haya salido, no que Psaménito haya logrado eso. Tal vez a él también lo sorprendió el llanto: estaba preparado –se había endurecido o sólo «aislado»– para lo más; lo menos tal vez lo agarró desprevenido, lo hizo sentir súbitamente sobreprotegido y no pudo evitar relajarse y llorar. Tal vez lloró lo pendiente (como sugiere la interpretación 4) o simplemente con puntería desplazada.
Ya que estamos, seamos contrafácticos por un rato. Imaginemos que sí, que de entrada Psaménito sufre las humillaciones que le preparan, como esperan Cambises y todos, persas y egipcios. Cambises deja vivo a Psaménito para que sufra la muerte de sus seres queridos, pero cuando llega el turno de ultimarlo ─imaginemos─ no quiere interrumpir su sufrimiento. Lo deja vivir mientras sufra; ni bien esté mejor lo matará (o sea, cuando ya no sea un favor).

Vuelvo a la versión del Heródoto de Benjamin. El desenlace es más brusco por lo contrastante: ya con nuestra atención puesta en el próximo nivel de la escalada (desfile de vencedores, de hija humillada y de hijo a ejecutar) nos encontramos de pronto cursando el más bajo (criado empobrecido y viejo, en un grupo lateral de prisioneros, que pertenecen más al público que al espectáculo).
Dos desmesuras: algo muy contrastante viene a ocurrir muy lejos de cuando y donde se lo espera, que es lejos de aquí y ahora (esta distancia es inversamente proporcional a esa expectativa). La expectativa frustrada (la frustrativa) alimenta la sorpresa por la empatía o identificación ahí producida, un contacto similar al que entre súbdito y emperador (mensajero mediante) Kafka posterga ad infinitum en “Un mensaje imperial”.

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