La paradoja de Psaménito (Parte II)




1.

   En la parte I, el universo de datos sobre el que anduve constelando fue la parte VII de “El narrador”. Ahí Benjamin dice seguir a Heródoto y a Montaigne al contar y comentar la historia de Psaménito, el rey que no lloró con «la desgracia de sus hijos» y sí con la de un mendigo. Para ver cuánto los sigue, amplío mi universo de datos a lo que Heródoto y Montaigne escribieron sobre el caso.
   No es mi intención buscarle la quinta pata al gato, pero hay una explicación más de la paradoja, además de las cuatro barajadas; es una que Benjamin ignora dos veces. Debería ser la primera, porque es la del propio Psaménito, según la escribe Heródoto, el que «no explica nada». Benjamin la ignora ahí y en el ensayo de Montaigne, que no la ignora (con perdón de la obviedad). Vamos por partes.

   Lejos de no explicar nada y de la sequedad absoluta, Heródoto dice que Cambises, enterado de la reacción de Psaménito, se preguntó lo mismo que Montaigne, Benjamin, vos y yo: ¿por qué? Pero no sólo se lo preguntó a sí mismo, sino que se lo mandó a preguntar a Psaménito, aprovechando que lo tenía ahí de contemporáneo (Montaigne, Benjamin, vos y yo, no). En la continuación que Benjamin omitió, Heródoto lo cuenta así (Historias, Libro III, XIV):
«Admirado de lo que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una pregunta: “Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por la que, al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís”.»
   Y no sólo se lo mandó a preguntar, sino que recibió respuesta:
«A esta pregunta que se le hacía respondió Psaménito en estos términos: “Buen hijo de Cyro, tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con que llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del sepulcro, pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía”.»
   Y no sólo recibió una respuesta, sino que le pareció sabia y la premió con el respeto hacia quien venía de querer hacer sufrir:
«Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oírla, dicen los egipcios que lloró Creso, que había seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo enternecióse por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su presencia.»
   Lo del hijo no pudo ser; cuando los mensajeros del perdón llegaron al cadalso, acababan de decapitarlo (fue el primero de 2.000, por ser el príncipe). Lo suyo quedó en anulación de decapitación en grado de tentativa. Pero a Psaménito lo bajaron de un poste en los «arrabales de la ciudad» y lo llevaron «ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor, corriendo sus alimentos a cuenta del soberano».

2.

   Todo esto (y un poco más) Benjamin lo dejó afuera. No voy a hacer suposiciones (tan irrefutables como indemostrables) sobre por qué o para qué lo dejó afuera, o si sabía o no lo que estaba haciendo. Pero sí voy a intentar razonar qué relación tiene ese descarte con su tesis de la narración.
   No es que para resumir la historia Benjamin filtró detalles y rasgos, algo que también hizo (igual que Montaigne y que cualquiera que quiera contarla). La operación en cuestión fue otra: Benjamin amputó la narración que usó de ejemplo de narración callando a Heródoto y a Montaigne en el mismo punto de sus relatos (o sea, hace callar a Montaigne justo antes de que hable de lo mismo que le hizo callar a Heródoto).
   Hubo dos fuentes separadas, no una –Heródoto– dentro de otra –Montaigne–. Lo sabemos porque Benjamin menciona la «marcha triunfal de los persas», que Montaigne no. (Avisen si me apuré en sacar conclusiones.)
   Lo que hizo Benjamin es equivalente –si no exagero– a que te cuenten que un escorpión le pidió a una rana que lo cruzara y en medio del río la picó.
    —¿Por qué?
    ~Ah, Esopo no explica nada.
    --Bueno, sí. De hecho, la fábula no necesita hacerse la misteriosa para atraer visitantes, que no se privan de cerrar con el remate rebanado (“Porque estaba en mi naturaleza hacerlo” –o similar).
   Como sea, Benjamin cortó la historia en la reacción de Psaménito. Montaigne también, pero la retomó (Ensayos, Libro I, Capítulo II, “La tristeza”):
«Se cuenta que el rey de Egipto Psaménito, vencido y capturado por el rey de Persia Cambises, al ver pasar ante él a su hija prisionera, vestida como una criada, a la que enviaban a por agua, se mantuvo firme sin decir palabra, con los ojos fijos en el suelo, mientras todos sus amigos gemían y sollozaban en torno suyo. Poco después, vio también conducir a su hijo a la muerte y permaneció en la misma actitud. Pero añaden que, cuando reparó en uno de sus amigos, al que conducían entre los prisioneros, empezó a golpearse la cabeza y a dar signos de un dolor extremo.
Cabría asociar este relato a lo que hace poco vimos en uno de nuestros príncipes. Encontrándose en Trento, se enteró de la muerte de su hermano mayor —un hermano en el que radicaba el sostén y el honor de toda la familia— y, poco después, de un hermano pequeño, su segunda esperanza. Soportó las dos acometidas con ejemplar entereza. Pero cuando, unos días más tarde, murió uno de sus hombres, se dejó arrastrar por este último infortunio. Abandonando su firmeza, se entregó al dolor y a los lamentos, de suerte que algunos concluyeron que sólo la última sacudida le había afectado en lo vivo. Pero, a decir verdad, lo que sucedió es que, lleno y colmado de tristeza por lo demás, una mínima sobrecarga rompió los límites de su resistencia.»
   Lo que Benjamin le atribuye decir sobre Psaménito, Montaigne lo dice sobre «uno de nuestros príncipes». Podría objetarse que da igual, porque lo está equiparando a Psaménito, si inmediatamente después Montaigne no añadiera esto:
«Otro tanto podría pensarse, a mi juicio, de nuestra historia, si no añadiera que Cambises preguntó a Psaménito por qué la desgracia de sus hijos no le había conmovido y, en cambio, soportaba con tan poca entereza la de sus amigos. “Sólo este último dolor”, respondió, “puede expresarse con lágrimas; los dos primeros rebasan con mucho cualquier posible forma de expresión”.»
   Ambos añadidos, el de Montaigne y el de «nuestra historia», son rebanados por Benjamin como Procusto rebanaba los pies o la cabeza que sobresalían de su lecho. Si no lo hiciera, no podría decir que «Heródoto no explica nada» y que, ante ese silencio de origen, la explicación que le atribuye a Montaigne es una entre otras, como las tres que agrega.
   Benjamin parece subestimar la narración que ensalza, que bien puede «provocar sorpresa y reflexión» con la respuesta de Psaménito adentro; no necesita ser un informe «absolutamente seco».
   Prueba de eso es la reflexión última de Montaigne, otra vez basada en presentar un caso análogo. Como había hecho con el Psaménito parcial, al que había asociado con el desborde de uno de sus príncipes conocidos, al Psaménito definitivo lo asocia con la representación que un pintor hizo de un dolor así de inefable:
«Acaso se acomodaría a estas palabras el hallazgo de un antiguo pintor. Tenía que representar la aflicción de los asistentes al sacrificio de Ifigenia según el grado en el cual la muerte de la hermosa muchacha inocente afectaba a cada uno. Al llegar al padre de la doncella, agotadas las últimas fuerzas de su arte, lo pintó con el rostro cubierto, como si ningún gesto pudiese representar tal grado de sufrimiento.»
   De un Psaménito a otro, pasamos de la gota que rebalsó el vaso a los dolores que «rebasan con mucho cualquier forma de expresión» y que superan cualquier capacidad de reacción –lo que viene a ser lo mismo. (Hay otras intensidades que te pueden dejar así, como las placenteras y las extáticas.) Pasamos de la secuencia (hay acumulación y desborde) a la casuística (hay distintas alturas de dolor).
   Acá ya no importa el orden, sino el «grado de sufrimiento» en cada caso. Para los males mayores, no hay gesto ni forma de expresión o de representación; para males menores, sí («sólo este último dolor puede expresarse con lágrimas»). Al menos eso dice el Psaménito de Montaigne, que ve una diferencia de grado.
   El de Heródoto ve una diferencia de resortes: dice lo mismo sobre por qué no lloró («tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con que llorarlos; pero...»), pero dice haber llorado por lástima, no por amor:
«...la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del sepulcro, pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía.»
   El antiguo favorito caído en desgracia es lo que el Psaménito de Heródoto teme haber empezado a ser o llegar a ser en breve, desembocar. Lo «para mí» explica mucho de lo «bien lastimoso» que es el «espectáculo» de un devenir menguante, una decadencia pronunciada y terminal: de «rico y feliz» a «pobre pordiosero» y «en el linde del sepulcro».
   La parábola de esa caída en desgracia Benjamin la reduce a su condición y su estado resultantes: el mendigo es «un hombre viejo y empobrecido» (le puso una muerte cercana, no inminente; y nada dice de lo reciente de ese empobrecimiento).
   Si lo que se quiere es contrastar fuerte, ni «valido y compañero» ni «amigo»: un «criado» mendicante, que está todo lo lejos que puede estar de Psaménito y sus hij@s (de hecho, la deshonra con la hija es degradarla a criada).
   El alto contraste resalta la paradoja; en cambio, la solución empática y especular de la respuesta del Psaménito de Heródoto, que Benjamin ignora, la disipa (era humo), la revela ilusoria (“es un fantasma que crea mi ilusión”).
   El protagonista del espectáculo dentro del espectáculo (como el teatro dentro del teatro de Hamlet) no le es ajeno a su espectador forzado (¿esa empatía aporta 1/5 de las lágrimas?) y además su situación refleja la propia (¿4/5?). Psaménito supo verse a sí mismo como en una cosa situación ajena.
   De un modo análogo, el rey Iadava supo ver reproducida la batalla de Dacsina (donde perdió a su hijo, el príncipe Adjamir) en una partida de ajedrez, donde pudo comprender el valor de ese sacrificio. El reconocimiento lo curó, lo sacó de la tristeza, que era lo que se había propuesto Sessa, el inventor del juego, al obsequiárselo.
   Otras anagnórisis te meten en la tristeza. A sólo seis meses de su reinado, una derrota militar enfrenta al rey de Egipto a ese espejo tan probable y llora, cuando no había llorado ante la ventana que le mostró a sus hij@s. Llora lo inenvidiable como se esperaba que llorara (y no lloró) lo indeseable.
   La paradoja se deshace si se cambia de expectativas y no se ata una cosa a la otra. Por razones separadas, al Psaménito de Heródoto no lo quiebra una conexión (con hija e hijo) y sí una lastimosa visión (de un yotro). No hay un entrelazamiento paradójico; hay una sucesión de un dolor inexpresable y una aleación de compasión y autocompasión (no tan dolorosa como para ser inexpresable).
   En la pregunta de Cambises, en cambio, la reacción es mayor o más probable en la medida en que sube por una escala que va de un menor a un mayor involucramiento (como puede ser una conexión familiar). Como transgredisteis dos veces ese sentido común (una por falta de reacción, la otra por exceso),
«“Cambises [...] exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por la que, al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís”.»
   En ese «ahora por fin» hay impaciencia (debió haber sido antes) y decepción (una sorpresa indignada, porque que sea así es injusto, sienten: no se premia el mérito mayor y sí el menor, creen). Las perplejidades son correlativas, como si fueran dos momentos de la historia loca de una reacción: ¿por qué justo le vino a faltar con la hija y el hijo y por qué encima le vino a sobrar con un mendigo?; ¿por qué nada con tanto y tanto con tan poco?
   La otra versión de la pregunta a Psaménito, la que da Montaigne, también ve un evento doble y también es más descriptiva en la falta de reacción y más interpretativa en la sobrerreacción:
«Cambises preguntó a Psaménito por qué la desgracia de sus hijos no le había conmovido y, en cambio, soportaba con tan poca entereza la de sus amigos.»
   El evento se hace aun más singular en la versión de Benjamin. Él no pone la pregunta en boca de Cambises, sino de Montaigne, que «volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿Por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado?». Tarde y mal, de nuevo.
   Para el Cambises de Heródoto y el de Montaigne, y para el Montaigne de Benjamin, hij@s y mendigo compiten por el llanto del rey. El ganador es el menos pensado, como en el duelo entre David y Goliat. Sin eso, no hay sabor a desenlace paradójico.
   Para el Psaménito de Heródoto, a diferencia del de Montaigne, esas dos cuestiones no son correlativas; son independientes. Para él, no hubo un absurdo en cada extremo de la escala de afinidad (como para el Cambises de Heródoto) o una divisoria de expresabilidad (como para el Psaménito de Montaigne). Para él hubo dos reacciones verosímiles, cada una en un eje propio. Una (la no reacción) fue explicada por el dolor que excedía el máximo expresable de aquella escala; la otra (la sobrerreaccón), por la compasión o la lástima ante una desgracia ajena en la que me puedo reflejar o proyectar.
   En el eje de lo que suscita compasión o lástima, no conviene bajarle el precio al mendigo reconocido entre los prisioneros; en el eje de lo que duele por propio o cercano, sí. Por eso en la versión de Heródoto el mendigo es un «antiguo valido y compañero» de Psaménito, mientras que en la versión de Montaigne es «uno de sus amigos» y en la de Benjamin es «uno de sus criados». El Cambises de Heródoto se suma al malentendido: el mendigo «en nada os atañe ni pertenece». No pasa por ahí, le contestará su Psaménito.
   Montaigne opone hija e hijo a amigo; Benjamin, princesa y príncipe a criado; elige tu propia abertura. En ambos casos se está creando (no descubriendo) un carril que une los extremos, por el que se espera que discurra la reacción de Psaménito, y que lo haga en determinado sentido (definido por el sentido común de las emociones, que entre otras cosas te dice por quién deberías llorar más).
    —¿Y no va que se pone a discurrir exactamente al revés?
    ~¡Qué ganas de andar paradojeando!
    --Bueno, no. Depende. Si mirás el asunto desde la respuesta del Psaménito de Heródoto, no hay ninguna paradoja. Ni es paradójico que se vea superada una capacidad de reacción (neutralidad traumática) ni es paradójico que dé lástima una decadencia rápida y letal (conjuro catártico).

   

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