Naturalezas




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Kill Bill: Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004).

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The crying game (Neil Jordan, 1992)

1.

En el esquema binario de la “mitología” que fascina a Bill, Clark Kent es el alter ego de Superman, no al revés. Es lo que lo hace único: a diferencia de los otros superhéroes, que son disfraces, Superman es una identidad al natural, que es la que se tiene al despertar. Y es la identidad original, primera, aquella respecto de la cual se produce un desdoblamiento y una otredad, o sea, la que funciona como punto de referencia.
Pero el esquema de esa identidad, como en el caso del Zorro, es ternario, no binario. Porque si de naturaleza se trata, es el extraterrestre Kal-El quien tiene no uno sino dos alter egos, imbricados: Clark Kent, con el que se disfraza de humano, y Superman, con el que disfraza a ese humano de súper humano. (Puede haber Clark Kent sin Superman; pero no puede haber Superman sin Clark Kent, o como se llame el man que se hace súper.)
Tampoco me convence que la razón que tiene Kal-El para disfrazarse de Clark Kent (en lugar de disfrazarse de alguien menos “débil”, “inseguro” y “cobarde”) sea la de hacer un retrato de o una crítica a “la raza humana”. Prefiero no alejarme del sentido común y seguir creyendo que el fuerte, seguro y valiente Superman –para decirlo con la mitología binaria de Bill– tiene también la astucia o el reflejo de esconderse en la personalidad más alejada de la suya, como para alejarse lo más posible de las sospechas (de las no retorcidas, al menos). Esa elección habla más de él que de su visión de nosotros. O, para volver a la mitología ternaria: Kal-El hace a Clark Kent a imagen y semejanza inversas de Superman; y lo hace así sin ánimo descriptivo o crítico, sino por estrategia, para mejor disimular.

1.1

En los evangelios lo vemos a Jesús predicando con parábolas, seguidas de su bajada o traducción. Una parangonable afición por los parangones tienen Bill y Jody para sostener sus puntos. El recurso alarga la exposición, que recién sobre el final desembucha lo que tiene para decir (interpretando una historia que –se interpreta– lo ilustra). “The point emerges” (El punto emerge, literalmente), anuncia Beatrix cuando Bill la parangona con Superman, luego de una larga y digresiva teorización. “So what's that supposed to mean?” (Entonces, ¿qué se supone que significa eso?), pide Fergus cuando Jody termina la fábula.
El punto de Bill es este: así como Superman nació Superman y se disfraza de Clark Kent para encajar entre nosotros, Beatrix Kiddo nació asesina y pretendió disfrazarse de la señora Arlene Plimpton para encajar en la colmena. El punto de Jody es este: así como el escorpión –al igual que Beatrix– es un asesino por naturaleza, Fergus es amable o bondadoso (“kind”) por naturaleza y va a acceder a sacarle la capucha (y a dejarlo correr sin dispararle, cuando más adelante deba ejecutarlo).
Como se ve, hay un quiasmo entre identidades originales e identidades postizas (o alter egos): el que debe hacer de verdugo tiene una naturaleza bondadosa y la que quiso hacer de buena esposa estadounidense (o “abeja trabajadora”) tiene una naturaleza asesina.

1.2

Graffiti intervenido durante el debate por la ley de matrimonio igualitario en Argentina (foto del 9-8-2010).

¿Qué es la “naturaleza” en estas escenas? Es la fuerza de origen que tiene una identidad, y para ambos oradores es invencible e inalterable: los mismos atributos deterministas que, en la otra punta de un sentido de la vida, tiene un destino. Y es una fuerza que siempre está al servicio de una argumentación, ya sea para persuadir o para disuadir.
Bill quiere convencer a Beatrix, y Jody a Fergus, de lo inútil que es resistirse a la fuerza que tiene una identidad envasada en origen, renegar de esa “esencia” (sea la de una asesina o la de un buen tipo: la naturaleza puede estar más allá de las razones éticas). Son lo que son, que es algo con lo que nacieron, eso que “nada en el mundo podría cambiar”: lo que permanece igual, aquello en lo que uno es idéntico a lo que era, ahora y cada vez. (“Aunque la mona se vista de seda, mona queda”, aporta otro dicho, con otro matiz.)

Se supone que el gran peligro del renegado es no estar en armonía con la naturaleza que le tocó en suerte, porque entonces vive una discordante vida falsa, la de su alter ego fabricado para encajar en la sociedad. Pero también porque la naturaleza es garante de (la confianza en) un orden, sobre el que debe encajar el social. Y es el orden natural lo que afectan el renegado, el transgresor o el cuestionador, al sustituir por un mecanismo negador, infractor o plebiscitario el neutral imperio de la ley natural, establecida de una vez y para siempre.
Es cierto que el orden natural no se plebiscita, en el sentido de que si lo hace deja de ser natural. A esa desnaturalización del argumento repelente que se lanza en el debate apunta la conversión del “se” por el “sí”, que queda discutiendo al lado del “no”.
Radicalizada la crítica, no hay orden natural que no sea un orden naturalizado, que no se genere gracias a una transferencia –por la fuerza– de los atributos inmutables de lo natural hacia un orden convencional, así defendido por quienes tienen interés, deseos y voluntad de conservarlo (y con el aporte de quienes asumen, por aspiración o bovarismo, ese interés, esos deseos y esa voluntad de evitar un cambio que profetizan catastrófico –como lo será el cambio de locomoción para la tortuga de otra fábula en camino).

1.2.1

En otras estrategias, con mayor fuerza de imposición, la cláusula de inalterabilidad se incluye en la misma norma, que adquiere así la rigidez deseada. En el documental ¿Quién dijo miedo? Honduras de un golpe (Katia Lara, 2010), se aclara a qué aluden quienes ahí hablan de artículos pétreos: “expresión popular hondureña para referirse a los artículos de la Constitución Nacional que prohíben su reforma”.*
TITULO VII: DE LA REFORMA Y LA INVIOLABILIDAD DE LA CONSTITUCIÓN

CAPÍTULO I
DE LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN


ARTÍCULO 373.- La reforma de esta Constitución podrá decretarse por el Congreso Nacional, en sesiones ordinarias, con dos tercios de votos de la totalidad de sus miembros. El decreto senalará al efecto el artículo o artículos que hayan de reformarse, debiendo ratificarse por la subsiguiente legislatura ordinaria, por igual número de votos, para que entre en vigencia.
* Artículo interpretado por Decreto 169/1986

ARTÍCULO 374.- No podrán reformarse, en ningún caso, el artículo anterior, el presente artículo, los artículos constitucionales que se refieren a la forma de gobierno, al territorio nacional, al período presidencial, a la prohibición para ser nuevamente Presidente de la República el ciudadano que lo haya desempeñado bajo cualquier título, y el referente a quienes no pueden ser Presidente de la República por el período subsiguiente.
* Artículo interpretado por Decreto 169/1986


CAPÍTULO II
DE LA INVIOLABILIDAD DE LA CONSTITUCIÓN


ARTÍCULO 375.- Esta Constitución no pierde su vigencia ni deja de cumplirse por acto de fuerza o cuando fuere supuestamente derogada o modificada por cualquier otro medio y procedimiento distintos del que ella misma dispone. En estos casos, todo ciudadano, investido o no de autoridad, tiene el deber de colaborar en el mantenimiento o restablecimiento de su efectiva vigencia.
Serán juzgados, según esta misma Constitución y las leyes expedidas en conformidad con ella, los responsables de los hechos señalados en la primera parte del párrafo anterior, lo mismo que los principales funcionarios de los gobiernos que se organicen subsecuentemente, si no han contribuido a restablecer inmediatamente el imperio de esta Constitución y a las autoridades constituidas conforme a ella. El Congreso puede decretar, con el voto de la mayoría absoluta de sus miembros, la incautación de todo o parte de los bienes de esas mismas personas y de quienes se hayan enriquecido al amparo de la suplantación.

La Física –supongo– impide que uno pueda con sus pulmones y sus manos inflar y cerrar desde adentro un globo, por mucho que lo desee y se lo proponga. Lo que sufre una imposibilidad análoga es la pretensión de fundar lógicamente un cierre desde adentro de la Constitución, pero no la de hacer cumplir la expresión de deseo que ese sello endógeno manifiesta.
Más general aún, la fundamentación de una fuerza de voluntad (en una lógica –un Debe ser así–, en una naturaleza –un Es así–, en un derecho consuetudinario –un Siempre fue así–, en una conveniencia –un Es mejor que sea así–, etc.) siempre es un recurso persuasivo más. Nunca la razón que invoca una fuerza para imponerse puede serle inseparable: nunca forma naturalmente parte de ella.
Una ley que regule interacciones humanas no puede dejar de sonar absurda o abusiva cuando pretende emular la irrevocabilidad que se les atribuye a los designios naturales (y que le es estrictamente atribuible a uno solo de ellos: la muerte, o sea, el dejar de ser de cualquier entidad, cualquiera sea su naturaleza –o, para decirlo sin compromisos ontológicos, cualquiera sea la categoría a la que se la adscriba, la membresía que se le dé para darle una identidad).
En relación con las imposibilidades, la inteligencia se mueve en el espacio que hay entre una necedad y una credulidad. Por un lado, la necedad de negar que hay limitaciones, empezando por la más general (la de la muerte, que no depende de plazos) y siguiendo por limitaciones relativas (acciones imposibles de llevar a cabo en el plazo disponible, pero tal vez no en otro). Por otro lado, la credulidad de aceptar limitaciones (siempre del segundo tipo) que interesadamente se pretende hacernos aceptar –a veces desde nosotros mismos– para que actuemos de una manera en lugar de otra.

1.3

Podría esperarse que uno deba pagar caro el desacuerdo con su naturaleza, como le advierte Bill a la renegada Beatrix. Pero es un acuerdo con la suya lo que paga caro el escorpión. No es comparable lo que su naturaleza le hace hacer con lo que le hace hacer a Fergus la propia. La distancia entre los inconvenientes ocasionados es abismal, como que define si uno queda de este lado de la existencia o del otro.
La misma distancia insalvable tienen con el escorpión todos los personajes que se le pretenden equiparar en las demás aplicaciones de la fábula que tengo oídas. A ninguno de estos émulos la obediencia a los dictados de su naturaleza le cuesta la vida (a Fergus, sobre el final de la película, al menos le cuesta la libertad, pero todavía no es lo mismo).
Si, a pesar de esa distancia insalvable, la fábula sigue siendo la más socorrida para justificar una conducta irracional o inconveniente, tal vez sea porque en ninguna otra la naturaleza tenga una fuerza tan ciega, al punto de resultar caricaturesca. O al punto de provocar una ilusión intelectiva, donde lo ilógico de una obediencia suicida queda tapado por el esplendor ejemplar del poder que la exige.
Redundo. En esta fábula, la caricatura de la naturaleza tiene una fuerza superior a la de la lógica de la mayor conveniencia, la que le permite sobrevivir junto con nosotros (la naturaleza es como un virus: fuera de su anfitrión, no tiene vida ni consecuencias). Lo digo de nuevo: la naturaleza, si es necesario, puede ser ilógica, aun si le cuesta a su portador la identidad que la soporta.
Esta naturaleza hiperbolizada, llevada al absurdo, tiene de fuerte lo que no tiene de sabia, o sea, es arbitrariamente autoritaria: tiránica. El escorpión es tratado por su naturaleza como los súbditos de otra historia ilustrativa son tratados por su rey, que para mostrarle su poder a un visitante los hace marchar por una montaña hasta despeñarse dócilmente, uno por uno, miles o millones.
Pero puede que no sea el deseo de una autoridad dictatorial lo que haga que se elija contar el cuento para ilustrar el caso, sino el verla como una exageración publicitaria, una caricatura hecha para captar la atención mientras se transmite el mensaje de cuán fuerte es esa naturaleza (magnitud que es la unidad de medida que al exagerarse se multiplica –basta saber por cuánto para conocerla).

1.4

Recordemos el antiguo dicho: “Lo que Natura no da, Salamanca no presta”. Una identidad es un campo de lucha entre Natura y Salamanca. Salamanca puede vencer en las batallas que Natura no libra, y en ninguna en la que Natura se vería alterada si perdiera.
O al menos ése es el deseo de Natura y sus defensores. En sus sueños, ella marca los límites de una identidad; Salamanca permite descubrirlos con sus derrotas, cuasi kafkianas (el Josef K de El proceso y su alter ego en una miniatura narrativa, el hombre de campo, conocen la identidad de la Ley con sus fracasos).
La naturaleza es siempre inalterable, pero a veces un relato puede mostrarla falsa al principio (o con una percepción engañada) y revelar su verdad al final, como el que pasa de creerse el más feo de los patitos a saberse el más lindo de los cisnes.
Redundo: en este juego de creencias, la naturaleza es inmodificable, pero puede necesitar desarrollarse; si cambia, cambia sólo para manifestarse, para dejar ver lo que es.

2.

Según Bill, Beatrix apela al buen sentido para engañar: intentará aparentar ser una buena esposa estadounidense (“trabajando en una tienda de discos usados, yendo a ver películas con Tommy, recortando cupones”). El otro personaje de naturaleza asesina apela al sentido común: el escorpión, si engaña, lo hace disfrazado de razonador, de lógico. Falta ver si engaña.
Al momento de responderle a la rana agonizante, el escorpión sabe que su naturaleza lo forzó a picarla. Ahora bien: al momento de convencerla, ¿sabe que su naturaleza lo forzará a picarla? Si no sabe, no engaña: argumenta de buena fe y se ve superado en medio del río. Si sabe, engaña: se ve superado ya en la orilla por su naturaleza ponzoñosa, que le hace decirle a la rana que no hará lo que sabe que hará.
Y si engaña, lo hace con un argumento de irrazonable refutación, una especie de falsedad indetectable. En tal caso, el lógico escorpión está disfrazado de lo opuesto a lo que su naturaleza lo hace ser, como el Superman del binario Bill, y por las mismas necesidades de disimulo.

2.1

De lo que X dice sobre un hecho alcanzado (presente) o superado (pasado), se puede decir que es verdadero o que es falso. Si a ese valor de verdad le atribuimos intencionalidad, en el primer caso –diremos– X no mintió; en el segundo, sí. De lo que X dice sobre un hecho futuro podrá decirse que acertó o erró, una vez que se alcance ese futuro.
Ahí donde atribuimos intención presuponemos la persecución de un efecto; típicamente, para el caso de la mentira, una ventaja que diciendo la verdad no obtendríamos.

En general, se engaña ventajeramente; no es el caso del escorpión, que aun condenándose a una muerte segura recurre al engaño para convencer a la rana (si ya para entonces sabe que la picará, insisto). En general, se engaña mintiendo; en un sentido, no es el caso del escorpión, si se tiene en cuenta que no es mentira que sería ilógico que picase a la rana en medio del río. Si miente (en caso de saber o creer que hará lo que dice que no hará, vuelvo a insistir), miente usando la lógica, ya que no la verdad.
Contra el sentido común de no atentar contra el propio interés, y menos aún cuando es el de seguir vivo, atenta el escorpión cuando atenta contra la rana y contra él mismo, como quien perfora el bote del que depende. Miente con rigor, y lejos de sacar ventaja de esa mentira, muere por su culpa también él.

2.2

Si el escorpión sabe que su naturaleza lo forzará a picar, hay en esa orilla otra fuerza que lo supera: la del deseo de cruzar el río, que lo lleva a convencer a la rana para que le sirva de vehículo. A la extraña superioridad de esta segunda fuerza –un cuasi capricho– le debe su suerte el escorpión, que perece satisfaciendo la necesidad de picar (que está en su naturaleza) y dejando insatisfecha la de cruzar el río (que no está en su naturaleza).
Hay entonces en la fábula una voluntad (la de cruzar el río), una razonabilidad (la de no atentar contra esa voluntad durante el viaje) y una inevitabilidad (la de no poder evitar atentar inoportunamente contra esa voluntad).
Moraleja: un escorpión que quiera cruzar un río deberá elegir un transporte invulnerable a su picadura o resignarse a morir en el intento.

3.

Así como el escorpión sabe qué fuerza está en su naturaleza (un qué no puede no, que en su caso es picar), también sabe cuál no (un qué no puede, que en su caso es nadar). A él le toca morir por acatar sus obligaciones naturales. Morir por desafiar prohibiciones naturales es un destino aleccionador que le toca a la renegada de otra fábula, “La tortuga y el águila”:
Una tortuga que se recreaba al sol se quejaba a las aves marinas de su triste destino, y de que nadie le había querido enseñar a volar.
Un águila que paseaba a la deriva por ahí, oyó su lamento y le preguntó con qué le pagaba si ella la alzaba y la llevaba por los aires.
–Te daré –dijo– todas las riquezas del Mar Rojo.
–Entonces te enseñaré a volar –replicó el águila.
Y tomándola por los pies la llevó casi hasta las nubes, y soltándola de pronto, la dejó ir, cayendo la pobre tortuga en una soberbia montaña, haciéndose añicos su coraza. Al verse moribunda, la tortuga exclamó:
–Renegué de mi suerte natural. ¿Qué tengo yo que ver con vientos y nubes, cuando con dificultad apenas me muevo sobre la tierra?

Moraleja: Si fácilmente adquiriéramos todo lo que deseamos, fácilmente llegaríamos a la desgracia.

Un escorpión mafioso amenazaría a la rana con picarla si no lo lleva, y la rana lo llevaría sólo a cambio de conservar la vida. El de la fábula no amenaza: sólo promete no picarla si la lleva (que no es lo mismo que “prometer” no picarla sólo si la lleva). Y más que prometerlo, lo demuestra tan lógico como elegir vivir en lugar de morir.
Con ese interés en juego, la rana no necesita confiar en la palabra del escorpión; le alcanza con confiar en su instinto de conservación (o pulsión de sobrevida). Fuerza de conservación de una identidad, la del escorpión, que es superada por la fuerza de la naturaleza inoculadora que tiene esa identidad; de nuevo: la obediencia a esta fuerza supera a los reflejos de la otra.
Por su parte, la rana no acuerda obtener nada a cambio del cruce, amén de quedar viva; no hay intercambio en ese acuerdo, al menos directo (indirecto puede ser cualquier fortalecimiento cooperativo a futuro, con el implícito de Favor con favor se paga). En lugar de un servicio recompensado, la rana acepta hacer un favor, sin que la decida otra cosa que la “lógica” de un razonamiento.
Por el contrario, el águila salmantina acepta prestarle el poder natural de sus alas a la rastrera y quejosa tortuga a cambio de «todas las riquezas del Mar Rojo». Pero el intercambio queda igualmente trunco: la necesidad aleccionadora del relato es más fuerte que el afán de lucro del águila, que junto con su alumna deja caer la promesa de la paga.

3.1

El escorpión asume sin lamentaciones ni arrepentimientos la naturaleza por cuya obediencia se encuentra en el trance de morir: igual que Bill, que también morirá en su ley, pero más despojadamente estoico, sin su dandismo.
¿Qué otra cosa es elogiar en la agonía al propio verdugo, una “persona increíble” que le ha aplicado el golpe marcial de los cinco puntos, que le hará estallar el corazón al quinto paso que dé? (Entre el inicio y el final de la última caricia, Beatrix le dirigirá las últimas palabras a Bill en respuesta a su última coquetería: “¿Cómo me veo?”, pregunta él; “Te ves listo”, se despide ella.)
¿O qué otra cosa es reaccionar a esa herida mortal con una herida narcisista inesperada, a saber: sintiendo celos (porque Pai Mei le ha enseñado la técnica letal a ella y no a él) de la misma persona por la que se siente algo así como engañado (porque nada de esto le había comentado Beatrix, que es su “persona favorita” pero “de vez en cuando” puede ser “una verdadera conchuda perra” –“a real cunt”)?
La información que despertó los celos pudo –o podría– haberle hecho ver a Bill que, como Goliat, había medido mal a su rival: detrás de Beatrix estaba el toque preciso de Pai Mei como detrás de David estaba la puntería de Jehová. El silencio que ha engañado a Bill pudo –o podría– servir para hacerle recordar o ver cómo hasta el recurso más poderoso se beneficia del factor sorpresa, como el que puede aportar un secreto bien guardado (razón táctica para la mentira pasiva de omitir información).
Los actos de Bill durante su trance de muerte, situación límite si las hay, no exhiben un dandismo menor que el de esa reacción mixta: para verse “listo” para irse, se ha limpiado con la mano la sangre de la boca, se ha levantado de la silla (de la que no se había levantado para pelear) y se ha abrochado el saco; luego camina, y parece que desfilara. Veámoslo en acción:

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Al igual que el escorpión y a diferencia de Bill, la tortuga no muere peleando contra otro, sino en un conflicto con su naturaleza. A diferencia del escorpión, que muere por cumplir con la suya (problemática y febril), la tortuga muere por rebelársele.
Si el trance final de Bill es el de un dandy y el del escorpión el de un estoico, el de la tortuga tiene el patetismo que los otros se ahorraron (incluyendo a la rana, que hace su última pregunta con más indignación que pathos): «al verse moribunda», la tortuga no deja de lamentar el reparto de dones que –según cree– la desfavoreció, pero se arrepiente de haberlo desafiado; exclama:
–Renegué de mi suerte natural. ¿Qué tengo yo que ver con vientos y nubes, cuando con dificultad apenas me muevo sobre la tierra?
Moraleja quelonia: imposible salir airoso/a de un duelo con la propia naturaleza, si se ha tenido el desatino de retarla.

4.

El resultado inexorable de ese duelo entre lo cultural y lo natural, desarrollado al interior de una personalidad o de una identidad, metaforiza la vanidad de cualquier tentativa de cambiar lo que es real por naturaleza, que en esta visión es un modo más firme de ser real.
Sobre la misma convicción machaca Bill en la moraleja de su paralelo entre Superman/Clark Kent y Beatrix Kiddo/Arlene Plimpton, como vimos:
Te estoy diciendo asesina. Una asesina de nacimiento y por naturaleza [A natural born killer]. Siempre lo has sido y siempre lo serás. (...) No eres una abeja trabajadora. Eres una abeja asesina renegada. Y no importa cuánta cerveza bebas, o cuántas barbacoas comas, o qué tan grande se te ponga el culo, nada en el mundo podría cambiar esto.
En esos niveles de abstracción esquemática, lejos del barro de la historia que se quiere explicar, en el alto imperio de las leyes generales que revelan obedientes y necesarios los eventos que abajo se ven o se sienten libres y contingentes, la lucha parece «de igual a igual contra uno mismo». Pero fue necesaria la ayuda de Bill y su tiro de gracia fallido para que la presunta naturaleza asesina de Beatrix retomara la iniciativa (despertándose, junto con ella, en “lo que en las películas llaman 'una furia rugiente de venganza'” –“a roaring rampage of revenge”). ¿Por qué Bill actuó como actuó?
Luego de que Beatrix cuenta los hechos desde su perspectiva y sus razones, como veremos más abajo, Bill hace lo propio:

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Bill no intenta matar a Beatrix porque esté en su naturaleza hacerlo, por muy asesino que se asuma, sino por despecho. Lo movió a la masacre una “sobrerreacción” (“I overreacted”, se justifica), no la acción sobredeterminada de “un bastardo que asesina” (“I'm a murdering bastard”, se define). Es la razón de un homicida, pero no la tautológica (o autoderivada) de un porque eso es lo que soy, sino la razón sintética (derivada de algo distinto de sí) de un porque me rompiste el corazón.
Unas palabras más de sorpresa (para Bill) sobre lo sorpresivo (para Beatrix) de esa reacción exagerada y sigue el tan esperado y breve duelo que vimos más arriba, donde literalmente Beatrix le rompe el corazón a Bill.

4.1

La moraleja de Esopo atribuye la caída en desgracia de la tortuga a su fácil adquisición de lo deseado, como si se la hubiera podido evitar con una adquisición más elaborada: como si le fuera posible con trabajo y esfuerzo adquirir lo que Natura no le dio. Pero la tortuga, que quería aprender a volar, aprende lo que Bill quería enseñarle a Beatrix: lo vano y pernicioso de renegar de la naturaleza que le tocó en suerte.
De acuerdo con esa “mitología” que se hace de ella, Bill termina oficiando de víctima propiciatoria del reencarrilamiento definitivo y liberador de Beatrix. Con la aplicación de su aprendida “técnica del corazón explosivo” (traducción abreviada de “the Five-Point-Palm-Exploding-Heart Technique”), ella estaría cumpliendo a la vez con el mandato de su naturaleza, con el mandato de su razón de venganza y con el mandato del título de la película.

Beatrix estaría de acuerdo con la afirmación de haber cumplido con los dos últimos mandatos mencionados, no con el primero. La idea de que ella lo abandonó nomás de renegada, en un intento inútil y frustrúgeno de cambiar su naturaleza asesina y “encajar en la colmena”, es la idea que Bill se hace de los hechos antes de conocerlos mejor. La imagen que tiene del asunto habla más de sus preferencias mitológicas, que le dan forma, que de la red de conexiones de los hechos que lo afectan y sus sentidos.
Tan fascinado está Bill con el armado –que cree hallazgo– de ese nuevo caso de su mitología favorita, que dedica las dos preguntas de la “ronda de calentamiento” a insistir con el punto de que a Beatrix la gobierna una naturaleza asesina, en lugar de dejar las especulaciones y preguntarle ahí mismo por qué lo abandonó.
La primera pregunta quiere hacer evidente la falsedad endeble del disfraz, vía creencias y expectativas; la segunda, la autenticidad poderosa de la naturaleza, vía disfrutes. El fragmento continúa al del epígrafe:

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Es Bill quien malinterpreta a Beatrix, cuando sugiere que el rol de madre no le hubiera cambiado la naturaleza de asesina (en el caso de que se los entienda como roles compatibles; caso contrario, Bill le estaría sugiriendo que la naturaleza asesina le hubiera malogrado el rol de madre). La maternidad con que Beatrix habría compensado –y justificado– su disfuncional vida falsa en El Paso no vale por lo “maravillosa”, sino por lo liberadora (y no para ella, que más bien se habría sacrificado sometiéndose a esa clase de vida, sino para su hija). Pero eso él lo sabrá recién cuando ella le responda “la pregunta de los 64.000 dólares”, como hace a continuación (salteé el flashback en el que Beatrix lee el test de embarazo inmediatamente antes de recibir la visita de la sicaria Karen Kim, que se retira deseándole felicidades):

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4.2

Repasemos. No obstante reconocerle a Bill que realmente nunca creyó que su vida en El Paso pudiera funcionar y que disfrutó de cada uno de los asesinatos que la llevaron a él, no hubo una naturaleza asesina moviendo a la Mamba Negra ni hubo una reacción de renegada vistiendo a la Novia. Lo que hubo fue una decisión de escamotearle su hija al padre para que naciera “con la libertad de hacer lo que quisiera”, porque con él “hubiera nacido en un mundo en el que no tendría esa oportunidad”.
Si hay dos mitologías de superhéroe, como dice Bill, según cuál de las dos identidades sea la postiza y cuál la verdadera, puede pensarse que en el club también hay dos moralidades, según cómo sean las decisiones del superhéroe.
Todas son “correctas” (las incorrectas quedan para los villanos y los antihéroes), pero las de Superman, “el gran Boy Scout azul”, además son legítimas (en todo caso, lo suyo no es entrar en conflicto con la ley). En cambio, forajidos como el Zorro y madres fugitivas como Beatrix tienen una moral de la excepcionalidad: toman “la decisión correcta” poniéndose por encima o por fuera de las leyes que la hacen ilegal (el monopolio de la justicia por parte del Estado o la patria potestad compartida, por ejemplo).
Beatrix le admite a Bill que la decisión de ocultarle a la que también iba a ser su hija no le pertenecía, pero la legitima invocando la protección de un bien superior al obviado: “la tomé por mi hija”. El bien que se debe y no se puede compartir genera dos legalidades en conflicto. Un héroe, súper o común, es alguien que puede hacernos simpatizar por la no oficial.
El mitófilo Bill, supliendo información deficiente con suposiciones e imaginación (como suele hacerse), había interpretado la fuga de Beatrix como una huida de su naturaleza, un intento de disfrazarse de lo que no era para encajar en lo que fantaseaba ser. Ahora se entera de que Beatrix resolvió cambiar de vida cuando supo que pasaría de ser “una mujer, tu mujer” a ser madre, es decir, a ser responsable de una libertad ajena.
Como el destino de asesina que le impondría el padre de igual profesión o naturaleza era aquello de lo cual quería hacerla libre, Beatrix presenta su decisión como la resolución de una disyuntiva entre (el amor por) su hombre y (el amor por) su hija: “Tuve que elegir. La escogí a ella”.
En definitiva, el parteaguas de la maternidad no se da por un llamado de la naturaleza, sino por una reivindicación de la libertad (de la futura B.B.) de elegir qué hacer y qué ser, o sea, por un antideterminismo militante.

5.

Cuando B.B. finalmente se duerme (viendo Asesino Shogun), Beatrix vuelve a la planta baja con Bill y empiezan su primer diálogo a solas en cuatro años. Bill está interesado en saciar “unas preguntas sin respuesta”, “antes de que esta historia de venganza llegue a su clímax”. Como vimos, las preguntas se responden y la historia de venganza llega a su clímax (y la vengadora a ser la que debía ser –no por cumplir con una naturaleza de asesina, como creyó Bill, sino porque era justo y se lo merecía, según habían opinado distintas víctimas). La película concluye a la mañana siguiente; recordemos la coda del final feliz.
Vemos primero a Beatrix, sola, abrazando un peluche tendida en el piso del baño cerrado y descargando risas y llantos, hasta terminar repitiendo “gracias”. Luego sale del baño y la vemos abrazada a su hija, sentadas en la cama del cuarto de hotel, mirando en el televisor un dibujo animado de 1946, The Talking Magpies, en el que dos urracas también se acaban de mudar (el cartoon que divierte a B.B. es contemporáneo del comic favorito de su padre). Las caras muestran y prometen felicidad, plácida e intensa. Es la mañana del día cero de una nueva vida.

5.1

La mezcla de sensaciones que muestra Beatrix en el momento y a la mañana siguiente de vencer en el último duelo es similar a la que verbaliza, cuando cree encontrarse en un hito similar, su ex compañera del Escuadrón Asesino de Víboras Mortíferas, dirigido por Bill, Elle Driver (alias Serpiente de montaña de California).
A la mañana siguiente de haber dejado a Beatrix encerrada en un ataúd enterrado, Budd, hermano de Bill y miembro del escuadrón, se interesa por saber qué siente ahora Elle, en el después inmediato a ese corte en su vida, que para ella es –ha sido y está siendo– la muerte de su enemiga Bea. La encuestada dará una primera respuesta desproporcionadamente rápida, comparada con lo que tarda en darse a entender la pregunta:

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Con los también exagerados rumores sobre su muerte, Beatrix la ha dejado a Elle sin “un trabajo para hacer” que le alargue la vida tanto como lo necesite y le dé sentido (la llene). La pregunta-acertijo de Budd a Elle puede parafrasearse así: ¿Qué sensación o sentimiento reemplazó al tener un trabajo para hacer en la función de llenarte?, que a su vez es probable que equivalga a: ¿De qué sentimiento “R” más que del otro está hecho tu vacío de guerrera retirada (de esa relación compartida, al menos)?
Elle profundiza su respuesta durante la agonía de Budd, mordido por una literal mamba negra –otra inoculadora letal– que lo sorprendió desde los billetes que pagaban el sable Hattori Hanzo de la metafórica. Budd, que pareció preguntar con tanta curiosidad como ajenidad, seguramente no había sospechado que el desarrollo de la respuesta lo involucraba de un modo directo y rencoroso:

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Elle lamenta la suerte inmerecida que tuvo la mejor guerrera que conoció, rubia como ella. Como si quisiera desagraviarla, elige darle al indigno verdugo una “muerte en carne viva”, como la que él –creen– le dio a Bea. O también, y tal vez mejor: elige hacerle a la digna víctima el regalo póstumo de una venganza literalmente simbólica, ejecutada por la encarnación de su nombre en clave.
El “viejo proverbio klingon” que abre Kill Bill, Vol. 1 (“Revenge is a dish best served cold”) no habla de comer, sino de servir frío el plato de la venganza, como el que Elle le sirve a su homenajeada Bea, que ya no podrá saborearlo (sepultada y muerta como la imagina –si es que la imagina en algún orden). Elle estuvo por hacerle otro regalo a Beatrix cuatro años atrás, cuando su condición no era “tan permanente”:

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Si no hay contradicción entre despreciar y respetar a alguien es sólo porque también se puede despreciar a un par. (Es dos veces inclusiva Elle cuando le explica su regalo lujoso a la comatosa Beatrix: una, por el solidario “nuestro descanso”; otra, por el gremial “nuestra clase”, formada por personas entrenadas para dar –y resignadas a recibir– muertes violentas y aterradas.) Pero si se desprecia a uno a quien se considera inferior, el respeto no es verosímil (su primera falta –y la primera violencia– ya es esa consideración). Un menosprecio así siente Budd por las rubias y su viveza.

5.2

Las rubias son debilidades para Bill (que a los cinco años se chupaba el pulgar cada vez que en El cartero llama dos veces aparecía Lana Turner) y débiles para Budd. Retrocedamos un poco para reponer un diálogo que quedó entre un fragmento y otro de la escena en casa de Budd.
Ni bien da su respuesta rápida, Elle le anticipa a Budd algo de los motivos de ese dulce lamentar de los guerreros, sobre los que profundizará luego. Lo que ahí intenta decirle se aplica a la situación que está por matarlo (El bu·rri·to del te·nien·te lle·va car·ga y no la sien·te) y le queda como moraleja póstuma: no subestimes a las rubias, que pueden ser más listas de lo que crees.
Dicho con más apego al guión, Elle le recomienda a Budd que le dé crédito a la víctima de su emboscada (así la ha capturado), porque nunca ha visto al “búfalo Bill” tratar a alguien como trataba a Beatrix. Budd le responde que su hermano pensaba que era lista y que él intentó convencerlo de que sólo era todo lo lista que podía ser una rubia.
Budd no estará vivo para conocer su error cuando reaparezca Beatrix, porque antes otra rubia lista lo habrá matado con una serpiente emboscada como él. En cuanto a Elle, si para ella la vida de guerrera es la única vivible, Beatrix la dejará muerta en vida cuando la invalide arrancándole el ojo que le quedaba (siguiendo y vengando a su maestro Pai Mei, que le había arrancado el otro poco antes de que Elle lo envenenara, la muy víbora).
En sus clases, Enrique Pezzoni resegmentaba el endecasílabo de Garcilaso «El dulce lamentar de dos pastores» en “El dulce lamen tarde dos pastores”. El dulce que lamen tarde los guerreros de los que habla Budd es una mezcolanza de odio intenso (librarse de sus obligaciones alivia) y alto respeto y/o amor (privarse de sus posibilidades duele). Es el sentimiento ambiguo de haber perdido al que se ha conseguido eliminar, como un parricida que sufre su orfandad.*
Así termina el apartado dedicado al sexto tipo de “Falacias de atingencia” que identifica Irving M. Copi (Introducción a la Lógica, Primera Parte: El lenguaje, III. Falacias no formales; Eudeba, Buenos Aires, 1969; traducción de Néstor Míguez):
El argumentum ad misericordiam es usado a veces de manera ridícula, como el caso del joven que fue juzgado por un crimen particularmente brutal, el asesinato de su padre y de su madre con un hacha. Puesto frente a pruebas abrumadoras, solicitó piedad sobre la base de que era huérfano.

O como una viuda negra –otra inoculadora venenosa– que llora su viudez, para que le quepa mejor a la acá lamentada Beatrix cuando, como ya vimos, experimente una mezcla similar matando a su odiado (rematador fallido), descartado (padre de su hija) y amado (hombre de su vida) Bill, para decirlo a la inversa de como se le fueron acumulando los roles y los sentimientos.

6.

En todas las historias de este ensayo hay alguien que está próximo a morir o que está ya en el mismísimo trance de partir (“You look ready” –“Lucís preparado”, podría también traducirse– son las últimas palabras que Bill escucha de Beatrix antes de partir hacia su quinto paso).
Ya hablamos de la agonía monologada de la tortuga y de la agonía dialogada del escorpión y la rana. También hablamos de las agonías de Bill y de su hermano, pero todavía vamos a hablar un poco más. Antes, y como puente, hablemos de la muerte que encontró en El juego de las lágrimas el soldado británico Jody, que un grupo del IRA capturó para canjear por uno de los suyos. Al escondite llegan noticias de que eso no pasará y resuelven ejecutar a Jody a la mañana siguiente:

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“Eres un buen hombre, Fergus”, le dice Peter, el jefe del grupo, cuando le concede el permiso de custodiar a Jody en su última noche, algo que “me haría sentir mejor con todo esto” (“It would make me feel better about it”). En definitiva, Jody tendrá razón respecto de Fergus y su naturaleza bondadosa, pero no le servirá para seguir vivo: la fuga no impedida que le da la razón termina cuando la película hace que lo atropellen y lo pisen vehículos del comando oficial que viene a acribillar e incendiar el escondite (si no fuera por eso, Jody se habría salvado del fuego amigo, como se salvó Fergus).*
Salvo por esa amistad del asesino, la suerte de Jody recuerda la que tuvo una rana en Las trillizas de Belleville, de Sylvain Chomet. La rana ha sobrevivido a la explosión con que se la pescó y a la cocción que la llevó al plato del perro, de donde salió atontada para ir a refugiarse en el sillón donde será encontrada:

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El deus ex machina de ese accidente amigo deja limpias las manos de Fergus; “La naturaleza no se mancha”, podría haber sido su moraleja del momento. El bueno de Fergus es muy malo en el arte de ultimar, a diferencia de los alevosos Budd y Bill –aunque fallen con la misma presa indefensa– y de las guerreras Elle y Beatrix (ninguna mata a la otra y cada una mata a un hermano valiéndose de una sorpresa traicionera).

6.1

Tan lejos de ser un sádico está el empático Fergus como de ser un masoquista está el apasionado Jody, que lo penúltimo que quiere es sufrir y lo último morir. Tampoco hay sadismo en el escorpión ni masoquismo en la razonable rana que acepta llevarlo. Sádica podría parecer el águila, pero la tortuga ni siquiera la ve culpable de su agonía, que atribuye a su propia necedad de renegada. En nuestra casuística, para encontrar disfrute y dolor en matar hay que llegar a Kill Bill.
En la agonía de Budd, acompañada por Elle con sorna y desprecio, está la mayor escena de odio de la película, y la más sádica. En la agonía de Bill, acompañada por Beatrix con lágrimas y la caricia más tierna, está la mayor escena de amor, y la más masoquista.
Al comienzo de la película, Beatrix se encuentra en el rol de agonizante; Bill la acompaña hasta pegarle el tiro de gracia, después de susurrarle que le gustaría creer que aun en ese trance pueda estar ella lo suficientemente lúcida “como para saber que no hay nada sádico en mis acciones”, que “en este momento, este soy yo en mi máximo masoquismo”. Sobre el final de la película, probablemente Bill haya tenido esa lucidez con Beatrix, que no se la pidió.

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