Solapamientos (Ilusiones intelectivas, Parte II)




1. Solapamientos sensoriales


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          René Magritte (1, 2, 3, 4, 5) en Los Simpsons (temporada 19, episodio 14: “Con n de nerd”).


Quino, Mafalda, Libro 2.


En ilusiones intelectivas anteriores, repasemos, tuvimos una sonrisa con dentadura inmaculada sin renunciar a la degustación (o también: tuvimos todas las ventajas de una degustación y ninguna de sus desventajas). Tuvimos un archivo verosímil de cartas sin por eso privarlo de una caída espectacular. Llenando un carrito sin renunciar a la formación completa de las góndolas, nuestros productos tuvieron asistencia perfecta ahí donde pudieran caber o ser exhibidos. Evitamos discriminar sin renunciar a sus efectos: bajo lo “general” categorizamos al sector que diferenciamos del resto para cobrarle más. Supimos cómo se veía una pantalla Acme sin renunciar a estar viendo la nuestra, que se tomó en serio lo de ser una ventana al mundo (donde había otra ventana al mundo). Por último, pudimos lavar la misma remera en dos lavados simultáneos para no renunciar a una comparación perfecta.
Como se ve, estas ilusiones conceptuales comparten el haber sido un canje complaciente y ventajoso (de ahí tal vez que hubiera tantos ejemplos de publicidades): un combo de dos virtudes mutuamente excluyentes, en lugar del sacrificio de una de ellas en la elección de la otra. Es la ilusión de la ventaja perfecta (lograr tener la chancha, los 20 y la máquina de hacer chorizos), obtenida con la superación, igualmente ilusoria, de una contradicción insuperable, la de una bilocación (o sea, logrando estar en la misa y en la procesión).

A diferencia de las anteriores, las ilusiones sensoriales de los nuevos epígrafes son, siempre dentro de una situación, canjes con efecto neutro y de operatoria vana, como la reversión de un capicúa. Para desconocimiento, frustración o perplejidad de sus artífices, el cuadro de Mel Patiño, el ¡BANG! de Susanita y el sueño de X, respectivamente, solapan (o son solapados por) algo idéntico o confundiblemente similar, como en una simetría palindromática.
La ilusión cabal consiste en no advertir el solapamiento. No lo advierte la no asustada Mafalda, que no escucha algo diferente al disparo del cowboy (tal vez sheriff). En cambio, el solapamiento sustitutivo que hace del paisaje el cuadro de Mel Patiño está a medio camino de no ser advertido; el caballete visible, entre otras notoriedades, puede ser visto como una imperfección en el truco, un sabotaje a la ilusión, pero también como un calculado aviso de que el solapamiento bien podría, con no mucho más esmero en la mimetización, no ser advertido (a eso juegan mejor los originales de Magritte, que por ser cuadros dan más tiempo –el de una contemplación– que la rápida secuencia animada que los homenajea, que para mostrar la ilusión compensa el menor tiempo y el segundo plano con un menor disimulo).

2. Solapamientos globales y solapamientos particulares

        «Antiguamente Chuang Chou (Chuang-tzu) soñó que era una mariposa. Revoloteaba gozosa; era una mariposa y andaba muy contenta de serlo. No sabía que era Chou (Chuang-tzu). De pronto se despierta. Era Chou y se asombraba de serlo. Ya no le era posible averiguar si era Chou que soñaba ser mariposa, o era la mariposa que soñaba ser Chou. Chou y la mariposa son cosas bien diferentes. Así es el mudarse de las cosas.»
          En Chuang-Tzu, Monte Ávila Editores, Caracas, 1991, p. 22; Libro Primero, “Interioridades”, Capítulo 2, “Identidad de los seres”, parágrafo 13.

        «Ahora, Kitty, consideremos quién fue el que soñó todo esto. (...) Mira, Kitty, debemos haber sido yo o el Rey Rojo. ¡Él era parte de mi sueño, por supuesto...! ¡Pero entonces yo era parte de su sueño, también! ¿Fue el Rey Rojo, Kitty?»
          Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, Capítulo XII (en Lewis Carroll, Los libros de Alicia, Best Ediciones y Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1998, p. 224).

Como los eclipses, los otros solapamientos también pueden ser totales (globales) o parciales (particulares), según involucren el carácter de la situación entera o el de alguno de sus fenómenos miembro (un fragmento de paisaje tapado por un retrato exacto en la escena de un descanso, por ejemplo, o un ruido en un living donde se mira TV). Quiero decir que a veces una situación no es el ámbito de un canje con efecto neutro y de operatoria vana, sino ella entera su objeto, la moneda misma de cambio.
Se trata de la indecidibilidad de no poder asignarle a la situación una de dos índoles mutuamente excluyentes. Ya no está en juego un qué se ve o un qué se escucha, como en los solapamientos sensoriales recién comentados, sino un qué se considera que es lo que se ve o se escucha: si es la situación de un soñador o la de un soñado (a los casos tan conspicuos de los epígrafes se puede agregar el relato “Sueño infinito de Pao Yu”, de Tsao Hsue-King); si es la situación de una ficción literaria o la de la realidad lectora que se supone la contiene (ver también el famoso relato “Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar); si es la situación de un escenario o la de plateas y palcos; si es la situación de un arriba (“Yo estoy al derecho...”) o la de un abajo (“...dado vuelta estás vos”, canta Sumo en “El cieguito volador”); si es la situación de una identidad o la de su doble; etc.
La problemática de una consideración hace que estos solapamientos globales (o de situación) sean conceptuales, de los que también hay particulares (o de fenómenos presentes en una situación).

3. Solapamientos conceptuales


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          Los Simpson, temporada 6, episodio 19: “La boda de Lisa”.
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          Los Simpson, temporada 7, episodio 23: “¿Y dónde está el inmigrante?”.

        «Una incertidumbre final, esta vez de orden metafísico. Aceptada la tesis de Zarathustra, no acabo de entender cómo dos procesos idénticos dejan de aglomerarse en uno. ¿Basta la mera sucesión, no verificada por nadie? A falta de un arcángel especial que lleve la cuenta, ¿qué significa el hecho de que atravesamos el ciclo trece mil quinientos catorce, y no el primero de la serie o el número trescientos veintidós con el exponente en dos mil? Nada, para la práctica –lo cual no daña al pensador. Nada, para la inteligencia –lo cual ya es grave.»
          Jorge Luis Borges, Historia de la eternidad, párrafo final de “La doctrina de los ciclos”.

Empecemos por el tercer epígrafe de esta serie, que es el único de los tres que aplica la ilusión a la situación entera, no a un fenómeno que la integre (como un can mitológico o uno común, por ejemplo; o como una piedra espanta-tigres o una común).
Antes de la respuesta en dos partes, la pregunta podía ser retórica, es decir, podía contener su propia respuesta. Y también un poco después, porque comprobamos que la respuesta externa tiene el mismo sentido que la interna, sólo que más discriminado. A falta de una instancia externa donde se lleve la cuenta (es decir, a falta de una memoria), no se puede distinguir (=no significa nada) un número de otro de ciclos cursados, del primero al enésimo, lo cual vuelve vana la idea misma de estar atravesando algún ciclo. Pero pueden distinguirse dos receptores de esa vanidad, la práctica y la inteligencia, cada cual con su propio efecto sobre el pensador, que de la primera nada sale indemne y de la segunda con algún daño grave, de esos que lo precipitan impensadamente a la estupidez. Detengámonos en cada caso.
Ante lo indistintamente canjeable de una afirmación y su negación, como es característico de una proposición tan irrefutable como indemostrable, la práctica no se ve dañada con ese ejercicio, tan inútil –de nuevo– como la reversión de un capicúa. Agrego: no le hace diferencia ni la daña, salvo por el hecho de que, a los fines de comprometer fuerzas, no es lo mismo inscribir nuestra práctica que no inscribirla en tal o cual creencia, como puede ser la de una historia universal eternamente retornante o la de una piedra o una patrulla eficaces (en lugar de superfluas –para la práctica– y timadoras –para la inteligencia–); no se puja igual por una creencia que por otra, y menos aun si esa otra es su neutralización.
La neutralidad que tiene para la práctica esa falta de diferencia significativa y significadora (esa insignificancia de diferencia e indiferencia de significación, si se me perdona el vaivén) está en la base de la gravedad que tiene para el pensador: si da lo mismo hacer una cosa o la otra, las afirmaciones contradictorias en las que se apoyan esas jugadas infringen el principio de la navaja de Ockham de no multiplicar innecesariamente las entidades (como parece ser la imputación contra esa aparatosa cadena de ciclos indiscernibles que es el Eterno Retorno).
La razón de esa restricción, creo, es energética: sólo la producción de una diferencia justifica un gasto, como el de un pensamiento; es inútil y es suntuario el gasto que consigue lo mismo que ya se tiene. De ahí tal vez que en otra versión del principio haya una condena a ese derroche: entre dos teorías de igual potencia explicativa y predictiva, hay que preferir la más simple (no, por ejemplo, la que diga que en lugar de un conejo hay “un caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo” que “se aleja galopando”; o que en lugar de un perro común hay “un mitológico can de dos cabezas que nació con sólo una cabeza”).
Redondeemos. En los casos de afirmaciones tan indemostrables como irrefutables, piadosamente indecidibles, se atribuye un efecto (observable: el de no haber osos o tigres, el de haber un perro y un conejo; conjetural: el de estar en algún ciclo) a una acción, siempre conjetural, lo sea o no su agente (no lo son la patrulla ni la piedra, sí lo son el universo retornante, “lo raro entre lo raro” y “las tinieblas de la Historia”). Para Lisa, la atribución que hace Homero es “autocomplaciente” y las que hace Gorgory son superfluas, como para Borges la que hace Nietzsche.

3.1. Tribuna flashera I: último solapamiento


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          Flashes detrás del arco en el penal que Abreu pica contra Ghana (Sudáfrica 2010, cuartos de final). Fragmento sacado de la emisión del 2 de julio de 2010 de 6-7-8 (Canal 7).

        Flashes en los instantes previos al comienzo del recital de Luis Alberto Spinetta, el 4 de diciembre de 2009, en el estadio de Vélez Sarsfield. También disponible en video.

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Como puede apreciarse, muchos llevan su fe en el flash más allá de los 5 metros de oscuridad. Son una multitud dispersa que actúa como si el mundo fuera otro, o por sus leyes físicas o por sus cámaras de fotos. Desde ya, el desfase no les cuesta la vida, como a los que se creen Superman desde un piso 15. Incluso tiene muchas chances de perdurar; en general, lo viene haciendo hace tiempo y en muchos sitios muy diferentes. Basta que uno vea sus fotos y no advierta, por ejemplo, que la iluminación de todo un estadio está supliendo la ineficacia de ese fogonazo corto, para que la superstición salga airosa.
Para quien no las distingue, una iluminación solapó a la otra como el ¡BANG! del vaquero al de Susanita. El esfuerzo para sostener esa creencia, que acá es nulo o ínfimo, es máximo desde un poco antes de la decepción (después de varias fotos tan oscuras como las que no tienen flash) o de la vergüenza (después de enterarnos de cómo es la cosa). De ahí en más el esfuerzo afloja hasta el mero descrédito, el abandono de una creencia, la habilitación de una nueva ingenuidad por la inocencia perdida. Nada grave: en el peor de los casos, podrá ser bochornoso, pero comparado con otros descensos y sus precipicios, una foto negra y una confianza perdida no son peajes caros para haber salido de una ilusión.

En el nuevo solapamiento se invierte la secuencia de razón y acción desatinadas que presentaron los anteriores: en lugar de un “Porque veo, creo” (viniendo tal vez de un apostólico “Ver para creer”), ahora hay un “Porque creo, veo”. Íbamos de la evidencia a la creencia; ahora vamos de la creencia a la evidencia. Se sabe que una expectativa, ya de por sí mítica, es más alucinatoria cuanto más intensa o necesitada (alturas de las que cae desgarrando, cuando cae).
Esta inversión es la última diferencia que me interesa hacer entre unas y otras ilusiones conceptuales. ¿Qué comparten? Como con los clásicos espejismos de desierto, cada ilusión triunfante supuso una falla de inteligencia, de discernimiento, haya sido o no uno sobornado con la satisfacción imaginaria de un deseo o una necesidad (si es que meramente no fue torpe, ingenuo o distraído). Las consecuencias pueden ir desde una de esas satisfacciones hasta alguna tragedia que amerite un premio Darwin, pasando por la neutralidad de un solapamiento entre clones (el cambio sin efecto, sería el oxímoron). Una dulce mentira, un precio alto y una novedad tragada por la igualdad, por la fata de alguna diferencia en la que consistir.
Para terminar, volvamos a un caso de dulce mentira con el mismo motivo de este solapamiento neutro.

4. Tribuna flashera II: retorno a un canje complaciente

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            Los Simpsons, temporada 9, episodio 25: “Marge, puedo dormir con el peligro”.

Los fogonazos en la foto y en el video de la cancha de Vélez son un registro directo; los del estadio de Springfield, una composición. Los que crearon la escena se enfrentaron, por un lado, a la necesidad de tener un día claro por donde pasear a los Simpson desnudos y, por otro lado, a la necesidad de hacer notar que hay disparos de fotos en las tribunas circundantes. En teoría, una necesidad debía hacerles renunciar a la otra; en la práctica, esa opción no fue necesaria. La satisfacción de lo que se espera volvió a primar sobre el rigor de lo que se razona; razonemos el canje.
Con plena luz de día nadie pone un flash manual ni se activa el automático que probablemente la mayoría use, como tampoco serían audibles los disparos a esa distancia. Pero esa imagen y ese sonido, a cambio de no ser realistas, son más eficaces que cualquier otro combo para significar la acción de sacar una foto. (De sentidos como éste está hecha una escena, tanto una compuesta como una registrada, y no de eventos crudos, de cosas que de tan puras o intactas no llegan a ser o a tener un signo, es decir, una visibilidad, una presencia o una existencia detectables.)
Aquel a quien va dirigida esa significación, el espectador, es ahora el sujeto de la ilusión conceptual, ya no el que saca la foto, el actor (que hace de espectador de un partido y que demasiado “iluso” sería si usara flash para esa distancia y con luz natural –lo que antes era inútil por insuficiente ahora lo es por innecesario). Para ese sujeto, no hay solapamiento empatado sino beneficio: la escena gana inteligibilidad gracias a ese absurdo, como en los casos de “Boquitas pintadas” y afines.

Hay 2 comentarios:

Lucas
3 de septiembre de 2010, 20:44

Muy interesante (el blog en general y las disquisiciones sobre ilusiones intelectivas en particular.) Lo de Lisa y la piedra para ahuyentar tigres es un ejemplo memorable.

Se me ocurren (y ya que estamos, comparto) dos ejemplos de solapamiento que pueden ser interesantes. Uno lo debés conocer pero me gusta mucho. Aparece mencionado por Borges en “La creación y P.H. Goose”

“En el capítulo IX del libro The Analysis of Mind (Londres, 1921) [ B. Russell] supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que "recuerda" un pasado ilusorio.”

El otro es un poco más pop, de la serie The Sandman de Neil Gaiman. Allí uno de los personajes hace a otro un extraño regalo: “Te concedo vida hasta la muerte”. Supongo que va en la línea del “caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo”

Saludos y felicitaciones por el blog


el Zambullista
26 de septiembre de 2010, 19:52

Muchas gracias por el comentario y los aportes, Lucas.
Es curioso lo que me pasó en su momento con esa humanidad de antiguos recuerdos recién implantados. Para decirlo rápidamente, es una idea con la que me crucé tarde. Entre las que la precedieron en esa línea está la de la piedra espanta-tigres. Es un chiste al que siempre vuelvo, acaso porque es el que me supo pegar primero además de bien (y ni bien estuve especialmente receptivo a ese tipo de impactos, lo que ocurrió gracias a unas divagaciones sobre las paradojas que venía haciendo entonces y todavía continúo). Fue como un casting ideal, con un hallazgo alto y rápido del actor que necesitaba para el rol en el que venía pensando, el de afirmación tan indemostrable como irrefutable. (Con otra cita ubicua, Borges sí aportó a la formulación o el versionado del tema antes y mejor que otros –tal vez incluso que Hume–; escribe, por ejemplo, en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: “Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción”.) Algo similar, y probablemente contemporáneo, me pasó con el argumento de las rocas calladas que vi en la tele. Pero con el de Russell, como te decía, me crucé ya tarde, y no tan fuerte como para compensar que en vez de ser novedad era confirmación: coleccionable, pero (ya o todavía) no atesorable. De imagen titular me quedó la de la piedra espanta-tigres.

El segundo ejemplo de solapamiento que das me hizo recordar una frase atribuida a Mick Jagger, que usé de epígrafe en otro ensayo: “No te preocupes por tu corazón; dura toda la vida”. También me hizo releer otro ensayo posteado, donde imagino que mueren aquellos a los que se les profetiza la hora de su muerte.
Unas palabras sobre la línea que, como vos, supongo que comparten ese “extraño regalo” de conceder vida hasta la muerte y el caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo. Por supuesto, el efecto de esa concesión es tan ocioso como el efecto de aquella profecía y el de esta definición del esquilax, pero tal vez en razón de operaciones diferentes. Y ya que hablo de “operaciones”, voy a tratar de hacerme entender con cuentas. Al personaje de “The Sandman”, que tiene 5 (puntos de vida), le suman cero y queda igual; al esquilax, que tiene 5 (puntos de identidad equina), le restan 5 (2,5 de cabeza y 2,5 de cuerpo, o la proporción que prefieras) y queda en cero. Al cabo de estas operaciones, es tan nulo afirmar que al personaje se le agregó algo de vida como afirmar que el caballo conserva algo de caballo, además del rótulo. En el primer caso, el cero que decide esa nulidad está en la cuenta (una suma); en el segundo, en el resultado (de una resta, con sustitución de lo restado, a diferencia de las restas que vacían a una banqueta sin patas a la que le falta el asiento, a una montaña sin laderas, a un río sin riberas).

Estos argumentos son parte de lo que resultó de pensar en la diferencia entre el regalo vano y la definición autovaciada, aun cuando vayan en la misma línea. La otra parte está formando un ensayo nuevo desde entonces (vuelven Alicia y el Sargento García). La idea original era linkearlo desde acá. Como no es posible editar un comentario, antes de publicar esta respuesta necesitaba postear el ensayo, para copiar su URL y pegarla como enlace acá. Pero parece que no es bueno hacer depender algo que tiene plazos cortos (como la respuesta a un comentario) de algo en lo que no tengo plazos (como la elaboración de un ensayo). Así que opté por contestarte aunque no haya terminado de escribir lo otro, y linkear otra vez a futuro.