El billete carmesí



Se me ocurre como un juego seguir este diálogo imposiblemente diferido, sin saber siquiera si el interlocutor sigue ahí, con otro solapamiento conceptual borgeano:

Un esclavo robó un billete carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar…

("La lotería en Babilonia", claro)

Lucas Adur, comentario #3 en “Solapamientos”


1.

   Es cierto que en el caso del ladrón desafortunado también «se trata de la indecidibilidad de no poder asignarle a la situación una de dos índoles mutuamente excluyentes», a saber: la índole de un castigo (hubo un demérito moral) o la de una mala suerte (moralmente neutra: no hubo un demérito). Hasta ahí, sería otro ejemplo de solapamiento conceptual, donde un mismo efecto tiene dos causas posibles.
   Pero creo que existe una diferencia importante. En los otros casos hay una atribución realizada; errónea, pero realizada (el ¡BANG! salió de ese revólver; la iluminación es del flash; eso es un paisaje real; etc.). En “La lotería en Babilonia” hay una disputa de atribución. Los dos fundamentos para quemar una lengua pueden llegar, pero debe llegar uno y se pelean por ver cuál. En los otros casos llegan los dos, pero uno queda tapado: por ejemplo, invisibilizado (como la iluminación del estadio y la tela realista) o inaudible (como el estallido bromista de Susanita).
   ¿Se resuelve esa disputa en Babilonia? Sí, a favor del resultado del sorteo. ¿Cómo? Gracias a «disturbios» y «efusiones lamentables de sangre», no a razonamientos persuasivos.

2.

   Toma 1. Lo que puede ser indiferente para un individuo puede ser una "revolución" para su sociedad.
   En una revolución sin comillas, la sociedad resultante deja de tener esclavos; en la paródica revolución del relato, donde «el pueblo [...] logró que la Compañía aceptara la suma del poder público», a la esclavitud de siempre se agrega la que te puede tocar por sorteo.
   Toma 2. Como sea que se zanje la pulseada de los porqué, al esclavo le quemarán la lengua. Pero según cómo se zanje, en Babilonia o bien seguirá primando el código penal (el mérito: la voluntad) sobre la Lotería (el azar: la impersonalidad) o bien se igualarán o bien esa primacía se dará vuelta (la ley de la tricotomía no descansa).

   En el cuento pasa esto último. Tanto se da vuelta que deviene supremacía y sugiere omnipresencia y exclusividad: el azar parece terminar reemplazando al mérito y a la Física en la producción de hechos, de tan «general» que se vuelve.
   En rigor, una cosa es que algo ocurra por azar y otra es que se decida que ocurra en cumplimiento de un sorteo. No fue de casualidad que el narrador pasó de una vicisitud (procónsul, por ejemplo) a otra (esclavo). Aunque de casualidad haya salido esa suerte en vez de otra, no es la misma casualidad que salva gente cuasi milagrosamente (el adverbio encierra la sospecha mística de una acción divina disfrazada de azar), como la gente que vemos zafar de pedo en cámaras de tránsito o de vigilancia.
   En Babilonia hay un procedimiento (azaroso) que terminará produciendo todos los hechos como en Babel hubo un procedimiento (divino) que empezó produciendo todos los libros (la Lotería es una fábrica; la Biblioteca es un producto). En el absoluto, los opuestos azar y voluntad (como en el paraíso, para «la insondable divinidad», los teólogos rivales Aureliano y Juan de Panonia) se igualan: de tan «secreta» que se vuelve, la Compañía acaba teniendo un «funcionamiento silencioso, comparable al de Dios», que «provoca toda suerte de conjeturas», también comparables a las que se han hecho sobre Dios:
    que ya no existe;
    que existirá eternamente;
    que existe sólo para «cosas minúsculas», pese a ser omnipotente;
    que «no ha existido nunca ni existirá»;
    y que «es indiferente afirmar o negar» su realidad.
   A años de aquella revolución, en Babilonia sólo ocurre lo que la Compañía decide en secreto que ocurra. La diferencia con regímenes totalitarios que parece parodiar es que la Compañía no toma decisiones defendiendo un interés personal (el del títere) o sectorial (el del titiritero), sino haciendo sorteos. Nada más desinteresado.
   Ni más amoral. Con el caso del billete robado, el criterio para impartir órdenes pasó de ser ético (quemar castigando un robo) a ser azaroso (quemar cumpliendo una orden sorteada). El caso tuvo tantos sucesores que inauguró la universalización de la Lotería.

3.

   La orden de quemar esa lengua no conoció la incertidumbre de si era verdadera o falsa. La conocen ahora sus sucesoras, «las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente)» la Compañía, que «no difieren de las que prodigan los impostores».
   Pero si no difieren, más que incertidumbre hay indiferencia: da igual si una orden es genuina o es un fake. Si existe, la verdad no importa. Babilonia ya había perdido el mérito ético; ahora pierde también el veritativo.
En todo caso, ¿qué quiere decir que «no difieren»? ¿Que son idénticas, copias fieles que multiplican a gusto el número de órdenes? ¿Que son órdenes distintas que no difieren en el estilo, por lo que no es posible distinguir fake de genuina? ¿Un mix de todo? Si son las mismas órdenes, las falsificaciones multiplican el circulante. Si son otras, complementan el poder de la Compañía. En ningún caso lo socavan.
   La cita continúa con la vuelta de rosca de interrogarse retóricamente por la autenticidad de los impostores: «Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor?». Ni siquiera la voluntad que tuviste al falsificar te garantiza no haber cumplido «una secreta decisión de la Compañía». Podés ser como Ryan, que creyó haber resuelto «silenciar su descubrimiento» de que Nolan había guionado la muerte del traidor y héroe Kilpatrick, cuando en realidad «tal vez eso, también, estaba previsto».
   La misma sospecha recae, en la continuación de la cita de “La lotería en Babilonia”, sobre «el ebrio que improvisa un mandato absurdo» y «el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado». Lo grotesco y lo horroroso son inimputables: los “decidió” el azar, ya que no Nolan. Pasamos de un guionista (o autor) a ninguno, a un mecanismo ciego, como el que genera la Biblioteca de Babel (que no es azaroso, pero «el divino desorden» es remedado «con unos discos de metal en un cubilete prohibido»; también la acción de ese dios se parece a la del azar, que es la ausencia de obra).
   El determinismo más discrecional es la voluntad de Dios; el menos, la Física del demonio de Laplace. Fuera de “La lotería en Babilonia”, el azar se opone al determinismo; dentro, se iguala.

4.

   Para el esclavo, el conflicto por cuál de los dos debe aplicarse, si el sorteo o el código, es decisivo cuando tienen consecuencias distintas e indiferente cuando tienen la misma, como acá con el «hierro candente». Empecemos por la opción 1, la que no se da en el cuento.
   Las consecuencias pueden ser distintas porque cambia la del código, porque cambia la del sorteo o porque cambian ambas. Ponele que la del código se mantiene; la del sorteo puede ser sólo distinta (te declaran invisible durante 1 año) o también contradictoria (está prohibido que te quemen la lengua). En el primer caso, las consecuencias son acumulables (podrían quemarte la lengua y declararte invisible, a la vez o sucesivamente); en el segundo caso, no: o cumplen con quemarte la lengua o cumplen con evitarlo. Las dos cosas a la vez no tiene sentido (por paradójico: algo –quemar esa lengua– debe y no puede suceder; es obligatorio y está prohibido) y una después de la otra no tiene lógica (andá a evitar un hecho consumado o a consumar un hecho evitado).
   Opción 2, la del cuento. Cuando las consecuencias de código y sorteo son idénticas, atenazan o redundan: hay que quemarle la lengua al esclavo, sí o sí. El dilema desaparece de la acción y aparece en sus fundamentos; ya no se trata de qué hay que hacerle, sino de por qué hay que hacerle lo que hay que hacerle, si por ladrón o por desafortunado. Es un dilema de fundamentación, de atribución de una causa u origen.
   ¿No podrían sumarse los dos fundamentos? No, porque cada uno excluye al otro. Si al esclavo le queman la lengua por el resultado del «billete carmesí» que robó, se le está reconociendo su propiedad (y legitimando el robo como modo de cambio de manos). Si se la queman como castigo del robo, el billete y su suerte no le pertenecen. Si vale el sorteo no vale el código y si vale el código no vale el sorteo.

5.

   Veamos otros dilemas de fundamentación para conocer mejor la barriada.
   Un estado de una secuencia reversible (o circular) de estados puede tener dos procedencias u orígenes: el baño (o el taxi) está libre porque alguien lo desocupó (estado por acción) o porque nadie lo ocupó (estado por omisión). Lo mismo vale para el otro estado posible en ese eje: el baño (o taxi) está ocupado porque fue ocupado por alguien (estado por acción) o porque no se desocupó (estado por omisión). No pueden ser las dos cosas a la vez y puede ser cualquiera de las dos (a falta de mayor información), al igual que el fundamento de la ejecución de la quema, que cierra a favor del azar (a diferencia del origen de un estado así, que queda abierto).
   Ese cierre hace que, en vez de un solapamiento de una razón por otra, haya una sustitución de una (la del código) por otra (la del sorteo), como «ante Arón Loewenthal» el móvil de Emma Zunz de «vengar a su padre» es relevado por (porque urge menos que) el de «castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías». Los móviles no se solapan, no se superponen; uno desplaza al otro, que apenas se conserva como acusación trunca en la última teatralería:
«Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.»
   El móvil que toma la posta y aporta la fuerza homicida es el que permite mimetizar con la verdad la historia, que «era increíble» pero «se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido».
   El tono que denota el pudor y el odio surgidos del ultraje padecido para concretar el plan conviene a una Emma violada por Loewenthal. Este solapamiento de emociones no es el primero; esa conveniencia es precedida por otra, que también solapa un tono secreto con otro esperable: cuando Emma, horas antes del «sacrificio», llamó por teléfono a Loewenthal para arreglar el encuentro donde delataría compañeras, «le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora».
   Dos veces Emma pasa por lo que no es (una delatora y una obrera violada por su patrón) sin actuar sus emociones, o sea, siendo lo que es (la autora e intérprete de un plan justiciero y la víctima sacrificial de su primera etapa). Es como si la voz de la falsa delatora tapara la voz verdadera, la de la conspiradora solitaria, como el ¡BANG! del vaquero tapa el ¡BANG! de Susanita (ambos verdaderos).
   En cambio, vengar al padre y castigar la deshonra propia (ambos éticos) compiten por ser la razón de los disparos, como el código (ético) y el sorteo (no ético) compiten por ser la razón de una quema de lengua. Y en realidad no compiten más que lo que dura la sustitución de uno por otro.

No hay comentarios