El mestizo Atlas




1.

   Este ensayo es un desprendimiento y una continuación del anterior. O sea, no fue un desprendimiento lateral, sino de cola: era las secciones finales 3.1, 3.2 y 3.3 de “Aleaciones Spock (Razón y fuerza), que a su vez es el cuarto ensayo que nace de un desprendimiento de “Entusiasmos XV (El planeta de los deseos).
   El tema general sigue siendo el que explicité en la sección 1.1 de aquel ensayo: la «lucha / mezcla / tirones divergentes» entre «lo racional, lo lógico, lo planeado, lo cultural, lo nuevo, lo humano (la civilización) y lo irracional, emocional, impulsivo, instintivo, primitivo, animal (la subhumana barbarie)». En ese contexto introduje el caso del mestizo Spock, que tiene padre vulcano y madre humana y que a los 7 años debe decidir cuál de las dos 'filosofías' adopta para siempre, o sea, “escoger la dirección de mi vida”.

2.

   Otro que tuvo progenitores inhomogéneos fue Atlas (o Atlante), el mayor del primer dúo de gemelos varones de los cinco dúos que engendraron el dios Poseidón y la humana Clito (¿nunca padre humano y madre diosa?). Si ya es mucho que tu papá tenga un nivel civilizatorio superior, como Sarek de Vulcano, imaginate lo que es que sea un dios.
   ¿O en el siglo XX d.C., en EE.UU. y sus zonas de influencia, esa brecha de ciencia ficción humano-humanoide superior equivalía a la brecha mítica humano-dios antropomórfico que habría en el siglo IV a.C. en Atenas?
   Y más allá de este caso, ¿no podría trazarse una historia del concepto de lo humano con una serie de esas brechas con otros seres a lo largo del tiempo y de las culturas? Lo más probable es que ya se haya hecho y no me haya enterado, como me pasó con el descubrimiento del agua tibia y la invención de la pólvora.
   Clito era hija única de los humanos Evenor y Leucipa, quienes, como Adán, «en el origen de las cosas nacieron de la tierra», según dice Critias en el diálogo de Platón que lleva su nombre (acompañado de uno alternativo: Critias o La Atlántida).
   O así dice Patricio de Azcárate que dice Critias, en su traducción de una traducción latina para la primera edición en español de las obras completas de Platón, de 1871. Y encima lo que dice Critias depende de lo que escribe un Platón reconstruido, cuya obra entera “es una especie de quimera artificial contemporánea hecha de partes, de trozos, de retazos de decenas de manuscritos diferentes”, como dice Ana Minecan.
   En 113 c, Francisco Lisi –traductor directo del griego para la edición de Gredos, de 1992– no difiere en el nacimiento terrenal, pero sí en sus circunstancias (dónde en vez de cuándo) y adjudicatarios (seguro Evenor, Leucipe puede que sí o que no).
   Redundo, aunque no sea una diferencia importante: ese hecho, que tal vez atañe sólo a Evenor, no remite a una época («en el origen de las cosas»), sino a un lugar:
«En dicha montaña habitaba uno de los hombres que en esa región habían nacido de la tierra, Evenor de nombre, que convivía con su mujer Leucipe.»
   Convivencia va, convivencia viene, Evenor y Leucipe/a tuvieron una única hija, Clito. Para darnos una idea de qué tan cerca está Atlas del «origen de las cosas» (o al menos de la humanidad), alcanza con decir que en vez de bisabuelos tiene tierra.
   Los mestizos Atlas y sus 9 hermanos serán los primeros 10 reyes de las 10 partes desiguales en que papá Poseidón dividió la Atlántida, que es el territorio que le tocó en suerte en la división desigual pero justo reparto del mundo que hicieron los dioses. Empecemos por esta última, que es la división mayor (Critias, 109 b, traducción de Azcárate a la izquierda y de Lisi a la derecha):
«Los dioses dividieron entre sí en otro tiempo la tierra toda, comarca por comarca, y esto sin que se suscitara alguna querella, porque no puede admitirse racionalmente ni que los dioses ignoraran lo que a cada uno de ellos convenía, ni que, sabiéndolo, se robaran los unos a los otros el lote que les pertenecía.»
«En una ocasión, los dioses distribuyeron entre sí las regiones de toda la tierra por medio de la suerte –sin disputa; pues no sería correcto afirmar que ignoraban lo que convenía a cada uno ni, tampoco, que, a pesar de saberlo, intentaban apropiarse unos y otros de lo más conveniente a los restantes por medio de rencillas.»
   Una circunstancia de un acto de fe (la inchequeable repartija divina del mundo) no es un acto de fe, sino una deducción lógica: no pudo haber querella o disputa alguna porque habría sido irracional que eso ocurriera, dados los rasgos definitorios de los dioses (las premisas del razonamiento). Si el lote que le corresponde a un dios es el que más le conviene, no va a ser tan ilógico de preferir otro y robarlo.
   Un paso más y convertimos la no querella en deseo, la aceptación en atracción: les tocó «lo que querían», «lo que le agradaba» a cada uno. Y lo querían con agrado porque siempre saben qué les conviene y nunca se roban entre pares, que son los dos rasgos que hacen de premisas (sin sabiduría y códigos no hay divinidad).
   En la continuación de la cita, según Patricio de Azcárate (siempre a la izquierda) los dioses se pusieron a jugar a Los Sims en sus flamantes dominios; según Francisco Lisi, domesticaron a los humanos y los criaron como sus rebaños y animales:
«Habiendo obtenido como resultado de la justicia y de la suerte lo que querían, se establecieron en cada país; y después de haberse fijado en ellos, a la manera de lo que los pastores hacen con sus ganados, se consagraron a procurar el alimento y la educación a los hombres, que eran a la vez sus hijos y su propiedad.»

«Una vez que cada uno obtuvo lo que le agradaba a través de las suertes de la justicia, poblaron las regiones y, después de poblarlas, nos criaban co­mo sus rebaños y animales, co­mo los pastores hacen con el ganado, ...»

“El Especial de Noche de Brujas de Los Simpson” (T2E3, 1990). Disponible en video.

   En la versión de Francisco Lisi habla un humano y es una víctima de la ganadería divina: «nos criaban como sus rebaños»; de educación, ni mu. En la versión de Patricio de Azcárate, el punto de vista está tan equidistante que podría ser el de un humano (como lo es, hablando Critias) o el de un dios o el de un tercer modo de ser. Y los humanos no son el ganado de los dioses, sino «a la vez sus hijos y su propiedad».
   Que esta dualidad, inexistente en la traducción de Francisco Lisi, no nos distraiga de estar asistiendo al nacimiento de la educación, según Patricio de Azcárate. Con perdón del Padre del Aula y para tranquilidad de Goya, no fue con sangre que entró la letra, sino con persuasión; por eso los dioses mutaron de pastores a timoneles:
«Sin embargo, no emplearon la violencia como los pastores que castigan suavemente a su ganado para conducirle. Sabían que el hombre es un animal dócil, e imitando al piloto que conduce la nave, y sirviéndose de la persuasión co­mo de un timón para mover el alma a su gusto, dirigieron y gobernaron así la raza toda de los mortales.»
« ...sólo que no violentaban cuerpos con cuerpos, como los pastores apacientan las manadas a golpes, sino como es más fácil de manejar un animal: dirigían desde la proa. Ac­tuaban sobre el alma por medio de la convicción como si fuera un timón, según su pro­pia intención, y así conducían y gobernaban todo ser mor­tal.»
   Parece un mito de origen de la propaganda, la publicidad, el marketing comercial y el político, la prédica de las sectas y de los credos en general... Tienen los mismos medios («actuaban sobre el alma por medio de la convicción como si fuera un timón»; «...sirviéndose de la persuasión como de un timón...») y los mismos fines: «...para mover el alma a su gusto», conducir/dirigir y gobernar (en este caso, los dioses a todos los humanos; en los otros casos, unos humanos a otros humanos: a ciudadanos, consumidores, votantes y opinión pública, cooptados y creyentes, respectivamente).
   El medio usado por los dioses para arriarlos aprovecha la inteligencia que les permite a los humanos entender idiomas más sofisticados que el del palo y la zanahoria (altas riendas). Como son animales racionales, los dioses los «conducían y gobernaban» recurriendo a la razón, no a la fuerza: a la persuasión, no al castigo. Salvo que lo considerasen necesario, como le pasó a Zeus con la Atlántida. Antes de que me acompañen a ver esta triste historia, bánquenme dos observaciones. La segunda es sobre la conexidad entre esa conducción externa y otra interna, y la primera sobre uno de sus detalles.
       1) El detalle es perspectivista: para los dioses, somos animales. «Sabían que el hombre es un animal dócil» (Patricio de Azcárate); «no violentaban [...] como los pastores apacientan las manadas a golpes, sino como es más fácil de manejar un animal: dirigían desde la proa» (Francisco Lisi). Lo de dirigir «desde la proa» es una metáfora indolora; los golpes de los pastores para dirigir sus manadas, una metáfora violenta. En cambio, lo de «animal dócil» o «fácil de manejar» (por no decir 'dirigir') no es metafórico: es taxonómico. Para los dioses somos lo mismo que para Aristóteles: animales racionales (lo que habilita lo convencibles y lo persuadibles que somos, por no decir 'dirigibles').
       2) La conducción de dioses sobre humanos, que es lo virtuoso (frente externo), repite el ideal racionalista de la conducción de lo racional sobre lo irracional, de la razón sobre la fuerza, del razocinio sobre el instinto, de lo humano sobre lo animal, etc. (frente interno). Además de tener los contrincantes varios avatares, es un combate que se da en distintos frentes.

3.

   Habíamos dejado la Atlántida dividida en 10 partes, gobernadas por sendos reyes (5 duplas de gemelos, todos mestizos divino/humana). Así como Zeus es el dios de los dioses, el primogénito Atlas es el rey de los reyes y se queda con la mejor parte de lo que Poseidón parte y reparte. Ese statu quo pasa de generación en generación, como leemos en 114 c:
«La posteridad de Atlas continuó siendo siempre muy respetada; el mayor en edad era el rey y trasmitía su autoridad al mayor de sus hijos, de suerte que conservaron el reinado en su familia durante largos años.»
«La estirpe de Atlas llega a ser numerosa y distinguida. El rey más anciano transmitía siempre al mayor de sus descendientes la monarquía, y la conservaron a lo largo de muchas generaciones.»

   Es la primera Alianza Atlántica: pacto de no agresión de los 10 reyes fraternos y de asistencia recíproca para defensa interna y para conquistas expansionistas (120 c):
«Además había numerosas le­yes particulares relativas a las atribuciones de cada uno de los reyes. Las principales eran: no hacerse la guerra los unos a los otros; prestarse recíproco apoyo en el caso de que alguno de ellos intentase arrojar a una de las razas reales de sus Estados; deliberar en común, a ejemplo de sus antepasados, sobre la guerra y los demás negocios importantes, dejando el mando supremo a la raza de Atlas. El rey no podía condenar a muerte a ninguno de sus parientes, sin el consentimiento de la mayoría absoluta de los re­yes.»
«Había muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes; lo más importante: no atacarse nunca unos a otros y ayudarse todos en caso de que alguien intentara destruir la estirpe real en alguna de sus ciudades, y tomar en común, como an­tes, las determinaciones con­cer­nientes a la guerra y a otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante. Ningún rey podía matar a ninguno de sus parientes, si no contaba con la aprobación de más de la mitad de los diez.»

   La organización política interna de la Atlántida es la de «una confederación de reyes» absolutistas regida por las disposiciones/reglas de Poseidón. Las escribieron sus 10 hijos en una columna de oricalco que está en el templo del dios, que está en el centro de la isla (119 c):
«En cuanto al gobierno y a la autoridad, he aquí el orden que se estableció desde el principio. Cada uno de los diez re­yes tenía en la provincia que le había correspondido y en la ciudad en que residía, todo el poder sobre los hombres y sobre la mayor parte de las leyes, imponiendo penas y la muerte a su capricho. En cuanto al gobierno general y a las relaciones de los reyes entre sí, las órdenes de Poseidón eran su regla. Estas órdenes les habían sido trasmitidas en la ley soberana; los primeros de ellos las habían grabado en una columna de oricalco, levantada en medio de la isla en el templo de Poseidón. Los diez reyes se reunían sucesivamente el quinto año y el sexto, alternando los números par e impar.»
«Lo relativo a los puestos de gobierno y los honores estuvo ordenado desde el principio de la siguiente manera. Cada uno de los diez reyes imperaba sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Poseidón tal co­mo se las transmitían la cons­ti­tución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se encontraba en el centro de la isla en el templo de Poseidón, donde se reunían bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, pa­ra honrar igualmente lo par y lo impar.»

   Como la actual, aquella alianza atlántica se dedicó a expandirse («gobernaba sobre ... muchas otras islas, así como partes de la tierra firme», como «los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia») y en el Este la frenó una derrota (ante guerreros atenienses olvidados hace 9.000 años).
   No sabemos cuánto después, pero atado a lo anterior como dos eslabones de una cadena, la alianza fue borrada por el mismo cataclismo que borró a quienes la habían derrotado. Lo anticipó ayer Critias en el Timeo, 25 c, donde cita a su abuelo, que cita a Solón, que cita a un sacerdote egipcio:
«... grandes temblores de tierra dieron lugar a inundaciones; y en un solo día, en una sola fatal noche, la tierra se tragó a todos vuestros guerreros, la isla Atlántida desapareció en­tre las aguas...»
«... tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar.»

4.

    ~¿La mayor potencia militar, social, económica, política y cultural de la época, vencida por guerreros atenienses, tuvo la mera mala suerte de sufrir un cataclismo aleatorio?
    –De ninguna manera: la derrota y la catástrofe sufridas fueron enviadas por Zeus para castigar a los atlantes y volvieron pírrica la victoria griega.
    ~¿Y por qué fueron castigados?
    –Porque se habían desviado del camino, la verdad y la vida, para decirlo cristianamente.
    ~¿Y cómo era esa virtud de la que se habían desviado?
    –Muy celosa: «excepto la virtud, despreciaban todo lo demás» (Francisco Lisi) o lo miraban «con desdén» (Patricio de Azcárate), en especial las riquezas y los placeres licenciosos.
    ~Ajá. ¿Pero en qué consistía?
    –Definida por la positiva, incluía la verdad de la milanesa (la posta sobre lo que es una vida feliz), que incluía el ejercicio de la generosidad/grandeza y de la moderación/suavidad junto con la sabiduría/prudencia (tanto ante imprevistos –eventualidades/avatares– como en interacciones corrientes).
    ~¿Estará más claro por la negativa?
    –Por la negativa, la virtud consistía en evitar ser lo opuesto a lo que te enumeré recién. Más agonalmente, consistía en no ser dominado por aquello que un buen atlante debería dominar para no perder el dominio de sí y la verdadera felicidad.
    ~¿Cómo los podría perder?
    –Por acción de las riquezas insaciables (adiós, generosidad/grandeza), de las pasiones despóticas (adiós, moderación/suavidad) y/o de los placeres embriagadores (a­diós, sabiduría/prudencia).
    ~¿Qué tenían contra la mucha plata, las pasiones fuertes y los placeres intensos?
    –Nada, si no los dominaban, si no los hacían juguetes suyos, si no los esclavizaban, si no los llevaban a abdicar al gobierno de sí. Mucho o poco, lo necesario, si sí.
    ~Claro, ¿para qué vas a estar en contra de más? ¿Y lo necesario incluye la abstinencia o la privación?
    –Son cosas que si se tienen subordinadas virtuosamente, suman; si no, restan. Traduce Francisco Lisi: «sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común».
    ~¿Y todo esto a qué viene? ¿Por qué sería relevante acá?
    –Porque esa virtud celosa subordina a su conducción a las demás cosas como la razón debe hacerlo con la fantasía, según Ayala comentando un aguafuerte de Goya, o como debe hacerlo con la fuerza (en el interior de un centauro y en los relatos de la centauromaquia, así como en el interior de Spock y en la historia de los vulcanos).
    ~Si vas a hacer asociaciones, quiero ver las citas completas de este tema.
    –Vos lo pedís, vos lo tenés. El pasaje está en Critias, 120 e y 121 a:
«Sus pensamientos eran conformes a la verdad y de todo punto generosos; se mostraban llenos de moderación y de sabiduría en todas las eventualidades, como igualmente en sus mutuas relaciones. Por esta ra­zón, mirando con desdén todo lo que no es la virtud, hacían poco aprecio de los bienes presentes, y consideraban naturalmente como una carga el oro, las riquezas y las ventajas de la fortuna. Lejos de dejarse embriagar por los placeres, de abdicar el gobierno de sí mismos en manos de la fortuna, y de hacerse juguete de las pasiones y del error, sabían perfectamente que todos los demás bienes acrecen cuando están de a­cuer­do con la virtud; y que, por el contrario, cuando se los busca con demasiado celo y ardor perecen, y la virtud con ellos.»
«Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que, excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, co­mo una molestia, el peso del oro y de las otras posesiones. No se equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, éstos decaen y se destruye la virtud con ellos.»
    ~¿Y por qué se desviaron del buen vivir?
    –Esas virtudes sabias y felices se fueron perdiendo con el aumento en la mezcla atlante de la parte mortal sobre la divina, generación tras generación. Antes (120 e) y después (121 a) de la descripción del buen vivir, se menciona la razón de su pérdida:
«Durante muchas generaciones, mientras se conservó en ellas algo de la naturaleza del dios a que debían su origen, los habitantes de la Atlántida obedecieron las leyes que habían recibido y respetaron el principio divino, que era co­mún a todos.»

«Mientras los habitantes de la Atlántida razonaban de esta manera, y conservaron la naturaleza divina de que eran partícipes, todo les salía a satisfacción, como ya hemos di­cho. Pero cuando la esencia divina se fue aminorando por la mezcla continua con la naturaleza mortal; cuando la humanidad la superó en mucho; entonces, impotentes para soportar la prosperidad presente, degeneraron.»
«Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo divino emparentado con e­llos.»

«Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Mas cuando se agotó en ellos la parte divina porque se habia mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron.»
    ~¿En qué sentido «la prosperidad presente» o «las circunstancias que los rodeaban» les resultaron insoportables y «degeneraron» o «se pervirtieron»?
    –En el sentido en que, incapaces «de ver lo que constituye verdaderamente la vida dichosa, creyeron que habían llegado a la cima de la virtud y de la felicidad, cuando estaban dominados por una loca pasión, la de aumentar sus riquezas y su poder», según Patricio de Azcárate. O «porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder» y «creían entonces que eran los más perfectos y felices», cuando en realidad no podían «observar la vida verdadera respecto de la felicidad», según Francisco Lisi.
    ~En resumen: dejaron de verla, flashearon cualquiera, y la cagaron.
    –Pero por culpa de que la mezcla de sangre se hizo humanochenta o la divinidad se redujo a proporciones homeopáticas. Sin eso, los atlantes no habrían degenerado ni se habrían pervertido, que es lo que castiga Zeus en dos tiempos.
    ~Que yo recuerde, en otros diluvios y reseteos la culpa de la degradación moral no la tenía la biología (puedo ser más anacrónico: la genética), sino el individuo o el pueblo que eligió o no evitó degradarse. Preguntá en Sodoma y Gomorra, si no. O mirá el diluvio de Deucalión, que es posterior e igual de mítico. Pero no, acá la culpa última la tiene el árbol genealógico de cada atlante.
    –¿Decís que la responsabilidad individual o colectiva se impone al determinismo genético en todos los mitos menos en uno?
    ~Digo que no en este, sea o no el único.

5.

   Con la misma consigna de no olvidar de dónde venimos, recordemos a los otros mestizos, que en vez de degenerar mejoran. El ascenso racional de los vulcanos no es por genética: es voluntario y meritocrático, tanto que también es disciplinado; se cultiva. En cambio, el descenso racional de los atlantes es una cuestión genética, involuntaria; se erradica, decide Zeus.
   El ascenso vulcano es un logro, como el de una prueba superada (empezando por la de iniciación). El descenso atlántico es un resultado esperable de la disminución de la parte divina, que participó sólo de la primera generación, y el aumento de la parte humana, que viene participando desde la primera generación, cuando partieron del fifty-fifty con 5 gemelos varones mestizos.
   Sea por falta de disciplina o por exceso de humanidad e insuficiencia de divinidad, ♪♫ mi vieja mula ya no es lo que era, ya no es lo que era, ya no es lo que era ♫♪, canta Zeus y activa su castigo en la continuación de la última cita (121 b):
«Entonces fue cuando el dios de los dioses, Zeus, que gobierna según las leyes de la justicia y cuya mirada distingue por todas partes el bien del mal, notando la depravación de un pueblo antes tan ge­neroso, y queriendo castigarle para atraerle a la virtud y a la sabiduría, reunió todos los dioses en la parte más brillante de las estancias celestes, en el centro del universo, des­de don­de se contempla todo lo que participa de la generación, y teniéndolos así reunidos, les habló de esta manera...»
«El dios de dioses Zeus, que reina por medio de leyes, pues­to que puede ver tales co­sas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reu­nió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, di­jo...»

   No sabemos qué les dijo Zeus a los demás dioses, porque así y ahí termina el Critias. Pero conocemos el temario porque conocemos lo que se resolvió en la reunión y se ejecutó primero con una guerra perdida y después «en un día y una noche terribles». Y entonces podemos afirmar que el objetivo de que los atlantes se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia, de atraerlos a la virtud y la sabiduría, no se cumplió: el castigo divino los extinguió.
   Ergo, no fue un correctivo: fue un genocidio de todos los ya defectuosos atlantes, decidido por el jefe de una alianza superior a la atlántica, de 100% dioses, no de semidioses y semihumanos (en el mejor de los casos). Su eliminación estuvo acompañada por la de los virtuosos atenienses que los habían derrotado. Como la muerte, el mundo fue neutral: tragó por igual a vencedores y vencidos (con fauces de tierra y de mar, respectivamente).

6.

    –Y todo porque una mezcla se volvió humanochenta, insisto.
    ~Una mitad de la destrucción, sí; la otra, no.
    –Y... pero si la composición atlante no se hubiera degradado, Zeus no los habría castigado con una derrota y un cataclismo, y tanto ellos como los atenienses estarían ahora vivitos y coleando, tal vez comerciando.
    ~La clase guerrera ateniense no habría perecido si Zeus no se hubiera ensañado con los atlantes.
    –¿Ensañado?
    ~Si les reservaba un exterminio sísmico, ¿por qué antes los llevó a la humillación de una derrota? Sin esta saña, sólo con el segundo 'castigo', los atenienses estarían vivos; con una hazaña menos, pero vivos.
    –Por un lado, no se dice que hayan sido víctimas de «un violento terremoto y un diluvio extraordinario» porque estuvieran en la Atlántida o cerca; para un evento de esa magnitud, Atenas estaba cerca.
    ~Por ese lado, la fuerza y extensión las da Zeus, al que no le habría costado nada mandar unos temblores e inundaciones que no llegasen a Atenas.
    –Por otro lado, aun si la destrucción no llegase a Atenas, los atlantes estarían muertos pero invictos y gloriosos, en el punto más alto de su prosperidad.
    ~Por ese otro lado, ¿cuál sería el problema?
    –Ponele que a Zeus le pareció que sería un favor inmerecido (y contradictorio con ser un castigo), y entonces lo evitó mandándolos primero a perder el invicto con los atenienses.
    ~Dale, ponele que fue así. ¿Qué necesidad tenía de mandarlos al muere junto con la Atlántida? Que los haya hecho instrumento del primer castigo, vaya y pase; al menos les pagó con gloria y fama. ¿Pero por qué luego los hizo víctimas colaterales del segundo castigo?
    –Con o sin terremoto, de una u otra manera, las huellas de esos atenienses primordiales, tan legendarios como los atlan­tes, se tenían que borrar, para explicar por qué nadie los conoce en la Atenas de hoy, 9.000 años después, siglo IV a.C.
    ~No sé si me convence...
    –El mismo papel juega el hundimiento súbito de la is­la: los atlantes existieron (el oricalco también), pero se los tragó el mar y no que­dó nada que permita probar que existieron.
    ~Un terremoto borra a esos atenienses y un hundimiento a todos los atlantes. Pero no borran sus hue­llas.
    –Es cierto. Por ejemplo, las de los atenienses se borraron porque a sus sucesores les faltó una tecnología de registro. El sacerdote egipcio se lo dice a Solón en Timeo, 23 c (versión Francisco Lisi):
    «Lo habéis olvidado porque los que sobrevivieron ignoraron la escritura durante muchas generaciones».

    –¿Y si ese exterminio supernumerario se explicara mejor por una necesidad narrativa que por un sentido argumental?
    ~¿Necesidad narrativa?
    –Del género mito. Necesitás una coartada para justificar la falta absoluta de vestigios u otros registros de los extintos atlantes, que tanto comerciaron y se expandieron, y de esos antiguos atenienses que los frenaron y se ganaron la admiración y gratitud de sus vecinos.
    ~El mar traga de un bocado a los atlantes; la tierra, a los atenienses primordiales. ¿Pero qué tragó gradualmente la memoria de quienes comerciaron con unos y admiraron a los otros?
    –Te lo contestaría en un mundo paralelo. Pero como sea, lo importante es generar la ilusión de que si no hay evidencias de esas estirpes es porque se perdieron, no por­que nunca existieron (ni las estirpes ni, por lo tanto, las evidencias de su existencia).
    ~Un festival de coartadas para lograr el empate perpetuo de lo tan indemostrable como irrefutable.
    –A veces los mitos te cuentan el origen de lo que existe y a ve­ces la parábola de lo que existió y desapareció sin dejar ningún rastro, co­mo en este caso.
    ~Y siempre te escamotean las pruebas, y lo que dicen no se sostiene en nada, o se sostiene solo, o lo sostiene nuestra fe/confianza en lo que dicen.
    –Así de circular o tautológico. Pero tomalo como una necesidad de este subgénero narrativo y suspendé la incredulidad.
    ~Sí, no tengo problema en tomármelo así. Pero me preocupa como falacia de argumentación, que está en la base de muchas creencias que adoptamos para (apoyar o justificar nuestro) accionar, reaccionar, desear.
    –¿En qué orden? ¿Deseo que pase esto, hago que pase, reacciono cuando pasa? ¿O reacciono ante esto, deseo que pase esto otro, hago que pase? ¿O...
    ~En cualquiera, como en lo que terminamos.

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