Entusiasmos XIII



VIDRIERA EN PREPARACIÓN

Si ves esta advertencia, es que el ensayo aún está en construcción. Yo esperaría a que no esté este cartel.





1.

   Hoy tenemos la visita anual del hombre ciénaga infinita y su ataque de entusiasmo zambullida de rana, con su consecuencia pequeña turbulencia. Lamento decir esto en la zambullida aniversario del Año XIII, pero no hay libertad de entusiasmo. Y me refiero a entusiasmos que no le hacen mal a nadie, como las felicidades que Sandra le delimita a Carmelo, de 3 años, con Gerardo de testigo:
Carmelo: estoy feliz pq me puse las zapas al revés / Sandra: qué bueno estar feliz, siempre hay q estar feliz si esa felicidad no le hace mal a alguien, claro / Carmelo: es como alguien que lleva una mesa de un lado y nadie la lleva del otro / Yo sólo fui testigo
   La felicidad de Carmelo es una satisfacción por lo hecho; está orientada al pasado del logro y al presente de su estado (haberse puesto –y estar con– las zapas al revés).
   Una felicidad vecina es una satisfacción por lo premiado (gracias a lo hecho, que pudo o no ser gratificante). Si el presente de su estado es corto, es el festejo. Si es largo, suena la alarma: “No te duermas en los laureles”; tratá de volver a tener pronto otro pasado de otro logro premiado y estar en el presente de su festejo.
   La felicidad del mismo Carmelo jugando es una satisfacción por lo que está haciendo y un entusiasmo por lo que va a hacer; está orientada al presente de la acción y al futuro de su logro (estar jugando a la pelota ansiando el gol y deseando la victoria, por ejemplo). Se trata de “sumergirse en un universo de juegos y olvidarse de todo lo que lo rodea”:

Documental Dealing with time, Xavier Marquis, 2009

   También hay felicidades con orientación sólo al presente de la acción (Carmelo recibiendo mimos de Sandra o de Gerardo). Cualquiera sea el trance, en adultos puede provocar tanto el deseo no realista de eternizar el momento como la disposición a “dopo morire”, total más que esto no voy a sentir (puntos culminantes queriendo culminar).
   En cambio, la felicidad de un entusiasmo (orientación Pte-Fut) provoca el deseo no realista de invulnerabilidad (o su reverso, el miedo a una muerte cortamambo).
→ Bloque de “La muerte”
   Para llevar una mesa se necesitan dos, como para bailar un tango. La respuesta de Carmelo me recordó al Leonardo Favio de «no se puede ser feliz en soledad». Los felices o infelices somos bichos sociales; fuera de toda interacción humana somos como peces fuera del agua.
   Además de individuos, funcionalmente somos a la sociedad lo que las neuronas con sus sinapsis son a la conciencia (de cada miembro de la sociedad, porque la cosa viene fractal): la base material de un fenómeno emergente.
   El fenómeno emergente que es una sociedad es un espacio virtual en el que luchan por prevalecer discursos que interpretan cómo es la cosa y que prescriben cómo debe ser. Una trama de discursos que prevalece es el sentido común; otra, el buen sentido.
   Mediante ellas cada sociedad desarrolla normalidades y normatividades sobre modos de vivir o de ser feliz, y eso incluye reprobar algunos modos que no le hacen mal a nadie pero que muchos ven como un mal ejemplo, que ya es algo potencialmente peligroso.*
Si “peligroso” es potencialmente dañino, ¿“potencialmente peligroso” viene a ser potencialmente potencialmente dañino?

    En nombre de la salud social sostienen que esa es una falsa felicidad y un error que induce a error a los demás y que por eso debe ser corregido. Y hay que contar y viralizar la corrección para que todos sepan qué evitar, con qué piedra no tropezar –y menos dos veces. O para que, si ocurre, sea un hecho aislado y no pueda hacerse costumbre (un objetivo moral, como se ve). Es como esos afiches que ponen en los bancos para avivarnos, con fotos de un billete falso y otro legal.
   Pero si lo veo con los lentes de la lucha simbólica por definir qué es un modo (legítimo, válido) y qué no, la viralización del cuento de la corrección de un error es aleccionadora, además de promocional (disuade y persuade: rechazá con asco esto y abrazá con pasión esto otro). El mismo fin y efecto tiene un desfile de vencidos (al suyo, el rey persa Cambises le sumó otros dos fines: poner a prueba al derrotado rey egipcio Psaménito y castigar la matanza lisérgica de una delegación negociadora).
   Lo más aleccionador es que sea una autocorrección y, si es posible, prologada por un arrepentimiento precedido por una rendición ante los modos normales. Si no hay tal rendición y arrepentimiento, el bando rival los inventa, los narra igual, los hace tema de un relato que dice que es así lo que espera y quiere que sea así, que da por hecho lo que le gustaría lograr o que suceda.

2.

   Es el caso del modo Borges. A los 81 dice que a los 30 no se daba cuenta de que «leer es una forma de vivir también», algo que Vargas Llosa se resiste a creer y como repregunta le arma una confesión para que la firme:
   Esa nostalgia de cosas no hechas es el tema del poema “Instantes”. No hay desmentida que pueda evitar que vuelvan a atribuírselo a Borges, que ahí confiesa lo que a Vargas Llosa le niega y muchos piensan.
   El autor autobiográfico de “Instantes” no es el individuo Jorge Luis Borges; es el personaje Borges que una corriente social compone a partir de cómo lee vida (no obra) del real, que de real tampoco tiene mucho (cualquier biografía es otro relato –no importa si es la más veraz). Hablé de este caso en “El autor de un poema ajeno”.

3.

   Hoy me interesa el caso de Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, a veces descripto como «el Maradona que no fue» o
EL MARADONA INVISIBLE

   Dejemos que un biógrafo suyo nos lo presente en menos de 1 minuto:

Presentación de Trinche (Planeta, 2019), de A. Caravario

   Sólo quien alcanzó el rango de crack es admirado por rivales con similar profundidad que por compañeros. Le pasó al Diego y también al Trinche, como cuenta el ex defensor Víctor Bottaniz:
“Carlovich: el mito viviente”, Ayelén Pujol, El Gráfico, 2013.

   El resto de su vida le preguntarán si no se arrepintió de esa preferencia. Pero antes de ir ahí, hagámonos una mejor idea del talento que tenía el Trinche. Empecemos por una pequeña muestra de “la unanimidad que existe en cuanto a su capacidad”, con los testimonios de ex compañeros, exitosos entrenadores que fueron futbolistas (dos de ellos, de la Selección Nacional) y un actor carlovichista:

Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)

   Del juego del Trinche casi no hay videos. Sólo hay relatos, pero con esa unanimidad exaltada que convence tanto o más que unas imágenes en movimiento. Muchos testimonios hablan de una habilidad inimaginable, que si la viéramos en vivo o por video diríamos que es indescriptible, incluso inefable. No cualquier habilidad suscita un grado tan alto de intraductibilidad entre palabras e imágenes (o tan bajo de traductibilidad, si preferís esa escala).

Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)

   Una novedad es visible (o asimilable) si es aproximable a algo conocido. A qué y por cuánto (dirección e intensidad) es lo que distingue a un futbolista de otro, por ejemplo. El Trinche es único e incomparable no por su paternidad del caño doble o alguna otra originalidad recién estrenada, sino por su mezcla de modos o estilos tan funcional y eficaz, y encima elegante. Comparten la frase el Mono Obberti y el Cai Aimar: “No hay con quién compararlo porque tenía cosas parecidas de uno, de otro, de otro, de otro, y todo eso que reunía lo hacía ese jugador raro“.

2 conejos, 11 botánicos y 1 gato, René. Foto de Germán.

   No sólo es qué reunía, sino cómo. La receta de un gin no se averigua conociendo los once botánicos de la destilación y desconociendo cuánto de cada uno: once medidas reales entre muchísimas más que once posibles. Análogamente, a la mezcla Trinche no se la descifra sabiendo los jugadores que la componen, como Redondo o Riquelme; falta saber cuánto tenía de cada uno y en qué y por cuánto se diferenciaba (“Todavía más elegante”, por ejemplo).

3.1

   No es raro que no haya registro de su mejor época si pensamos que el Trinche jugó en equipos de la C y la B en la década del 70, lejos de las pocas cámaras de TV que había. Pero sí es raro si pensamos que su partido legendario fue contra la Selección Nacional, por muy 1974 que fuera:

Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)

   Además de “mostrarle a mucha gente lo bien que jugaba al fútbol”, al hacerlo en ese partido el Trinche mostró que estaba sobrecalificado no sólo para la C o la B, sino también para un seleccionado mundialista (y para el Milan, cinco años después, en Mendoza). No era un tuerto reinando entre ciegos.
   De paso, también mostró que jugaba con las mismas ganas en cualquiera de esos escenarios, que buscaba ganar y gustar contra cualquier rival y que se estimulaba con multitudes intimidantes (lo que no me pesa me eleva):

I. Robinson (2011), fh (2007) y Fuimos héroes (2012)

   Si la historia del Trinche hubiese sido el guion de una ficción, seguramente ese partido memorable habría hecho que el astro dejara de ser invisible, se lo llevara un grande de la A y tuviera un ascenso meteórico a la cima del fútbol mundial (donde de todas formas lo puso Pekerman cuando armó su equipo ideal de todos los tiempos, germen de ese Informe Robinson). Era lo esperable. No fue lo que pasó:

I. Robinson (2011), Carlovich en Asunto Tango (2020)

3.2

   Para interpretar la carrera del Trinche se pierde la unanimidad que hay para elogiar su fútbol. Algunos dicen que privilegió su felicidad personal al éxito social de ser una estrella; es el mito del “genio que tomó la decisión de no dejar de disfrutar del juego pero apartarle la mirada al compromiso”. Otros no pueden dejar de sentir tan raro como un desfase entre imagen y sonido el dúo de un talento extraordinario y una carrera modesta.
   ¿Por qué aquel estrellato internacional no fue lo que pasó? ¿Fue porque él no quiso o porque no supo o porque no pudo o porque no se le dio? ¿Fue por algún combo, con un agregado por verbo:
no
quisosupopudose le dio
                  lo suficiente?

   Por caso, entre querer y no querer hay términos medios, matices, una escala de grises. Si hubiera un absoluto, querer sería poder. Pero la voluntad, por férrea que sea, es falible: en abstracto, “a veces no se da, no es que uno no quiso”. En concreto, y sobre todo si las veces son muchas, sistemáticas y sintomáticas, puede ser ejemplo de un matiz más cercano al color no querer que al color querer: podés no tener eso como objetivo pero aceptarlo si se da, pero además ponés unas condiciones vara alta que son la letra chica del contrato y parecen convocadas para dificultar la aceptación.
   ¿Fue alguien libre, cuya libre decisión “estaba inclinada a disfrutar esa manera de jugar”, alguien que no quería un compromiso y una presión (fuera de la cancha) que atentaran contra su diversión (dentro de la cancha)? ¿O fue un inmaduro que “no hizo ningún esfuerzo por adaptarse” al profesionalismo de la Primera A en el inicio de la revolución de los preparadores físicos? ¿Quién cuenta el cuento?

   El Trinche era un outsider que estaba adentro. El profesionalismo que no tenía (puntualidad, entrenamiento y disciplina) no le impidió sobresalir jugando entre profesionales. No lo rechazaron por bajo rendimiento, sino por faltas e indisciplinas varias que en clubes del ascenso pesaban menos que su talento en la cancha.
   Lo no profesional también estuvo en su último partido con Central Córdoba, una final de 1986 en Buenos Aires: no jugó el 1º tiempo en castigo a que no viajó con el equipo. Pero también estuvo la calidad: entró en el 2º tiempo y la rompió. Habla el DT de ese momento:

   Central Córdoba fue al Trinche lo que Cádiz fue a Mágico González: el club donde compromisos y presiones no lo sacaban del disfrute y la diversión de jugar, como si fuera un pibe.

Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)

   Es un club donde encontró su mejor balance entre disfrutar y rendir, entre hacer lo que le gustaba y cumplir lo que debía, aunque no le gustara. (En esa estamos todos, cada cual con su balance propio, montado en su satisfacción o con su insatisfacción a cuestas o ni fu ni fa.) Según cuánto cumplas es cuánto aspires a ser un buen profesional.
   Como ya dije, el Trinche no aspiraba a mucho por ese lado; no llegó, pero no porque lo intentó y fracasó, sino porque aspiró a otro objetivo, que alcanzó sostenidamente: disfrutar de jugar al fútbol, donde fuere. Es posible que eso de haber jugado en Central Córdoba como si hubiera jugado en el Real Madrid sea otra manera de decir que jugaba siempre igual, “a muerte” y divirtiéndose, desde el campito entre amigos hasta el partido contra la Selección en Rosario o contra el Milan en Mendoza.

3.3

   Si Borges debe arrepentirse de haber desperdiciado su vida leyendo y escribiendo, el Trinche debe arrepentirse de haber desperdiciado su talento en equipos de la C y la B. El desperdicio es el pecado compartido por estas dos felicidades cuestionadas; en lo demás difieren, aunque en algún caso de una manera complementaria: Borges tuvo lo que al Trinche le faltó (ambición profesional) y el Trinche tuvo lo que a Borges le faltó (una familia formada y más calle).
   A Borges le atribuyeron la autoría de un autorretrato ajeno, donde se arrepentía de su vida en las vísperas de dejarla. Al Trinche le preguntaban siempre dos o tres cosas: 1a) si no se arrepentía de no haber hecho una carrera tan alta como su talento y 1b) de no haber ganado más plata; y 2) qué haría si pudiera volver a jugar al fútbol en los 70, como a quien se le da una segunda oportunidad.
   Empecemos por una de sus respuestas a 1a), citada en la nota de El Gráfico:
«Carlovich siempre tuvo que explicar por qué no llegó a trascender: por qué se lo conoce como “el Maradona que no fue”. “¿Qué es llegar? La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos, de estar con el Vasco Artola, uno de mis mejores amigos, que me llevó de chico a jugar en Sporting de Bigand (...)”, fue una de sus respuestas.»

   Otra respuesta similar del Trinche la cuenta Marcelo "Araña" Calogero, dirigente de Central Córdoba:

El último rebelde (Nahuel López Rozas, 2014)

   Junto a la preocupación por la gloria no alcanzada está la preocupación por la plata no ganada, que es la pregunta 1b). No era el lujo que se daba un potentado. Pero disfrutar jugando (y sin alejarse mucho de la casa donde nació) importaba más que ganar buena plata, aun si tenía que hacer changas para complementar el magro salario de un club de la C en los 70, y aun si necesitaba recoger donaciones en bicicleta por Rosario en los 80:

Clip hecho con recortes de acá, acá, acá y acá.

   El periodista sueña con fortunas exorbitantes; el Trinche, con partidos de fútbol en la mejor compañía. Como dijo Menotti, “le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional” y cobrar como el encumbrado profesional que hubiera sido. La cotización que él y Maradona tendrían si jugaran en el 2020 no importa; importa el disfrute de jugar, y encima con D10S, y especialmente ahora que no puede, por su operación de cadera. Los sueños nostálgicos del Trinche son consistentes con los que tenía en actividad: si va a soñar despierto en el 2020, que sea con jugar con Maradona, no con juntarla en pala o aparecer en Forbes.
   Tanto importa que cambiaría los 10, 15 o 20 años que en ese momento pueden quedarle de vida por 40, 45 o 50 minutos del goce y la felicidad de estar jugando en una cancha. (Este Trinche mayor, operado y rengo sería un buen protagonista de una versión no trágica del cuento “Il giorno non restituito”, de Giovanni Papini.) Para el Trinche es negocio pagar con la vida el milagro que le devuelva esa dicha por 1 tiempo más (♫ Una más y no jodemos más ♫):

Clip hecho con recortes de acá y acá.

   La pregunta 2) reformula las anteriores en una fantasía contrafáctica que suele usarse para diagnosticar satisfacción de vida (a.k.a. felicidad): ¿volverías a vivirla tal cual? Traducido con el sesgo winner/loser, la pregunta se convierte en interrogatorio: ¿harías lo mismo o cambiarías los motivos de arrepentimiento de 1a) y 1b)?; ¿reincidirías o te arrepentirías y corregirías tu no profesionalismo y tu falta de ambición?
   La respuesta del Trinche es clara, y sin embargo no dejan de preguntárselo, como perseguidores que no dejan a su presa. Tan clara que no es que no la entiendan: es que no la aceptan. La ven errónea o problemática o incluso patológica, y vuelven a la oferta de arrepentimiento redentor, que el Trinche vuelve a declinar:


   En la merienda de locos, la Liebre de Marzo le dice a Alicia que no es lo mismo «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta». Cambiando tener por hacer, el Trinche tuvo esas dos cosas que no son lo mismo.
   La primera: “Hizo lo que realmente tenía ganas de hacer; jugó por placer, jugó por deseo, jugó con sus amigos”, dice el biógrafo. “Hice las cosas que me gustaron hacer”, confirma el biografiado.
   La segunda: volviendo cual pelota en un caño doble, “yo disfruté mucho todo lo que hice”, agrega el Trinche cuando explica por qué “lo volvería a hacer” (lo opuesto a estar arrepentido).
   No son lo mismo porque no se implican mutuamente, pero una de las dos cosas implica a la otra. Que te guste lo que hacés no implica que hagas lo que te gusta, aunque tampoco lo excluya. Pero haciendo lo que te gusta no puede pasar que no te guste lo que hacés. Las infancias felices tienen este tipo de hedonismo cuando juegan; el Trinche mantuvo el suyo hasta los 54 años, cuando dejó de jugar con los veteranos de la Selección Rosarina.
   Alejandro Caravario, autor de Trinche, da 1 paso más allá del deseo del volvería a hacerlo: “Por más que hubiera querido, yo creo que no habría podido entrar en ese mundo tan ajeno a él”. Menos mal que no quiso: se ahorró una frustración y tal vez el arrepentimiento de haberlo intentado. Haciendo lo que le gustaba hacer y gustando de lo que hacía, se ahorró un arrepentimiento como el que se puede entrever o imaginar en este consejo que encontré en un tuit random:

3.4

   Las dos fantasías del Trinche, jugar 1 tiempo e dopo morire y repetir lo que hizo porque lo disfrutó mucho, dicen lo mismo: fui muy feliz jugando, tanto que daría mi vida por volver a serlo, y tanto que la volvería a vivir igual. (¿Cuántos podrían decir lo mismo?) Es una felicidad evidente, y parece inofensiva; ¿por qué el Trinche debería arrepentirse y cambiarla por una felicidad menor o por ninguna?
   Haya o no una buena razón, hay una presión para que lo haga. La ejercen quienes sienten incómoda, insuficiente y/o inenvidiable esa felicidad. O que ni siquiera la consideran genuina (No lo sé, Rick...) o sensata (nadie en su sano juicio la elegiría). Y peor cuando en vez de penosa la consideran contagiosa y la combaten. ¿Quiénes son?
   Son una mayoría cuya meta, ideal, sueño, ilusión y/o ambición es tener fama, reconocimiento, éxito, ser un triunfador (metáfora bélica antigua) y/o un winner (metáfora deportiva moderna, mejor adaptada a la sociedad neoliberal de posguerra fría). Son todos motivos del mayor orgullo, cuyo reverso es la peor vergüenza: la de ser o resultar un loser, un perdedor, un fracasado, un nadie, etc.
   Hasta en un argumento tan kafkiano como el de La terminal (Steven Spielberg, 2004) Hollywood se las arregló para contar por enésima vez la apoteosis de la popularidad: el individuo A recibe de premio un entusiasta aplauso del resto del alfabeto.
   Como se ve, el juego es destacarse o imponerse sobre el resto, ganar su aceptación, su respeto, tal vez su admiración. Toda la felicidad posible o toda la que importa depende de un resultado y se distribuye en ese podio.
   No podés ser loser y feliz, te previenen desde esa mayoría. Y no distinguen entre un loser y un outsider porque no conciben que alguien pueda no jugar a ese juego, y menos si tiene talento de sobra para cumplir esos deseos e ilusiones.
   En todo caso, dirán que la “elección” contracultural del Trinche es una racionalización, como la de la zorra cuando se aleja de las uvas que no pudo alcanzar diciendo “Están verdes”. O le inventarán vicios (tomaba, era mujeriego, lo perdía la pesca) para explicar su fracaso. Cualquier cosa, menos aceptar que la suya es una decisión posible y respetable, en vez de un error que no debe cundir.
   Si aceptamos eso, la meta del Trinche era lúdica y agonal, pero no profesional. La ambición que tenía dentro de la cancha (“No me gusta perder a nada”, ya sea un partido en el barrio o uno contra la Selección o el Milan) no la tenía afuera con su carrera. El juego era un fin en sí mismo, que podía tener efectos consagratorios pero que no era un medio para lograrlos: “Yo llegué a donde yo quería llegar; mi meta era jugar al fútbol”; “yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol”.
   “Él se divertía; o sea, él no quería ese compromiso o esa presión”, había dicho Killer; “la decisión personal estaba inclinada a disfrutar esa manera de jugar”, había dicho Pekerman. Más que jugar al fútbol, la meta y ambición del Trinche era divertirse jugando bien al fútbol, pero jugando en serio, a ganar:

   Más allá de que le alegrara ganar y lo amargara perder, jugar hacía feliz al Trinche. Su felicidad no dependía de un resultado, sino de una acción. Por eso las perdió juntas; y por eso fantaseó con ese pacto fáustico de los últimos 45 minutos de vida jugando, o sea, ejerciendo el placer; y por eso fantaseó también –en la respuesta a esa pregunta insistente– con esa repetición de toda su vida; y por eso mientras pudo jugó mucho y, cuando ya no pudo, al menos no tuvo que arrepentirse de haber desaprovechado el tiempo:

Frases hechas (2007), Asunto Tango (2020)

       

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