Repetición o novedad eternas




   Siguiendo con los desprendimientos, este ensayo es la reanudación y la breve extensión de un bloque de acotación que hay en otro, Entusiasmos XVIII (La creación artística según Rosalía).

   Tal vez el mayor desafío para el infierno sea el mismo que para el paraíso: evitar el acostumbramiento. De lo contrario, castigos y premios dejan de surtir efecto y de tener sentido. Se evita cambiándolos por otros ante los primeros síntomas. Veamos las opciones.
   Si no hay ningún olvido que resetee el registro, si hay una memoria perfecta de las novedades que han pasado, entonces nunca se repiten durante una eternidad celestial o infernal. Esta duración infinita requiere desplegar infinitos cambios, lo que a su vez supone un menú infinito de diferentes evitadores de acostumbramiento. Si se llevó su memoria infalible a su última y eterna morada, Ireneo Funes ahora debe estar en un flow de esos, que es también el de la sucesión infinita de decimales de un número irracional (π = 3,1415926...).
   En cambio, el número de diferencias/novedades no necesita ser infinito cuando la memoria no puede retener todas las producidas, porque entonces las olvidadas te volverían a sorprender («ochenta años de olvido equivalen tal vez a la novedad», escribe Borges en “La creación y P. H. Gosse”). Las opciones que se abren acá son análogas a las distintas longitudes –excepto una infinita– que puede haber en el período de la sucesión infinita de decimales de un número racional.
   Empiezo por un período de dos dígitos, como el de 6/33 = 0,18 (o sea, 0,18 18 18...). Si te olvidás rápido de la última novedad, apenas dos son suficientes para mantenerte entretenido eternamente («propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea», escribe Spinetta en Guitarra negra; en Memento, Teddy le dice a Leonard que aprovecha su memoria evanescente para contarle siempre los mismos chistes).
   Otro caso. Si retuvieras –por ejemplo– las últimas seis novedades, la séptima podría ser idéntica a la más antigua de las seis, la octava a la segunda más antigua, la novena a la tercera, y así siguiendo hasta completar y reiniciar el período («all novelty is but oblivion»: toda novedad no es más que olvido, dijo Salomón citado por Francis Bacon, citado a su vez por Borges como epígrafe de “El inmortal”). Un decimal periódico análogo sería el de la fracción 6/7 = 0,857142 (o sea, 0,857142 857142 857142...).
   Los períodos convierten a los decimales de un número racional en un eco eterno, que puede ser corto, mediano o largo, y nunca infinito. En las antípodas de esa letanía, los decimales de un número irracional son una «rapsodia de voces inconexas», aleatorias. No transan con ningún patrón que permita preverlos, nunca entran en un loop perpetuo; si querés saber cómo sigue la serie, tenés que averiguarlo calculando. Hasta hoy conocemos unos 314.000.000.000.000 (314 billones) de decimales de π. Y no se oye –porque no podría oírse– ni un solo eco.

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