Entusiasmos XVIII (La creacion artistica segun Rosalia)



VIDRIERA EN PREPARACIÓN

Si ves esta advertencia, es que el ensayo aún está en construcción. Yo esperaría a que no esté este cartel.


a Rosalía


0. Prólogo

   Este ensayo nació como un desprendimiento de otro, “La creación artística (según Adorno, Valéry, Hokusai, etc.)”, que a su vez nació como un desprendimiento del ensayo aniversario del año pasado. A excepción de lo publicado en mayo, “El botón 4 engordado”, y en junio, “La familia del botón 4”, de un cumpleaños a otro vengo escribiendo desvíos, directos o indirectos, de “Entusiasmos XVII (Desvíos)” (y después de este habrá uno o dos más). Estaba escrito.
   En el ensayo del que lo saqué, volví a hablar de “El artista como lugarteniente” (1953), donde el filósofo Theodor Adorno habla del poeta Paul Valéry. Pero Adorno no habla de una poesía o de un poemario de Valéry, sino de algunos de sus pensamientos sobre el crear publicados en Degas, danza, dibujo (1938), «prosa que se mueve provocativamente por el estrecho filo entre la conformación artística y la reflexión sobre el arte».
   Análogamente, en este ensayo no voy a hablar del discazo Lux, sino de algunos pensamientos de Rosalía sobre el crear, sacados de su gira promocional de entrevistas de noviembre del 2025. Y algo de «conformación artística» hay en algunas de sus respuestas de «reflexión sobre el arte», sobre todo en las que más está explorando a la vez que avanzando, a veces con una concentración cercana al trance.
   La sección donde se produjo el desprendimiento que parió este ensayo es la 1 y lleva el título temático de “Opinión alta”, que es aquella que, según un Degas septuagenario, un artista debe tener de su propia obra futura para que trabajar en el presente valga la pena. Y ahí, como sección 1.1, se insertaba Rosalía hablando de “la obra más redonda”.

1. La obra más redonda

   En el cuento de Borges “El milagro secreto”, Jaromir Hladík, «como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba». Como pregonaba Degas, Hladík no tenía «una opinión alta» de lo que había hecho hasta el momento, pero sí de lo que podía llegar a hacer si Dios le concedía 1 año más de vida para terminar su drama en verso Los enemigos. Mitad favor pedido y mitad favor ofrecido, Hladík le dice –en la oscuridad de su celda, en la víspera de su fusilamiento– que esa obra «puede justificarme y justificarte» (blasfema implicación: Dios necesita justificación).
   Necesitado o no, Dios le cumplió el deseo paralizando el universo físico excepto la mente de Hladík (tal vez porque no es física, sino inmaterial como el alma –si no son lo mismo). Al momento de ver justificada su existencia, Hladík fue el único y efímero 'lector' que tuvo su drama en verso terminado. Bueno, él y tal vez también el que le cumplió el deseo, que pudo no haber estado muy interesado en el resultado: «No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía».
   A los 15 años Rosalía tenía «una opinión alta» de lo que podría llegar a hacer en un futuro, como tocar con la Sinfónica de Londres, que es un sueño que realizó a los 33:

Rosalía en Otro día perdido - 28/11/25

   En el recorte de video que sigue, la Rosalía de 33 habla de algo que seguro recibiría «una opinión alta» (de su parte y/o de parte de otros): “la obra más redonda” (perfecta, acabada, que no le falta ni le sobra nada), esa por la que “toda tu obra estará justificada, a lo mejor” (Hladík vibes):

   «Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento» a Hladík. Rosalía tiene una mirada más piadosa y comprensiva sobre “todas esas obras que no son la más redonda”: “son necesarias para que la obra más redonda exista, por decirlo de alguna manera”.
   Por lo demás, “uno podría tener la soberbia de creer que ya ha hecho la obra (esa, la más redonda)“. El antídoto a ese veneno soberbio es creer que la hará, tan futura como la «opinión alta» que propone Degas y sin “desalentarse pensando” que nunca la hará y que entonces «no vale la pena trabajar».
   Pensando en voz alta, surfeando la respuesta, yendo a tientas artística y existencialmente, Rosalía pasa del elogio de la obra más redonda al elogio de no poder saber si ya se la ha hecho y, si aún no, qué tan cerca o lejos se está de lograrla (“yo, por ejemplo, no tengo ni idea” y “creo que eso es lo bonito”). Y de ahí pasa a la reivindicación personal de crear siguiendo una necesidad y a la crítica de hacerlo siguiendo una estrategia resultadista:
“Yo voy haciendo, y luego ya, pues no sé... Siempre que tenga una urgencia o una necesidad de crear, la seguiré. Si un artista sólo intenta encontrar esa obra, la más redonda, creo que se está alejando de la naturaleza propia del artista, que es simplemente crear.”
   ¿Seguís una necesidad de crear o sólo intentás encontrar la obra más redonda? Dime qué te mueve y te diré qué tan genuino eres (o sea, cuánto te acercas o te alejas de «la naturaleza propia del artista»).

2. Necesidad

   En otra entrevista le plantean a Rosalía la misma disyuntiva, aunque con la redondez de la obra reemplazada por el éxito del producto en el rol de resultado buscado:

Rosalía en Nadie dice nada (LUZU TV) - 28/11/25

   Que haga lo que le urge o necesita/desea/gusta hacer (“lo que intuís y lo que tenés ganas”), en vez de lo que debe hacer (“la racionalidad de lo que en realidad hay que hacer para sacar un tema, seguir vigente, no desaparecer”), es visto como un capricho y una inmadurez desde alguna vereda del deber (hay tantas como recetas).
   Con el Trinche pasaba algo parecido, pero la mezcla de talento y hambre de gloria (“Uno tiene que pensar a lo grande”) conecta a Rosalía mejor con el Diego que con el Trinche.
   Ante el éxito innegable de Rosalía, la disonancia cognitiva cunde en esas veredas. El piso se mueve bajo los pies; crece la ansiedad por explicar la anomalía y garantizar su carácter transitorio y excepcional. La restauración del imperio del deber les quitará desasosiego, les dará tranquilidad.
   En estado de sesgo aniversario, esa restauración me lleva a la lisitud de la ciénaga infinita rápidamente recuperada de «una pequeña turbulencia». O también: la lisitud de una ausencia perfecta de cicatrices, lograda con borrados inmediatos de toda huella (como los de la memoria evanescente de Leonard Shelby).
   Y si no les queda otra que aceptar que Rosalía logró fama y reconocimiento prescindiendo de recetas exitógenas, prefieren aislarla en su genialidad a cuestionarse la fe en esas recetas. Es como si se inclinaran a pensar: Sí, eso es posible, pero sólo para «genios creadores» como ella; para el (inmenso) resto, no. Es la excepción que confirma la regla (?).
   Rosalía sale por arriba de ese laberinto dilemático. Aunque sea redundante con lo ya visto, transcribo sus palabras sobre «los dos caminos», que recibe mutuamente excluyentes y devuelve compatibles:
“En el mejor de los casos, eso puede ir de la mano, si es que tiene que ir de la mano. Creo que, como yo no tengo el control, yo lo único que puedo controlar es ser honesta con qué es lo que yo tengo realmente que experimentar ahora mismo, como ser humano. Entonces, yo me dejo sentir. Y creo que también los demás luego lo perciben como tal, se siente, eso es palpable –yo creo– en el trabajo de uno cuando eso está hecho con honestidad”.
   Las razones de Rosalía se basan en una distinción estoica: qué podés controlar y qué no, para ocuparte de lo primero y limitarte a desear que el resultado de lo segundo sea tal o cual. Ella confía que lo será, y en esa confianza se tocan lo que puede controlar y lo que no: “es palpable ... cuando eso está hecho con honestidad”; “los demás luego lo perciben como tal” y el resultado se da solo, como reacción masiva a su acción honesta.

3. Honestidad

   Veinticinco días atrás, Rosalía venía de responder que lo más importante en la composición de un disco es la honestidad, que consiste en “dejarme pasar a través de aquello que necesite pasar a través”, una ampliación del “yo me dejo sentir” (y un ejemplo de lo que Adorno llama «obligación objetiva» y «legalidad impuesta por la cosa»):

   El podio se completa con “el camino que uno va transitando mientras lo va haciendo“ (al disco, no al camino, pero también valdría) y con “ser lo más libre posible” (de mandatos como “hay que tomar cierto camino para ser escuchado”, que “tiene que ver con los números y la masividad”).
   Este podio está en las antípodas del que haría “la industria”: la honestidad y la libertad para hacer camino al andar, golpe a golpe y verso a verso, serían reemplazadas por la satisfacción de la demanda y, para lograr eso, la obediencia a los pasos que se deben dar en un camino ya probado y con poca tolerancia a los desvíos.
   Uno es un podio de condiciones para crear una obra; el otro, de claves para hacer un producto. Pero tal vez lo más preciso sea decir que en cada podio hay algo del otro y que podría haber tantas mezclas como proporciones. Por lo demás, son búsquedas diferentes.

4. Búsquedas

   La búsqueda artística que retrata Rosalía es una exploración de resultado abierto: como en un viaje de aventuras, no sabés de antemano lo que vas a encontrar o a hacer (bajo apego a un plan, alta tolerancia a los desvíos). No es una búsqueda teleológica: importan los comienzos y el viaje, no los finales ni la finalidad de alcanzar uno apuntado.
   De hecho, no existe algo así en este tipo de búsqueda, como bien dice Keith Jarrett en el documental The Art of Improvisation (Mike Dibb, 2005): “Cuando yo pienso en improvisación, pienso en ir de cero a cero o adonde sea que vaya; pero no conecto una cosa con otra” (antes, “una cosa escrita con otra cosa escrita”).
   En cambio, la búsqueda exitocéntrica es un trámite para obtener un resultado conocido: como en un viaje planificado, sabés qué vas a hacer y a encontrar, y medís lo bien que te fue según cuánto cumpliste la meta. Es una búsqueda teleológica: importan los finales, no los comienzos, que sabés a dónde te llevan porque cada uno está asociado a un desenlace.
   Si alguien pasó de este perseguir un objetivo a aquel explorar un espacio, puede cantar que

   Lo de «incertidumbre excitante» es una licencia literaria y sabe a contradicción. Si es «excitante», no es «incertidumbre» sino incerteza (lo que te excita es la expectativa / deseo que ese no saber habilita, siquiera porque no clausura su posibilidad: el no no lo tenés). Si es «incertidumbre», no es «excitante» sino atemorizante; no hay deseo, hay miedo.
   Pero también cada término puede pertenecer a un momento diferente de un cambio en la relación con la no-certeza de qué será lo próximo que harás. Así, «incertidumbre» pertenecería al momento en que querés y no podés saberlo; «excitante», al momento en que –puedas o no– no querés saberlo, querés averiguarlo viviendo y vivenciando (el “estar vivo” que el “estar presente” intensifica).

Rosalía en Otro día perdido - 28/11/25

   “Me encantan los comienzos; nunca sabes a dónde te pueden llevar”, dice el galán moderno de una publicidad de perfumes de hace 10 años que usé de epígrafe en “Final feliz”. Desde Los ángeles hasta Lux, cada disco de Rosalía es un comienzo nuevo en su carrera, un desvío que no sabe a dónde la puede llevar. Lo que vale para la carrera artística según Kartun, vale para la creación de cada hito:

Rosalía en Otro día perdido - 28/11/25

   Pero aunque la tenga «palpando en la oscuridad», a Rosalía le gusta este otro no saber, como le gustaba no saber si se acercaba o se alejaba de la obra más redonda. Lo que dirá a continuación sobre la creación de un disco vale para la de cada tema:

En La Ventana (41:16), con Carles Francino - 12/11/25

   La incertidumbre es la sensación negativa de una incerteza, el temor por sus consecuencias. Pero la incerteza de Rosalía sobre lo próximo que hará («No lo sé...») tiene una sensación positiva («...y me encanta no saberlo»). Ahí donde otros sufren una incertidumbre, ella disfruta de «la gracia» de crear, que es la misma que la de explorar. Ahí donde otros quieren saber de antemano y definitivamente qué harán o qué encontrarán, ella quiere no saberlo, quiere preguntárselo cada día.

5. Trances

   Amando la trama que vas armando, en la creación «estás en el camino correcto cuando no puedes ver el camino: cuanto más perdida, más encontrada». Lo escribió Rosalía en su Substack y lo está por leer Pher Vargas para introducir una nueva pregunta:

   Rosalía le confirma a Pher que Lux fue esta forma de perderse para encontrarse, pero le agrega que no exclusivamente: “creo que todos los discos que se hayan hecho desde un lugar [...], siento que he hecho el disco que necesitaba hacer” (el subrayado es mío). ¿Cómo es ese lugar? Usé puntos suspensivos dentro de corchetes para significar que hubo un salto en el audio original del video de Youtube. Si pudiera escuchar el crudo de la entrevista, me juego a que en la parte borrada escucharía algo así como “...desde un lugar de honestidad”.
“Entonces, siempre que se haga desde ese lugar, creo que habrá un momento de estar perdido, de no saber bien-bien si nada de lo que estás haciendo tiene sentido. O sin acabar de tener... certeza, por decirlo de alguna manera. Habrá esa duda siempre sobrevolándolo todo.”
   “Pero a la vez” la duda que te sobrevuela no te paraliza y “sigues esa pulsión”. ¿Por qué? “Lo haces por necesidad; lo haces porque le da sentido a tu vida y porque te llena”. Juntando las vertientes, lo honesto es crear respondiendo a una necesidad y está ligado a lo feliz que te hace que eso te llene y le dé sentido a tu vida. «Por el presente, no por la eternidad», acotaría Cesare Pavese.
   En la línea de «Siguiendo la tradición de no seguir ninguna», “estás en el camino correcto” de no tener ninguno, y en su lugar tener, a lo Keats, una “disposición interna de vivir en la incertidumbre”, pero “a gusto”:
“Luego, cuanto más te acostumbras –yo creo– a esa sensación de estar perdido, más a gusto estás en ti y más a gusto estás en ese estar vivo.”
   Cuando te acostumbrás, la incertidumbre del extravío pierde sus terrores. Primero ves que no te mata, después la hacés habitable y después disfrutable.
   O también: con el disfrute, el no saber pasa de amenazar como "incertidumbre" a atrapar como intriga, como te atraparía una buena novela. Hay avidez de futuro en un ¿Cómo sigue?. O sea, hay vitalidad.
   Con el giro desde el miedo por no saber hasta el gusto por averiguar, donde «quiero no saber», la búsqueda pasó de abandonada a vivenciada. La dio por terminada la ansiedad por saber, es decir, la baja tolerancia a la incertidumbre. A la alta, John Keats la llama capacidad negativa, que es la de «conformarse con un conocimiento incompleto» («remaining content with half knowledge»); el 22 de diciembre de 1818 escribe en una carta a sus hermanos George y Tom Keats:
«(...) several things dovetailed in my mind, & at once it struck me, what quality went to form a Man of Achievement especially in Literature & which Shakespeare possessed so enormously —I mean Negative Capability, that is when man is capable of being in uncertainties, Mysteries, doubts, without any irritable reaching after fact & reason»
(Varias ideas convergieron en mi mente, y de inmediato comprendí qué cualidad contribuía a formar a un hombre de éxito, especialmente en la literatura, y que Shakespeare poseía con tanta intensidad: me refiero a la capacidad negativa, es decir, la capacidad de permanecer en la incertidumbre, el misterio y la duda, sin la necesidad imperiosa de aferrarse a los hechos y la razón).


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