Imaginá que tomás una decisión (como la de “no dejar de disfrutar del juego pero apartarle la mirada al compromiso”) y no te la respetan. Puede ser porque no te reconocen el derecho o la potestad de decidir, o de decidir así, en lo que consideran que es un error a corregir.
Si por el ejemplo del Trinche te estabas imaginando dentro de la misma cultura que tus correctores, empezá a imaginarte fuera, perteneciente a una que ni siquiera consideran cultura, y mucho menos civilización, si hasta la llaman barbarie. Sólo un alienígena tendría más otredad; como animal todavía estás en la Tierra, digamos todo.
Ahora andá a decirles a esos supremacistas que elegiste un modo de ser feliz (o de vivir) que cuestiona esa supremacía porque ignora sus mandatos. Sos un mal ejemplo; o te pasás a nuestro bando y te convertís en un ejemplo de redención, o te vamos a tratar como a un virus peligroso, que hay que evitar que se propague y lograr que desaparezca (también se metaforiza mucho con cirujías oncológicas y control de plagas y cucarachas).
Otra posibilidad es que hayas nacido en la misma cultura pero te hayan transplantado en la barbarie y vos, con tu sangre inglesa, tus ojos celestes y tu cabellera rubia, la elegís cuando años más tarde te ofrecen –te piden– volver a la civilización. Si te negás es por asalvajada, te entendemos.
2.
La cita es de “Historia del guerrero y la cautiva”, de Borges:
Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias.
Hablan. La india rubia le cuenta, «en un inglés rústico», que «ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente». «Detrás del relato se vislumbraba una vida feral», comenta Borges y enumera una docena de feralidades (u once, si 6 y 7 son una, el alarido durante el saqueo):
1) «los toldos de cuero de caballo, 2) las hogueras de estiércol, 3) los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, 4) las sigilosas marchas al alba; 5) el asalto de los corrales, 6) el alarido y 7) el saqueo, 8) la guerra, 9) el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, 10) la poligamia, 11) la hediondez y 12) la magia.»
Luego agrega (tal vez en estilo indirecto libre):
A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. Juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto.
No se nos dice si la respuesta la satisfizo, pero sin arriesgar mucho podemos suponer que no. Si ya le resultaría inaceptable algo tan lejano y ajeno como la felicidad salvaje de cualquier salvaje, mucho más la felicidad salvaje de «una inglesa», que la interpela de raíz. Menos mal que el segundo encuentro amplifica la diferencia cultural, como para dejar bien en claro lo equivocada que está esa felicidad híbrida.
Volver de noche a la vida feral es la penúltima feralidad registrada de «la otra». La última será pasar a caballo por donde un hombre degüella una oveja y tirarse al suelo para beber la sangre caliente. (Más feral no se consigue. Falta que sea la única india que lo hace.)
El «indio de ojos celestes» de “El cautivo” también elige volver a «su desierto» (a su intemperie). Él «no podía vivir entre paredes» y a ella «todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles». Ahora, las diferencias. A ella le cuesta, pero logra entender y hacerse entender en inglés; dialoga. En cambio, él «ya no sabía oír las palabras de la lengua natal»; lo suyo fue todo gestual, gutural y factual: «bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán», su ruta.
Los modales y los modos son animalescos, pero su experiencia lo reconecta con lo civilizado. Y para tenerla no anda como un animal tirándose de otro animal para beber sangre de un tercer animal. Su éxtasis lo alcanza reencontrando un cuchillo que de pibe había escondido en la cocina. Tranca.
Las feralidades de ojos celestes se compensan: ella está alta en Lengua e Historia y baja en Conducta; él, al revés. Tiene una inteligencia humana estancada en su último estado civilizado, «trabajado por el desierto y la vida bárbara», y tiene la inteligencia de un niño (europeo) o de un animal, como buen salvaje: «Yo querría saber (...) si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa» (en la inserción inversa, el bárbaro que cambia de bando porque lo deslumbra la ciudad de Ravena «sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla»).
Las dos inserciones de la civilización en la barbarie tienen la falsa modestia de su autor. Sí, son casos fallidos de restitución: ni la abuela de Borges recupera a la inglesa para la causa ni los padres a su hijo. Pero justamente: gente como uno optando como uno de esos es (presentado como) el fracaso de una recuperación «movida por la lástima y el escándalo».
El relato no habla de, pero habla desde una superioridad cultural y moral; habla de la eficacia con que se puede privar de ella a la víctima infantil de un malón, hasta el punto de que no la prefiera de adulta (un Síndrome de Estocolmo a nivel de culturas, se diagnostica desde la europea). Porque se supone que la debería preferir, ¿no? Si la prefiere un bárbaro ni bien la conoce, ¿cuánto más un asalvajado que la conoció en su infancia? En materia de diferencias culturales, dime qué supones y te diré qué prejuzgas.
3.
En la inserción inversa, el guerrero Droctulft que compone Borges (muy distinto al de sus fuentes Croce y Pablo el Diácono) es el bárbaro que elige la cultura superior, fascinado ante su mejor obra:
Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal.
La elección de rebajarse a la barbarie fue una traición de la inglesa. Con su elección de elevarse a la civilización, Droctulft «no fue un traidor [...]; fue un iluminado, un converso»:
Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena.
Los casos del guerrero y la cautiva «pueden parecer antagónicos» montados sobre una estructura que no cambia: arriba la civilización, abajo la barbarie. La moral de esos flujos es rígida: si estás arriba no bajes y si estás abajo subí. Integrando los casos de los dos tríos de hermanas, la estructura tiene otras caras, todas con la misma polaridad: ciudad y pueblo (o menos), capital y provincia, cultura y naturaleza.
Resumiendo, mujeres del primer término han sido transplantadas en el segundo. (Del humor también se dice que es poner algo ahí donde no va.) Desde el autopercibido centro citadino, capitalino, civilizado y/o cultural, ese trasplante se ve como destierro, extravío, aislamiento, encierro.
Desde la misma perspectiva, el trasplante inverso de un voluntario se ve como una conversión redentora, que «si no es verdad como hecho, lo será como símbolo». El En la Casa de la Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 15 de enero de 2010.
"indio infiel" que los cristianos capturan y reparten en sus ciudades como servidumbre y mano de obra esclava, o que exhiben en museos de ciencias naturales y en zoológicos, son incrustaciones civilizatorias más fieles a los hechos y a los símbolos usuales de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina.
~Y ahora oiremos la… —Zamba “Sullid”. ~¿Es un imperativo? —No, pero empieza con uno: Zumbad, lilas🎵 ~¿Y zumban? —No. La canción sigue con vacas que brillan cuando lamen. ~¡Luz mala! —Luz “Lambidas”. ~¿Cómo sigue? —Alta mar, noche negra. Un marino pide al cielo: ¡La luz, Simbad!
Hoy tenemos la visita anual del hombre ciénaga infinita y su ataque de entusiasmo zambullida de rana, con su consecuencia pequeña turbulencia. Lamento decir esto en la zambullida aniversario del Año XIII, pero no hay libertad de entusiasmo. Y me refiero a entusiasmos que no le hacen mal a nadie, como las felicidades que Sandra le delimita a Carmelo, de 3 años, con Gerardo de testigo:
La felicidad de Carmelo es una satisfacción por lo hecho; está orientada al pasado del logro y al presente de su estado (haberse puesto –y estar con– las zapas al revés).
Una felicidad vecina es una satisfacción por lo premiado (gracias a lo hecho, que pudo o no ser gratificante). Si el presente de su estado es corto, es el festejo. Si es largo, suena la alarma: “No te duermas en los laureles”; tratá de volver a tener pronto otro pasado de otro logro premiado y estar en el presente de su festejo.
La felicidad del mismo Carmelo jugando es una satisfacción por lo que está haciendo y un entusiasmo por lo que va a hacer; está orientada al presente de la acción y al futuro de su logro (estar jugando a la pelota ansiando el gol y deseando la victoria, por ejemplo). Se trata de “sumergirse en un universo de juegos y olvidarse de todo lo que lo rodea”:
Documental Dealing with time, Xavier Marquis, 2009
También hay felicidades con orientación sólo al presente de la acción (Carmelo recibiendo mimos de Sandra o de Gerardo). Cualquiera sea el trance, en adultos puede provocar tanto el deseo no realista de eternizar el momento como la fantasía del “dopo morire”, total más que esto no voy a sentir (puntos culminantes no queriendo y queriendo culminar).
En cambio, la felicidad de un entusiasmo (orientación Pte-Fut) provoca el deseo no realista de invulnerabilidad (o su reverso, el miedo a una muerte cortamambo).
Cuando un entusiasmado le teme a la muerte, le teme a una muerte muy cortamambo. Es el miedo a morir antes.http://t.co/07F9aGIzVi
Para llevar una mesa se necesitan dos, como para bailar un tango. La respuesta de Carmelo me recordó al Leonardo Favio de «no se puede ser feliz en soledad». Los felices o infelices somos bichos sociales; fuera de toda interacción humana somos como peces fuera del agua, o como una brasa que, separada de las que hacen el asado, se va apagando.
Además de individuos, funcionalmente somos a la sociedad lo que las neuronas con sus sinapsis son a la conciencia (de cada miembro de la sociedad, porque la cosa viene fractal): la base material de un fenómeno emergente.
El fenómeno emergente que es una sociedad es un espacio virtual en el que luchan por prevalecer discursos que interpretan cómo es la cosa y que prescriben cómo debe ser. Una trama de discursos que prevalece es el sentido común; otra, el buen sentido.
Mediante ellas cada sociedad desarrolla normalidades y normatividades sobre modos de vivir o de ser feliz, y eso incluye reprobar algunos modos que no le hacen mal a nadie pero que muchos ven como un mal ejemplo, que ya es algo potencialmente peligroso.*
Si “peligroso” es potencialmente dañino, ¿“potencialmente peligroso” viene a ser potencialmente potencialmente dañino?
En nombre de la salud social sostienen que esa es una falsa felicidad y un error que induce a error a los demás y que por eso debe ser corregido, en prevención de epidemias. Y hay que contar y viralizar la corrección para que todos sepan qué evitar, con qué piedra no tropezar. O para que, si ocurre, sea un hecho aislado y no pueda hacerse costumbre (un objetivo moral, como se ve).
Son fábulas que ponen un mal ejemplo y sacan una moraleja que remata con un consejo, implícito o explicitado: No seas así. Si esas moralejas son sinceras, la cruzada viralizadora se autopercibe como una de esas fotos con un billete falso y otro legal que se exhiben para avivarnos.
Pero si lo veo con los lentes de la lucha simbólica por definir qué es un modo (legítimo, válido) y qué no, la viralización del cuento de la corrección de un error es aleccionadora, además de promocional (disuade y persuade: rechazá con asco esto y abrazá con pasión esto otro). El mismo fin y efecto tiene un desfile de vencidos (al suyo, el rey persa Cambises le sumó otros dos fines: poner a prueba al derrotado rey egipcio Psaménito y castigar la matanza lisérgica de una delegación negociadora).
Lo más aleccionador es que sea una autocorrección y, si es posible, prologada por un arrepentimiento precedido por una rendición ante los modos normales. Si no hay tal rendición y arrepentimiento, el bando rival los inventa, los narra igual, los hace tema de un relato que dice que es así lo que espera y quiere que sea así, que da por hecho lo que le gustaría lograr o que suceda.
2.
Es el caso del modo Borges. A los 81 dice que a los 30 no se daba cuenta de que «leer es una forma de vivir también», algo que Vargas Llosa se resiste a creer y como repregunta le arma una confesión para que la firme:
Esa nostalgia de cosas no hechas es el tema del poema “Instantes”. No hay desmentida que pueda evitar que vuelvan a atribuírselo a Borges, que ahí confiesa lo que a Vargas Llosa le niega y muchos piensan.
El autor autobiográfico de “Instantes” no es el individuo Jorge Luis Borges; es el personaje Borges que una corriente social compone a partir de cómo lee vida (no obra) del real, que de real tampoco tiene mucho (cualquier biografía es otro relato –no importa si es la más veraz). Hablé de este caso en “El autor de un poema ajeno”.
3.
Hoy me interesa el caso de Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, a veces descripto como «el Maradona que no fue» o
Dejemos que un biógrafo suyo nos lo presente en menos de 1 minuto:
Presentación de Trinche (Planeta, 2019), de A. Caravario
Sólo quien alcanzó el rango de crack es admirado por rivales con similar profundidad que por compañeros. Le pasó al Diego y también al Trinche, como cuenta el ex defensor Víctor Bottaniz:
El resto de su vida le preguntarán si no se arrepintió de esa preferencia. Pero antes de ir ahí, hagámonos una mejor idea del talento que tenía el Trinche. Empecemos por una pequeña muestra de “la unanimidad que existe en cuanto a su capacidad”, con los testimonios de ex compañeros, exitosos entrenadores que fueron futbolistas (dos de ellos, de la Selección Nacional) y un actor carlovichista:
Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)
Del juego del Trinche casi no hay videos. Sólo hay relatos, pero con esa unanimidad exaltada que convence tanto o más que unas imágenes en movimiento. Muchos testimonios hablan de una habilidad inimaginable, que si la viéramos en vivo o por video diríamos que es indescriptible. No cualquier habilidad suscita un grado tan alto de intraductibilidad entre palabras e imágenes.
Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)
Una novedad es visible (o asimilable) si es aproximable a algo conocido. A qué y por cuánto (dirección e intensidad) es lo que distingue a un futbolista de otro, por ejemplo. El Trinche es único e incomparable no por su paternidad del caño doble o alguna otra originalidad recién estrenada, sino por su mezcla de modos o estilos tan funcional y eficaz, y encima elegante. Comparten la frase el Mono Obberti y el Cai Aimar: “No hay con quién compararlo porque tenía cosas parecidas de uno, de otro, de otro, de otro, y todo eso que reunía lo hacía ese jugador raro“.
2 conejos, 11 botánicos y 1 gato, René. Foto de Germán.
No sólo es qué reunía, sino cómo. La receta de un gin no se averigua conociendo sus once botánicos y desconociendo en qué proporciones y cómo se usaron, entre otras cosas. Análogamente, a la mezcla Trinche no se la descifra sabiendo los jugadores que la componen, como Redondo o Riquelme; falta saber cuánto tenía de cada uno y en qué y por cuánto se diferenciaba (“Todavía más elegante”, por ejemplo).
3.1
No es raro que no haya grabaciones de su mejor época si pensamos que el Trinche jugó en equipos de la C y la B en la década del 70. Pero sí es raro si pensamos que su partido legendario fue contra la Selección Nacional, por muy 1974 que fuera:
Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)
Además de “mostrarle a mucha gente lo bien que jugaba al fútbol”, al hacerlo en ese partido el Trinche mostró que estaba sobrecalificado no sólo para la C o la B, sino también para un seleccionado mundialista (y para el Milan, cinco años después, en Mendoza). No era un tuerto reinando entre ciegos.
De paso, también mostró que jugaba con las mismas ganas en cualquiera de esos escenarios, que buscaba ganar y gustar contra cualquier rival y que se estimulaba con multitudes intimidantes (lo que no me pesa me eleva):
Si la historia del Trinche hubiese sido el guion de una ficción, seguramente ese partido memorable habría hecho que el astro dejara de ser invisible, se lo llevara un grande de la A y tuviera un ascenso meteórico a la cima del fútbol mundial (donde de todas formas lo puso Pekerman cuando armó su equipo ideal de todos los tiempos, germen de ese Informe Robinson). Era lo esperable. No fue lo que pasó:
Con el Trinche volvemos a la edad de los porqué; no por nada debajo del disfraz de jugador hay un «hombre [...] de costumbres sencillas, de alma casi infantil».
Quienes sí creen que con esa capacidad debería haber sido un triunfador se preguntan por qué no lo fue. ¿Fue porque él no quiso o porque quiso pero no supo, no pudo o no se le dio? Y si es un mix, ¿de qué y cuánto de cada?
Entre querer y no querer hay términos medios, matices, una escala de grises (elige tu propia aventura metafórica II). Si hubiera un absoluto, querer sería poder. Pero la voluntad, por férrea que sea, es falible: en abstracto, “a veces no se da, no es porque uno no quiso”.
En concreto, y sobre todo si las veces son muchas, sistemáticas y sintomáticas, puede ser ejemplo de un matiz más cercano al color no querer que al color querer: decís que no tenés eso como objetivo pero que lo aceptarías si se diera, y por detrás ponés unas condiciones vara alta que parecen hechas para dificultar la aceptación.
Si ahí queda algo de querer, es insuficiente para que ocurra eso que no es una meta, que no se persigue, que tal vez ni se busca, y que se supone que se espera pero se sospecha que a veces se esquiva.
El dúo de un talento extraordinario y una carrera modesta se siente tan raro como un desfase entre imagen y sonido. La explicación que pide esa rareza no la tiene fácil. Para interpretar la carrera del Trinche se pierde la unanimidad que había para elogiar su talento. Vuelve a importar quién cuenta el cuento:
El Trinche “no hizo ningún esfuerzo por adaptarse, y por eso, además de leyenda, es símbolo” de la resistencia a un cambio. Es el último de su especie: el último rebelde, el último romántico, el último lírico... Es un híbrido, pero desigual: se comporta más como amateur que como profesional; es un “bohemio”.
A diferencia de Tomás Felipe Carlovich (1946), Diego Armando Maradona (1960) le sumó el profesionalismo al potrero y el hambre de gloria al disfrute del momento. El Trinche no tuvo ese deseo de consagración, esa ambición, pero tampoco fue algo a lo que se opusiera o criticara, como sí hizo con un pilar del nuevo profesionalismo: la “locura con lo físico”. El otro pilar, la plata que se mueve en el fútbol grande, no logró tentarlo.
Comparemos. El Diego fue el primer futbolista del mundo en tener un preparador físico personal. Casi todos dicen que al Trinche no le gustaba entrenar; él decía que nadie es más rápido que la pelota, y que mejor que entrenar es practicar, y que mal podría haberse retirado a los 40 si no hubiera tenido un buen estado físico.
El problema, si había uno, no era que no le gustaba entrenar al muy vago, fiestero, mujeriego, borrachín y/o adicto a la pesca; el problema con los entrenamientos es que “dejan de ser juego”, como dice en esta respuesta que publicó el diario Clarín el 25/4/1974, ocho días después del partido contra la Selección:
La práctica, en cambio, es juego: es jugar muchos partidos por semana o por día, como venía haciendo de chico (y no por aprender algo, sino por el disfrute de jugar). Menotti lo dijo bien, aunque con resignación: “le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional”.
El Trinche era lúdico (si no había juego no había placer) y dentro de lo lúdico era agonal (jugaba a ganar, sin importar el rival; no le gustaba perder a nada). El Diego fue lúdico dentro de lo agonal.
Maradona y Carlovich también están en las antípodas en la otra novedad notoria del profesionalismo: el Diego hizo mucha plata, el Trinche muy poca. Esta novedad motiva a la otra: la “revolución de los preparadores físicos” se da porque hay un incentivo económico para tener un equipo más competitivo, además de la gloria deportiva: los triunfos empiezan a cotizar más alto.
El Trinche se sustrajo a la novedad económica y se resistió a la novedad atlética (y táctica, porque tampoco le gustaba la marca: «Nosotros salimos a jugar [contra la Selección Nacional, ocho días atrás] sin la responsabilidad de anular a tal o cual rival»). La carrera y la vida del Diego fueron vertiginosas, como el agua de una cascada; las del Trinche fueron como un río de llanura.
El profesionalismo en el fútbol argentino empieza en 1931; en 1948 Alfredo Di Stéfano encabeza una huelga de jugadores, actores que reclaman un mejor reparto de los ingresos crecientes que genera el espectáculo. Doce años más tarde el negocio creció tanto que las cifras de sueldos, primas y pases ya son exorbitantes para el resto de los trabajadores (más exorbitantes cuanto menos ganen, obvio).
La película El crack (1960), de José Martínez Suárez, registra esa incipiente exorbitancia y los negocios y negociados que la alimentan y le hacen perder la inocencia al Osvaldo, que “es como los de antes”, porque los de ahora “están llenos de guita y se cuidan las piernas” (ya hay nostalgia de un fútbol dorado). Ese año nace el Diego y el Trinche cumple 14 y está empezando o por empezar en las inferiores de Rosario Central. “Traigan a cualquiera de Rosario”, sugiere Ramiro sobre su reemplazante:
El Trinche era un outsider que estaba adentro. El profesionalismo que no tenía (puntualidad, entrenamiento y disciplina) no le impidió sobresalir jugando entre profesionales. No lo rechazaron por bajo rendimiento, sino por faltas e indisciplinas varias, que en clubes del ascenso pesaban menos que su talento en la cancha. Con el Trinche el sistema falló: no siempre los mejores jugadores llegan a la A.
Lo no profesional también estuvo en su último partido con Central Córdoba, una final de 1986 en Buenos Aires: no jugó el 1º tiempo en castigo a que no viajó con el equipo. Pero también estuvo la calidad: entró en el 2º tiempo y la rompió. Y también estuvo su relación con el dinero. Final a toda orquesta, broche de oro. Habla el DT de ese momento:
Central Córdoba fue al Trinche lo que Cádiz fue a Mágico González: el club donde compromisos y presiones no lo sacaban del disfrute y la diversión de jugar, como si fuera un pibe.
Informe Robinson, La leyenda del Trinche (Canal+, 2011)
Central Córdoba fue el club donde el Trinche encontró su mejor balance entre disfrutar y rendir, entre hacer lo que le gustaba y cumplir lo que debía, aunque no le gustara. (En esa estamos todos, cada cual con su balance propio, montado en su satisfacción o con su insatisfacción a cuestas o ni tanto ni tan poco.) Según cuánto cumplas es cuánto aspires a ser un buen profesional.
El Trinche no aspiraba a mucho por ese lado. No llegó, pero no porque lo intentó y fracasó, sino porque aspiró a otros objetivos, que alcanzó sostenidamente: disfrutar de jugar al fútbol y de estar con sus amigos del barrio y de la infancia.
Algo sobre el primer objetivo. Es posible que eso de haber jugado en Central Córdoba como si hubiera jugado en el Real Madrid sea otra manera de decir que jugaba siempre igual, “a muerte” y divirtiéndose, desde el campito entre amigos hasta el partido contra la Selección en Rosario o contra el Milan en Mendoza.
Algo sobre el segundo objetivo. El Trinche era muy «amigo de sus amigos» y «prefirió seguir reuniéndose con ellos [...] o entreverándose en un “picado” en cualquier baldío, antes que someterse íntegramente a las exigencias de la disciplina del entrenamiento».
Hubo una preferencia y hubo una voluntad que la honró: la del “genio que tomó una decisión: la de no dejar de disfrutar del juego pero apartarle la mirada al compromiso”. Sabía el valor que se le daba a eso que declinó ambicionar: «tenía clara conciencia de que se iba alejando cada vez más de la deslumbrante pasarela reservada para el desfile de los triunfadores solamente».
El Trinche podrá tener esos objetivos, pero no puede evitar que se los cuestionen una y otra vez, en nombre de un sentido común triunfalista que empezó en su época de jugador.
Repasemos. El negocio del fútbol y la popularidad, el prestigio y la ganancia de los ganadores crecieron entrelazados y rápido. Ganar se volvió más importante y la respuesta fue la revolución de los preparadores físicos y la disciplina de guerra.
De esa época es el “fútbol total”, que sobreexigía físicamente a los jugadores de la Naranja Mecánica, el equipo holandés del Mundial 74 (el mismo que goleó 4 a 0 a la misma Selección Argentina que 2 meses y 9 días antes había perdido 3 a 1 con la Rosarina, conducida por el Trinche).
Elegir esos objetivos no es como elegir un gusto de helado, que no molesta a nadie. Es una elección hecha a contramano del sentido común y los bocinazos no se hacen esperar.
3.4
Si Borges debe arrepentirse de haber desperdiciado su vida leyendo y escribiendo, el Trinche debe arrepentirse de haber desperdiciado su talento en equipos de la C y la B. El desperdicio es el pecado compartido por estas dos felicidades cuestionadas; en lo demás difieren, aunque en algún caso de una manera complementaria: Borges tuvo lo que al Trinche le faltó (ambición profesional) y el Trinche tuvo lo que a Borges le faltó (una familia formada y más calle).
A Borges le atribuyeron la autoría de un autorretrato ajeno, donde se arrepentía de su vida en las vísperas de dejarla. Al Trinche le preguntaban siempre dos o tres cosas: 1a) si no se arrepentía de no haber hecho una carrera tan alta como su talento y 1b) de no haber ganado más plata; y 2) qué haría si pudiera volver a jugar al fútbol en los 70, como a quien se le da una segunda oportunidad.
Sin titubeos, creo que son dos cosas, la primera doble y la segunda simple. La primera interroga sobre un arrepentimiento y la segunda verifica la respuesta, según una coherencia previsible: si está arrepentido, dirá que lo haría diferente; si no, que lo repetiría tal cual. Empecemos por una de sus respuestas a 1a), citada en la nota de El Gráfico:
«Carlovich siempre tuvo que explicar por qué no llegó a trascender: por qué se lo conoce como “el Maradona que no fue”. “¿Qué es llegar? La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos, de estar con el Vasco Artola, uno de mis mejores amigos, que me llevó de chico a jugar en Sporting de Bigand (...)”, fue una de sus respuestas.»
Otra respuesta similar del Trinche la cuenta Marcelo "Araña" Calogero, dirigente de Central Córdoba:
Junto a la preocupación por la gloria no alcanzada está la preocupación por la plata no ganada, que es la pregunta 1b). No era el lujo que se daba un potentado. Pero disfrutar jugando (y sin alejarse mucho de la casa donde nació) importaba más que ganar buena plata, aun si tenía que hacer changas para complementar el magro salario de un club de la C en los 70, y aun si necesitaba recoger donaciones en bicicleta por Rosario en los 80 (un adelantado del crowdfunding):
El periodista sueña con fortunas exorbitantes; el Trinche, con partidos en la mejor compañía. Como dijo Menotti, “le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional” y cobrar como el encumbrado profesional que hubiera sido. Lo que añora es consistente con lo que en actividad más quería: en su momento no buscó ganar millones (“aunque podría haber ganado lo que él quería”) y ahora no fantasea con los millones que valdría en 2020 (febrero); en su momento buscó divertirse jugando a ganar y ahora fantasea con lo mismo junto al Diego. Fantasear es como tener un deseo sin ansiar ni esperar cumplirlo. Fantaseamos porque nos gusta imaginarnos ahí o así; deseamos porque nos gustaría llegar ahí o así. Los deseos se tienen para ser cumplidos; las fantasías o ensoñaciones, para imaginar hasta la confusión que se cumplen deseos imposibles, así en la vigilia como en los sueños, amén.
Con el tiempo, un deseo puede devenir fantasía; basta que se vuelva inalcanzable. A los 61 años, a 7 de haber dejado de jugar, el Trinche todavía cree posible volver a disfrazarse, aunque sea 10 minutos, y es lo que más desea:
Desde los 65 ya no es un deseo, es una fantasía: es el milagro que elegiría, el único pedido al genio de la lámpara. En paralelo a la fantasía de jugar con el Diego, el Trinche tiene el deseo de conocerlo, y lo cumple el 14 de febrero del 2020:
Volvamos del deseo cumplido a la fantasía incumplible. El Trinche cambiaría los 10, 15 o 20 años que a los 68 pueden quedarle de vida por 40, 45 o 50 minutos del goce y la felicidad de estar jugando en una cancha. Para él es negocio pagar con la vida el milagro que le devuelva esa dicha una sola vez más (♫ Una más y no jodemos más ♫).
Entre el deseo oruga y la fantasía mariposa, el Trinche lleva para entonces 14 años extrañando jugar. Está operado de la cadera y renguea. Su situación lo hace receptivo a otra fantasía irrealista, por la que nunca le preguntaron.
Supongamos que, como responderá a la pregunta 2), el Trinche repite su vida. Si a sus de nuevo 21 años le ofrecieran el trato del cuento “Il giorno non restituito”, de Giovanni Papini, creo que el Trinche aceptaría. Es decir, prestaría 1 año de juventud y lo iría recuperando en 365 cuotas, a cobrar cuando él quiera. ¿Por qué rehusaría cortar cada tanto 20 años de abstinencia forzada? ¿Por qué no se daría el gusto de volver a jugar con 21 años 365 veces?
Si por 45 minutos más firmaba que después partía (arriba o abajo), ¿qué no firmaría por los partidos enteros que podría jugar en ese montón de días? Y si sobreviviera a la última restitución de ese año de juventud, la pena por la pérdida y la fantasía de revertirla al menos empezarían mucho más tarde de lo que empezaron sin esa magia.
3.5
La pregunta 2) reformula las anteriores en una fantasía contrafáctica que suele usarse para diagnosticar satisfacción de vida (a.k.a. felicidad): ¿volverías a vivirla tal cual? Traducido con el sesgo winner/loser, la pregunta se convierte en interrogatorio: ¿harías lo mismo o cambiarías los motivos de arrepentimiento de 1a) y 1b)?; ¿reincidirías o te arrepentirías y corregirías tu no profesionalismo y tu falta de ambición?
La respuesta del Trinche es clara, y sin embargo no dejan de preguntárselo, como perseguidores que no dejan a su presa. Tan clara que no es que no la entiendan: es que no la aceptan. La ven errónea o problemática o incluso patológica, y vuelven a la oferta de arrepentimiento redentor, que el Trinche vuelve a declinar:
En la merienda de locos, la Liebre de Marzo le dice a Alicia que no es lo mismo «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta». Cambiando tener por hacer, el Trinche tuvo esas dos cosas que no son lo mismo.
La primera: “Hizo lo que realmente tenía ganas de hacer; jugó por placer, jugó por deseo, jugó con sus amigos”, dice el biógrafo. “Hice las cosas que me gustaron hacer”, confirma el biografiado.
La segunda: volviendo cual pelota en un caño doble, “yo disfruté mucho todo lo que hice”, agrega el Trinche cuando explica por qué “lo volvería a hacer” (lo opuesto a estar arrepentido).
No son lo mismo porque no se implican mutuamente, pero una de las dos cosas implica a la otra. Que te guste lo que hacés no implica que hagas lo que te gusta, aunque tampoco lo excluya. Pero haciendo lo que te gusta no puede pasar que no te guste lo que hacés. Las infancias felices tienen este tipo de hedonismo cuando juegan; el Trinche mantuvo el suyo hasta los 54 años, cuando dejó de jugar con los veteranos de la Selección Rosarina.
Alejandro Caravario, autor de Trinche, da 1 paso más allá del deseo del volvería a hacerlo: “Por más que hubiera querido, yo creo que no habría podido entrar en ese mundo tan ajeno a él”. Menos mal que no quiso: se ahorró una frustración y tal vez el arrepentimiento de haberlo intentado. Haciendo lo que le gustaba hacer y –por lo tanto– gustando de lo que hacía, se ahorró un arrepentimiento como el que se puede entrever o imaginar en este consejo que encontré en un tuit random:
3.6
Las dos fantasías del Trinche, jugar 1 tiempo e dopo morire y repetir lo que hizo porque lo disfrutó mucho, dicen lo mismo: fui muy feliz jugando, tanto que daría mi vida por volver a serlo, y tanto que la volvería a vivir igual. (¿Cuántos podrían decir lo mismo?) Es una felicidad evidente, y parece inofensiva; ¿por qué el Trinche debería arrepentirse y cambiarla por una felicidad menor o por ninguna?
Haya o no una buena razón, hay una presión para que lo haga. La ejercen quienes sienten incómoda, insuficiente y/o inenvidiable esa felicidad. O que ni siquiera la consideran genuina (No lo sé, Rick...) o sensata (nadie en su sano juicio la elegiría). Y peor cuando en vez de penosa la consideran contagiosa y la combaten. ¿Quiénes son?
Son una mayoría cuya meta, ideal, sueño, ilusión y/o ambición es tener fama, reconocimiento, éxito, ser un triunfador (metáfora bélica antigua) y/o un winner (metáfora deportiva moderna, mejor adaptada a la sociedad neoliberal de posguerra fría).
Hasta en un argumento tan kafkiano como el de La terminal (Steven Spielberg, 2004) Hollywood se las arregló para contar por enésima vez la apoteosis de la popularidad: el individuo A recibe de premio un entusiasta aplauso del resto del alfabeto.
Esos luminosos objetos de deseo son todos motivos del mayor orgullo, cuyo reverso es la peor vergüenza: la de ser o resultar un loser, un perdedor, un fracasado, un nadie, etc. Como se ve, el juego es lucirse y/o imponerse sobre el resto, ganar su aceptación, su respeto, su admiración y/o su gratitud afectuosa por las alegrías dadas, por ejemplo.
Toda la felicidad posible –o toda la que importa– depende de un resultado y se parte y reparte en ese podio. No podés ser loser y feliz, te previenen desde esa mayoría. Y no distinguen entre un loser y un outsider porque no conciben que alguien pueda no jugar a ese juego.
Antes que eso, dirán que la “elección” contracultural del Trinche es una racionalización, como la de la zorra cuando no alcanza las uvas y se aleja diciendo “Están verdes”. O le inventarán vicios (tomaba, era mujeriego, lo perdía la pesca) para explicar su fracaso sin desmentir su talento. Cualquier cosa, menos aceptar que la suya es una decisión posible y respetable, en vez de un error que no debe cundir.
Si aceptamos su elección, la meta del Trinche era lúdica y agonal, pero no profesional. La ambición que tenía dentro de la cancha (“No me gusta perder a nada”) no la tenía afuera con su carrera. Jugó poco y nada a ese juego; más que una carrera, tuvo un historial de clubes, no necesariamente uno mejor que el otro.
El otro juego, el fútbol, podía tener efectos de popularidad, siquiera local (“Esta noche juega el Trinche”, se corría la voz), pero no era un medio para lograrlos. Era un fin en sí mismo: “Yo llegué a donde yo quería llegar; mi meta era jugar al fútbol”; “yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol”, había dicho el Trinche.
“Él se divertía; o sea, él no quería ese compromiso o esa presión”, había dicho Killer; “la decisión personal estaba inclinada a disfrutar esa manera de jugar”, había dicho Pekerman. Más que jugar al fútbol, la meta y ambición del Trinche era divertirse jugando bien al fútbol, pero jugando en serio, a ganar:
Más allá de que le alegrara ganar y lo amargara perder, jugar hacía feliz al Trinche. Su felicidad no dependía de un resultado, sino de una acción. Por eso las perdió juntas; y por eso fantaseó con ese pacto fáustico de los últimos 45 minutos de vida jugando, o sea, ejerciendo el placer; y por eso fantaseó también –en la respuesta a una pregunta insistente– con esa repetición de toda su vida; y por eso mientras pudo jugó mucho:
Cuando ya no pudo jugar, al menos pudo limitarse a lamentar que no hubiera durado más y a soñar que volvía a ponerse los cortos. O sea, al menos no tuvo que arrepentirse de haber desaprovechado el tiempo, que ensanchó todo lo que pudo. Ese es el desperdicio que importa acá, y el Trinche no lo cometió ni se lo hubiera perdonado, simplemente porque era lo que más valoraba, lo que más quería y quiso, a diferencia de hacerse rico, famoso y exitoso/triunfador.
Pero ex compañeros, hinchas memoriosos y ex futbolistas exitosos/triunfadores, famosos y ricos (o de buen pasar) siguieron hablando de su juego enorme años después de haber terminado su modesta carrera. Como quien da testimonio de haber sido testigo y delectador de algo extraordinario. Y entonces el Trinche, que corría de boca en boca, trascendió hecho leyenda; llegó más lejos que la mayoría de sus contemporáneos profesionales de la A, de los que ya no se habla; triunfó en diferido más allá de Rosario:
Para Darío Grandinetti, el Trinche no debería tener ninguna espina clavada porque “en cualquier caso, ha dejado mucho”. Para Marcelo Lewandowski, la trascendencia internacional de su talento y la vigencia y crecimiento de su fama son “un éxito en la vida”.
Parecen estar dándole al Trinche razones para no arrepentirse de no haber progresado y para no creerse un fracasado. Él no las pidió ni las necesita; en realidad son para convencer a los críticos o escépticos de su decisión de ser feliz sin ambicionar nada de eso, tan sólo jugando en una cancha y estando cerca de los amigos y el barrio.
...si muevo las agujas, cambio la hora. Moverlas hacia adelante, aventajando al tiempo verdadero, es imposible. Pero puedo moverlas hasta un mes atrás; ese es el límite. Y entonces tienes de nuevo todos los eventos —con cualquier alteración que la experiencia pueda sugerir.
«¡Qué bendición sería un reloj como ese —pensé— en la vida real! ¡Ser capaz de desdecir alguna palabra desatenta, deshacer algún acto imprudente!».
Puede haber varias razones para ver 100 veces una película. Una es que te guste mucho, como Heidi II a Phil/Bronco. Otra es que cada vez le encuentres cabos nuevos para atar y eso te guste mucho. Repitiendo enriquecés la trama de datos en 1º plano, aquel donde hacemos conexiones. pic.twitter.com/WcH6YVApk5
Puede haber varias razones para que una película te guste tanto que la revisites más de 100 veces sin saciarte/cansarte/aburrirte. Una es que te entrenes en atenuar el displacer del temor y aumentar el placer de las ansias por la escena que viene, que conocés. Como a tus 4 años.
Las escenas deseadas pueden ser todas, como en la rutina de una sonrisa puntual y de una boca de mentol, café, pasión y pavor que canta Chico Buarque en “Cotidiano”. (Así le hubiera gustado repetir a Phil, pero en Islas Vírgenes.)
A las 6:00 AM de un 2/2, Phil, meteorológo de TV, se despierta en Punxsutawney para ir a ver si la marmota Phil, “pronosticador de pronosticadores”, ve su sombra. Si la ve, el invierno se estirará 6 semanas. Y la ve. Phil ha pronosticado que ahí no caerá la nevada de hoy. Y cae. pic.twitter.com/P0f95JVRpr
Eso obliga al reportero Phil, el camarógrafo Larry y la productora Rita a permanecer en Punxsutawney. El humano Phil ha errado su pronóstico. Para saber si la marmota Phil erró o acertó el suyo, habrá que esperar al 21/3 o al 2/5. Pero antes habrá que superar las 5:59 AM del 3/2. pic.twitter.com/s6yfMhzHhW
A las 6 AM del mismo 2/2, Phil vuelve a despertarse ahí. Si no recordara ya haberlo hecho, no se extrañaría; viviría su día tan naturalmente como vos el tuyo. Pero lo recuerda. En el 2º 2/2, todos olvidaron haber vivido el original menos él. Al menos puede hacer uso de ese saber.
La víctima del demonio de Nietzsche, suponiendo que tiene conciencia de repetir una experiencia o la vida, no puede usar lo que sabe para “corregir” la nueva función o explotarla a su favor. Phil sí. Cómo y para qué lo hace va variando a lo largo de esta película de aprendizaje.
El 1/2 nos enteramos que para Phil cubrir por 4º año el festival es un estancamiento profesional, que es uno metafórico. Lo que él no imaginaba en ese momento es que al día siguiente lo esperaba un literal estancamiento temporal. No a él solo, pero el resto no lo registra.
Por esta diferencia, la experiencia de Phil es como la de un actor, que sabe lo que viene, y la del resto es como la de cualquiera de nosotros, que no sabemos. Phil Connors permanecerá o saldrá del “libreto” a voluntad; Bill Murray tiene menos libertad. https://t.co/hmChRjbf3k
Buscando sexear con Rita en un día largamente planificado, Phil falla en simular que no conoce lo que sigue (su sobreactuación la espanta) y que no conoce el pasado en común que le hace decir que la ama al otro día de conocerla (Rita deduce que mordió el anzuelo de un camuyero). pic.twitter.com/9dQUUUUTEq
Gracias a una memoria que los demás no tienen, Phil es el único que acumula experiencia. El resto vive cada 2/2 como si fuera el único. Para Phil tampoco mañana será 3/2, pero será un 2/2 distinto (si no se abstiene de editarlo). Es el artífice de su destino por 1 día kármico.
También es el solitario espectador de la revocación matinal de lo ocurrido durante 1 día. Rescatarlo de esa soledad es una necesidad colectiva. Todos recursan ese 2/2 y para avanzar en el almanaque dependen de que Phil no amanezca de nuevo solo. —¡Todos para uno y uno para todos! pic.twitter.com/m0WAdfzPs8
El día podría reiniciarse barajando y dando de nuevo, en vez de repetir los hechos «en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden)», como los libros en la Biblioteca periódica. El día volvedor podría ensayar todas las variaciones, como hace Tsui Pên en su novela.
Pero no, en vez de eso los hechos vuelven tramados igual, como si estuvieran montados sobre el día, que los trae al regresar. Phil sale de esa trama pero no de ese día. Mientras no cambie los hechos adecuados, seguirá amaneciendo en ese 2/2.
En El ángel exterminador (L. Buñuel, 1962), la cosa se destraba con la repetición de las ubicaciones que tenían todos en la mansión justo antes de padecer la súbita agorafobia que los retuvo. Los libera cierta repetición: un retorno a un origen.
Al igual que en Groundhog Day, en “Monday” (T6E14 de X-Files, 1999) es una novedad lo que destraba todo, pero una que no respeta la ley de que muriendo no salís: “Esto nunca había pasado antes”, dice Pam antes de morir y sacar el disco rayado de Sui Generis.
Si la trama de hechos del 2/2 no se repitiera, si variara cada vez, Phil no podría editarla porque no tendría el poder de conocer el futuro (arma del Mayor Cage combatiendo en Edge of Tomorrow). Si llevara la cuenta, sabría que despertó en el enésimo 2/2, pero no qué le deparará.
Ese Phil viviría millares de días (ya que no “vidas”) con tramas diferentes, en vez de 1 día y su trama millares de veces. Cursaría cada 2/2 (conociendo el futuro tanto) como Rita y el resto. Pero aún sería el único en poder mejorar su experiencia del día entrenándose. pic.twitter.com/2GhAOex9et
Los demás creerían, con sensatez, que 1 día no alcanza para recibirse de médico, aprender francés, poesía, piano, escultura en hielo, etc. Porque creerían, con más sensatez, que están en el único 2/2 del año. El gamer Phil, bien entrenado, encararía cada nuevo 2/2 con más armas.
Si las variaciones de todos los hechos de 1 día en Punxsutawney fueran inmensamente muchas pero no infinitas, podrían repetirse (en el mismo orden –como los libros en la Biblioteca de Babel– o en otro). En el día que siempre vuelve cambiado caben todos los senderos del jardín.
Phil lamenta que no le haya tocado repetir el día que conoció a una chica, la vez que estuvo en Islas Vírgenes. Comieron langosta, bebieron piña colada y al ponerse el sol hicieron el amor como nutrias de mar. Siente que tuvo la mala suerte de tocarle un día bobo en un sitio feo. pic.twitter.com/AxGkrs730A
Phil siente eso en la 2ª repetición, al inicio del viaje. Al final habrá entendido que no se trataba de suerte sino de mérito y que empezó de muy abajo (lejísimo de las cualidades que tendrá al salir). Si el paraíso no va a Phil… Pasará de fantasear su día perfecto a trabajarlo.
No enseguida. Antes, en su primera reacción a la toma de conciencia de que sin mañana no hay consecuencias, se rebela contra los mandatos. Después se da todos los gustos y placeres. Rebelde o hedonista, Phil ocupa el centro y está solo. De esa posición y estado saldrá con Rita. pic.twitter.com/LxoBNboZe3
—No es bueno que el hombre esté solo. —Tampoco que sea egocéntrico. Para corregir ambas cosas está Rita. Phil encara su conquista luego de hartarse de rebeldías, comilonas y sexo random. Hay 3 etapas: la impostura, la revelación del truco, y la emulación. Despista, vuelve y gana.
La impostura es un proyecto largo y un fracaso seguido de un raid suicida. Es decir: primero Phil se cansa de recibir bofetadas y se mata; luego se cansa de matarse y un 2/2 le revela y demuestra el loop a Rita, la optimista incorregible que hará que Phil pase a usarlo distinto.
Es un día sincero y semiexitoso: ella se queda a dormir. Ni bien él se despierta, solo, empieza la emulación, un proyecto larguísimo. En rigor, emula la bondad y la sensibilidad de Rita y se perfecciona en unos talentos al gusto de ella, que los aprueba. Es un éxito y una salida.
Sonny le canta a Cher cada mañana: «Pon tu pequeña mano en la mía. No hay colina o montaña que no podamos escalar». Si “I got you, babe”, no hay excelencia ética, artística o emocional que no pueda escalar, cantaría Phil. Como de otros laberintos, del loop se sale por arriba.
Igual que otros aprendices (como el Mayor Cage en Edge of Tomorrow), Phil empieza de muy abajo, cosa que la salida sea aun más meritoria y lo premie por haber mejorado tanto (= haber cambiado en el sentido “correcto”). El premio es un 2x1: reanudar la vida acompañado por Rita.
Volverá a ser mortal, pero eso también lo vivirá como una ganancia. A esa inmortalidad claustrofóbica mejor perderla que encontrarla. Phil no elige reiniciar. Lo que opcional es genial obligatorio puede ser infernal. Odiarías el Ctrl+Z si se ejecutara a cada palabra que escribís. pic.twitter.com/wN5ADIe0BD
La memoria de todos menos Phil se desvanece a las 24 horas, junto con lo vivido; la memoria de Leonard, a los 10 minutos (Memento, 2000). Punxsutawney sufre una anomalía temporal; Leonard, un daño severo del sentido que tenemos para “sentir el tiempo” (a.k.a. memoria). —¿Amnesia? pic.twitter.com/wApox3SsiX
Antes de ver perfectible su día, Phil se lamenta por el que no le tocó. Pero si le hubiera tocado, consciente y memorioso como sería, ¿no se cansaría del día, la chica y toda la postal? ¿No se gastaría ese deseo?
Toma 4 Sólo una felicidad infinita soportaría infinitas revisitas.
Los intervalos irregulares entre las revisitas a un libro o película que nos fascinó son descansos. Si fueran regulares y breves, tarde o temprano nos cansaríamos. Pero las revisitas se dan al ritmo de la necesidad identitaria de actualizar nuestra lista de gustos persistentes.
Vengo a oscurecer para aclarar: si el gusto o fascinación por un libro o película sobrevivió a tus muchas metamorfosis, es que integra el núcleo duro de tu identidad, hecho de persistencias así. Cuantas más metamorfosis, menos chances de sobrevida. El núcleo duro son excepciones.
Cuando Rita, el día que sabe, le muestra el vaso medio lleno, Phil cambia el uso que le da a su eternidad: pasa a entrenarse para enamorarla en 1 día, para ser –no para hacer de– uno que ella desee ganar en una subasta de solteros. Él se entrena cantando: —Y nos dieron las 6:01🎵 pic.twitter.com/D5r2MokFYm
Phil se lamenta, pero tuvo la suerte de que le tocara repetir 1 día y no 2 segundos, tiempo insuficiente para que un humano lo modele. 2 segundos menos y en vez de un reloj rayado tenemos un reloj parado. Un mundo detenido sufre el loop de 1 instante. Probá entrenarte ahí, Phil. pic.twitter.com/hiPB8P00hj
El tiempo que no tendría Phil para entrenarse es como el que no tienen la Liebre de Marzo y el Sombrerero para lavar la vajilla en su merienda de locos, donde siempre son las 6 (pero PM) de un 4 de mayo. La oximorónica rotación de 1 instante los obliga a rotar en torno a la mesa.
Ese instante repetido al infinito pertenece a una serie de instantes. Si a la vez pertenece a otra, es punto de cruce de una serie de instantes que empieza y termina en este. Cuando el círculo se cierra, la recta se reanuda y al retornado Hladík lo derriba una cuádruple descarga.
Recapitulemos. Phil no tiene una repetición como la que imagina Nietzsche o imaginé para Ulises. Él queda atrapado en el loop de un día que puede modelar a gusto. Antes de hacerlo, lo usa con metas inmediatas, como romper normas éticas y cuidados médicos, o mediatas pero impuras.
En la moral de la película, impura es una meta como la de tener sexo sin amor. Un hedonismo más. Pero a diferencia de comer, tomar café y fumar como si no hubiera un mañana, sexear no se logra de una; requiere un plan, un proyecto, de mínimo (2 veces) a largo (9) o larguísimo.
Dos 2/2, uno para averiguar y otro para sorprender, le bastan al maduro Phil para sexear con la madura Nancy, a la que no ama. La misma técnica y más 2/2 (contados a cachetazos, 9) no le alcanzan para sexear con la joven Rita, a la que ama. Precisa otra técnica y muchos más 2/2. pic.twitter.com/aeoo5GJlER
La ama, pero buscó su sexo antes que su amor. Cuando corrija eso, todos podrán reanudar sus vidas desde ahí, a las 6:01 del 3/2, poco antes de los créditos. Luego del 9º cachetazo y una serie de suicidios, el resto de la película es Phil aprendiendo a corregir eso hasta lograrlo.
Cuando lo logre, oiremos de nuevo a la Duquesa decir: “Y la moraleja de esto es: «¡Oh, es el amor, es el amor el que hace girar al mundo!»” (Capítulo IX de Alicia en el País de las Maravillas). Y Alicia volverá a pensar: “¡Cómo le gusta encontrarles moralejas a las cosas!”.
Alicia le recuerda que antes había dicho algo muy distinto: «Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos, el mundo giraría mucho más rápidamente». La Duquesa contesta que en el fondo viene a ser lo mismo. Pero Phil logró ser amado luego de dejar de ocuparse sólo de sus asuntos. pic.twitter.com/AztyivTPsl
Las moralejas pueden ser delirios de la Duquesa o —como “mensaje de la película”— contenidos de una educación sentimental que en 1993 le dice a su sociedad: el sexo debe estar (y el mejor sexo está) en función del amor. No había chongos. El sexo sin compromiso era clandestino.
Si Ulises tuviera su Día de la Sirena a lo Phil, en algún momento ya no le importaría que le costase la vida sacarse las ganas y zambullirse, si total mañana estará vivo y al inicio del viaje.
Toma 5 Si la atracción del canto no es inagotable, en otro momento dejará de tirarse.
En otro, se le gastarán también las ganas o el deseo de sacárselas a diario. Entonces Ulises gestará un proyecto que alejará mucho la satisfacción de su deseo, situada en un futuro difícil. Tan difícil que nunca pasó que alguien sobreviva al canto.
~Sí, puede que después de morir miles de veces, una vez Ulises no muera y amanezca con una sirena Rita cruzando las 6:00 del otro día. —Y todo gracias al mérito que habrá hecho para ser correspondido: ser bueno, amable… ~…y sobre todo secuenciar bien amor y sexo. —¿Bien cómo?
~El amor adelante para que no se espante. —¿Quién? ~Rita. —Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. ~Si se da. —Si se da. ~Se tiene que dar. —Se le tiene que dar. Does Phil feel lucky? ~Lo suyo será acumular tanto mérito que un 2/2 enamorará a Rita sin necesitar suerte.
Con esa acumulación, Phil pasará de ser egocéntrico, soberbio, antipático, insensible y mediocre a ser solidario, humilde, simpático, sensible y talentoso. Comparado con las flores de 1 día (bardo, gran comilona y suicidios), darse vuelta como un guante es un proyecto larguísimo.
~Conviértete en lo que menos eres. —¿Más breve? ~Reviértete. —A ti mismo. ~Sí, no lo delegues. —Pero tómate tu tiempo. ~Con ilimitados borrón y cuenta nueva, no es experto el que no quiere. —Sana, sana, colita de rana, si no puedes hoy lo podrás mañana. ~Apégate al plan. pic.twitter.com/6FgnWS8nQ7
El proyecto es más largo que su alegoría banal: embocarle al sombrero con las cartas le lleva apenas 6 meses* de 5 horas diarias. Las consignas que guían a Phil en ese tramo son las que él le da a ella ahí: concéntrate, tienes que desearlo, sé Rita. Se trata de encestar. pic.twitter.com/h1rSllC8jK
* Es raro que Phil cuente así. 6 meses son 180 fechas distintas, no la misma 180 veces. Pero como él puede recordar e innovar, acumula saberes y habilidades en 180 versiones distintas* de un día como lo haría en 6 meses. Imaginá despertarte mañana con una experiencia de siglos.
* Es raro que al reset n, en los monitores que Rita está mirando veamos al Phil del 1º día hablando de la suerte*. ¿Es el mismo registro o uno idéntico? Si es el mismo, ¿cómo sobrevivió a la revocación de todo? Si es uno idéntico, raro: no vemos a Phil decir 2 veces lo mismo ahí. pic.twitter.com/XKwfnAuqpR
* La pregunta autobiográfica por la suerte de la marmota reaparece ahí, al inicio de su 1º proyecto para conquistar a Rita (tras cansarse de vivir la vida loca), y al inicio de su 2º proyecto (tras la noche que le juró intentar merecerla, al final del día en que Rita se entera). pic.twitter.com/pXqc0Fuf6C
La alegoría de entrenar para embocarle al sombrero es una bisagra entre los dos proyectos: sucede al 1º y su saga suicida y precede al 2º como una tapa ilustrada precede a un libro. La ilustración podría haber sido la de un gamer repitiendo un nivel hasta superarlo, pero no daba.
También podría haber sido la de un ensayo musical o teatral, o un entrenamiento deportivo. O la ilustración de “nuestra filosofía”, según le dijeron a H. Ramis desde budistas hasta jesuitas. En cambio, en el tercer 2/2 el loop ilustra la vida estancada del parroquiano Ralph. pic.twitter.com/3UJOp7tKRA
Del fracaso del 1º proyecto a los suicidios hay un tramo. Sin una meta y un plan para alcanzarla, para Phil su vida pierde sentido. Le pesa el tiempo, que mata mirando trivias por TV, y pierde también el miedo al ridículo (se pasea en piyama), que es el miedo a una muerte social. pic.twitter.com/Y2k91AeQ54
Tampoco tiene por qué temerle a su muerte profesional. En uno de sus reportes inviables les pronostica a todos un invierno que durará el resto de sus vidas. Luego rompe 3 veces el radiodespertador. Es el preludio de su 1º y sacrificial suicidio, anunciado en otro reporte sombrío. pic.twitter.com/mx8FUmNzvs
Él cree que la única salida del loop es matarse junto al otro Phil. Es como si pensara que frenará la repetición en el tiempo eliminando una repetición en el espacio: él y su doble (otras: empapelado, relojes, fotocopias). La calle de la huída pronostica el resultado: NO OUTLET. pic.twitter.com/woIqTEU3e7
El despertar lo convence de que su destrucción es tan revocable como la de un lápiz o un radiodespertador. Lo que a cualquier mortal lo sacaría de la vida, a él lo saca del día, que reinicia. Los otros 3 suicidios no tienen la esperanza del 1º; son iguales a dormirse temprano. pic.twitter.com/fZF4kHkUlh
—Ni el tiro del final te va a salir 🎵 Al final del día bisagra, en su cama, Phil le dirá a Rita que se ha matado tantas veces que ya ni existe. Al principio, en el café, Phil le enumera sus muertes, que son más que los suicidios. Quiere probarle que es un dios (“no EL Dios”). pic.twitter.com/Y4HVLz1j9L
La otra prueba es su omnisciencia. Rita puede dudar de que Phil realmente conozca la vida de cada persona del café, sin trucos. Pero la convencen dos predicciones: a un mozo se le caerá la bandeja en 5, 4, 3… y Larry aparecerá en 10 segundos y te dirá lo que te escribí ahí. pic.twitter.com/DeWQ19jBoB
¿Qué saca a Phil de lo humano y lo hace “un dios”? Más la inmortalidad que la omnisciencia. Si algo nos iguala es que vamos a morir; Phil no (morir y volver a despertar es como otro dormir). Te falta más divinidad siendo omnisciente pero mortal que inmortal pero no omnisciente.
Phil argumenta con la explicación absurda (soy un dios) para que Rita acepte que la razonable es la otra, la que no le creyó al principio de la charla. Esa 1ª viñeta fue omitida (la escena empieza in media res) pero es evocada: “Te dije: me despierto todos los días aquí mismo…”. pic.twitter.com/r94w2uGx12
Del fruto prohibido, a Eva la atraen lo «agradable a los ojos» y lo «codiciable para alcanzar sabiduría». De las sirenas, a Ulises lo atraen la «suave voz» y la sabiduría cantada. De Rita, a Phil no lo atrae algo sensorial ni sabio; lo atrae una virtud ética: su bondad luminosa.
Desde el juramento, lo atrae “la persona más amable, dulce y hermosa”, que en la nieve parece un ángel y cuyo amor aspira a merecer. La atracción sensorial está en 2º plano y la intelectual no la siente él por ella y terminará sintiéndola ella por él —por sus talentos artísticos.
Recién cuando Phil logra ser así, atrae a Rita. Es el “día perfecto” que la suerte no le dio con la amante de Islas Vírgenes y él se dio a sí mismo con Rita y sin sexo (esa noche la esculpe en hielo como un ángel). Ella se queda con él y él se queda dormido; el 1º es un mañanero. pic.twitter.com/I6d92RkuPP
Hubo –también sin sexo– un día preperfecto. Tanto que Rita propone: “Quizás, si no te aburre, alguna vez podríamos hacerlo de nuevo”. Él volvería a convencerla del loop y ella a acompañarlo todo el día (cual “proyecto científico”), a intentar encestar, a proponer eso, y a mimir.
Si Phil aceptase hacerlo de nuevo, interactuarían los dos YO posibles de una repetición: Rita no recordaría haber vivido ese día que pide volver a vivir y él recordaría todo y llevaría la cuenta. Pero Phil no repetirá el mejor día que ha tenido con Rita; irá por más. Se lo juró.
El cumplimiento lleva implícita la salida del loop: sólo fuera de la repetición incesante de ese 2/2 Phil podría amar a Rita el resto de su vida (la de un inmortal no tiene resto). Pero esa salida implícita, por cierta que resulte, no es la recompensa prometida para esos méritos.
Tampoco Phil la esperará recibir la noche del día perfecto, muchísimos 2/2 después del preperfecto. Le dirá a Rita: “Da igual lo que ocurra mañana o el resto de mi vida. Ahora soy feliz porque te amo”. Responderá ella: “Creo que yo también soy feliz”. —Sellaron todo con un beso🎵
Le dará igual, pero si mañana no empieza el resto de su vida porque junto con la perfección meritoria sucedió la salida del loop, deberá rehacer esa felicidad cada vez. No podrá hacerlo mejor ni evitar tener que volver a hacerlo igual.
Toma 6 —¿Cuántas veces podría Phil rehacer esa felicidad antes de creerla inútil, si no sirve para salir del loop (o si no amerita recibir esa salida como una recompensa)? ~n veces. —Donde n es un entero finito. ~Para que sean infinitas, así debería ser esa felicidad incansable.
La entrada en el loop no tiene una razón ni un perpetrador; la salida, sí: tiene un recompensador, un sommelier de méritos, un juez o jurado que premia. La otra es pensar que el loop terminó sin razón, como empezó, pero coincidiendo con el amor P/R. Demasiada fe en la casualidad. pic.twitter.com/cIrkDumOxX
Volvamos del día del cumplimiento al día del juramento. Rita se queda a dormir. ¿Por qué Phil despierta solo? ¿Por qué no fue ese el día perfecto llamado a romper el loop? Después de la tempestuosa impostura viene la calma revelación del truco y de lo que siente por ella.
Pero esa amorosa y humilde franqueza no es un mérito liberador, sino la base desde donde se elevará uno que sí.
~O sobre la que se levantará el edificio de méritos éticos y artísticos que cautivarán a Rita, si preferís otra metáfora. —¿Y algo que no sea una metáfora? ~No hay.
Poco antes de jurarle a la somnolienta amor eterno para cuando la merezca, Phil es más oblicuo y Rita está más despierta para escucharlo decir que lo peor del loop es que ella mañana va a olvidar todo esto que pronto le pedirá repetir. Si no la amara, ni le importaría ese olvido. pic.twitter.com/zWEeMqVBbL
El 1º cachetazo de los 9 viene explicado: “Eso es por hacer que me importes”, le dice Rita cuando no le cree que la ama y entiende que Phil hizo un montaje averiguando sus preferencias. Luego de varios suicidios inútiles, él le cuenta lo del loop “porque quiero que me creas”. pic.twitter.com/2H3eQ0J9YS
En el día largamente planificado que dice que no podría planificarse, Rita está sorprendida por lo lejos que quedaron sus expectativas matutinas. En el día preperfecto, una omnisciencia sorprende a Rita. En el día perfecto la sorprende el versátil Phil. —La vida te da sorpresas🎵 pic.twitter.com/RpnZCaf70y
—Necesito que me creas. ~Necesito que me sorprendas.
Parece el diálogo entre un relato y su lector o audiencia. Cuando cada parte satisface la necesidad de la otra, en un caso sucede un hecho amoroso y en el otro uno artístico, como los de tema amoroso.
El último 2/2 Rita le cree y Phil la sorprende, esta vez sin imposturas y sin mostrarle el loop que sufre (no sé por qué ahí Rita no advierte que ella y el resto están en la misma). La sorprende con aptitudes y actitudes opuestas a las de ayer, 1/2, que fue el 1º día juntos.
~Si voy a creer en vos, no quiero malas sorpresas. Y si además esperás importarme, quiero sorpresas gratas.
Phil primero le da las equivocadas y luego las correctas. A él recién lo sorprende algo distinto cuando amanece con ella en la cama. pic.twitter.com/t81QYYpSBe
Para justipreciar las expectativas frustradas aludidas en ese «recién», recordemos que si algo no hay en un loop es sorpresa. Esperar que Phil se sorprenda en una enésima repetición es esperar un absurdo; está en las antípodas de eso cuando roba un camión de caudales custodiado. pic.twitter.com/rg2utP410j
Toma I Phil pasa de impostor (y de buscar conquistar…) a sincero, y de ahí a excelso (…a lograr enamorar). En el día preperfecto es genuino; en el perfecto también, pero además es tan alto como sus méritos y cogen (algo que Rita le negó a bofetadas al impostor).
El Phil que busca conquistar a Rita impostando ser su alma gemela es como un macho lateral de rana arborícola, que busca interceptar hembras (pero sin su suerte). El Phil que logra enamorar es como el macho de canto fuerte al que se dirigen las acechadas, hasta que una lo calla. pic.twitter.com/Y2Sra5g9NF
Toma II Phil le pifia impostando ser el “hombre perfecto” que le describió Rita y sorprendiéndola con coincidencias (como a Nancy). Todos los intentos terminan en un cachetazo. Phil desiste. Se deprime, se suicida varias veces, y recién ahí arranca el 2º proyecto: la emulación.
Phil acierta emulando a Rita. Pasó de planificar (y arruinar) un día perfecto a prepararse para merecerlo mereciendo su amor. Lo logra siendo como ella: bueno con la gente, sensible, etc. A Rita la atrae una versión mejorada de sí, que la iguala en ética y la supera en talentos. pic.twitter.com/X5s9FyV0ur
Phil concluye su 2º proyecto como Hladík su drama en versos («el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin»). Acto seguido, reanudan sus vidas: Hladík es fusilado y Phil, enamorado, hace planes con Rita. Sale del loop mejorado y empezando una vida nueva y feliz.
En “El milagro secreto” hay gracia divina: Dios le otorga a Hladík el plazo pedido. (Le salía igual hacerlo zafar o detener el universo físico, y salió esto.) En Groundhog Day hay mérito: Phil es premiado por su labor rephilizante. Y suma un mérito pos-premio: elige Punxsutawney. pic.twitter.com/nJzdpjOsOi
Elige quedarse en el mismo sitio del que hasta ayer no podía salir. No es Síndrome de Estocolmo, pero aprendió a quererlo a la vez que a hacerse querer por Rita. Fue un infierno; será el locus amoenus donde cumplirá su juramento de amor eterno.
De tanto conocer y ayudar a la gente, se encariñó con el pueblo. Si obligado puede ser infernal, elegido puede ser más paradisíaco que las Islas Vírgenes al atardecer. La elección une el 3/2 al 2/2: es coherente con (y prueba la sinceridad de) las palabras del reporte definitivo. pic.twitter.com/6XqSQ9BRQj
La 1ª mitad del discurso es un converso celebrando su nueva fe: él era el que veía un invierno gris y perpetuo, sin salida, y ahora es el que lo ve sólo como “otro paso en el ciclo de la vida”. Él era Chéjov, al que antes no leía. pic.twitter.com/UeJRW1tiKq
Antes Phil confundía a Sir Walter Scott, que Rita le recitó para decirle egocéntrico, con Willard Scott, creador de Ronald McDonald y meteorólogo. Antes creía que estudiar poesía francesa del s. XIX era una pérdida de tiempo. Antes odiaba el pueblo, su festival y a “la gente”. pic.twitter.com/fS5P4I9P6H
El último reporte será el único que quede, el que sustituirá al 1º. También es un informe de aprendizaje: la 1ª parte habla de un cambio de mirada y la 2ª de un cambio de actitud –ambos en 180º. Moraleja: si pasás a ser optimista, dejás de ser hater. Y viceversa. Phil saca un 10. pic.twitter.com/5COMzuRoAx
Que esperen así la primavera es entendible en quienes no saben que están atrapados a mitad de ese invierno. Pero Phil lo sabe. Y nada le dice que haya salida, o que si la hay suceda justo esta vez (recién empezó la prueba; ¿ya sabe que sacará un 10 y de premio saldrán del loop?).
Se supone que Phil no sabe que está en el último 2/2. Hace muchas repeticiones que el paso invernal de ese año no puede continuar, “y no puedo hacer nada al respecto” –ni matarse sirve. ¿Por qué entonces habla como uno que no conoce el loop que contradice su visión del invierno?
Tal vez a los realizadores les importó más connotar discurso sensible, culto y sabio que pagar los daños en la lógica del personaje, que quedan solapados. Más daño le haría a Phil si lo viésemos como un falso, un demagogo que les dice lo que quieren oír; ya sería otro personaje.
Tal vez no haya daños que pagar. Es cierto que hasta ahora no hubo salida del loop; no es forzoso que nunca vaya a haberla. Ergo, Phil puede creer en la salida aunque no la vea, como San Juan de la Cruz puede ver «por fe» la fuente de toda luz (a.k.a. Dios) «aunque es de noche».
La última lección que aprende Phil es que sus poderes están limitados a lo que Dios dispone. Si al mendigo viejo le toca morir ese 2/2, Phil no es quién para evitarlo. Lo alimente o le haga RCP, morirá. Vemos elevarse su último aliento y los ojos de Phil. Entendió. Ya está listo. pic.twitter.com/bJbUYrn5g4
Último 2/2. Phil cautiva a Rita con su mejor speech ante cámara y declina su invitación al bar porque debe hacer unos “recados”: atajar a un chico que cae, auxiliar a unas señoras, desatragantar al director del festival, y otros favores que no vemos pero le agradecen en el baile. pic.twitter.com/ZweRLtKz7X
Las buenas acciones del día están rodeadas por dos versatilidades: el talento profesional de la mañana y el artístico de la noche (como pianista y escultor). En el día perfecto, bondad samaritana y multitalento se unen para darle a Rita un Phil confiable, interesante y atractivo. pic.twitter.com/7pIBcHJPRi
—O sea, un buen partido, si lo de “auténtica joya” no alcanzó. ~Mirá el mérito que tenían que hacer para coger en la 1ª cita. —Y no cogen. ~Pero no porque fuera muy pronto para ella, como las veces que lo cacheteó. Si ya hay amor que ya haya sexo, marmota. —¿Y entonces por qué? ~ pic.twitter.com/xFCfOgc0sh
—Busca primero el reino de Dios y su perfecta justicia, y lo demás añadido será. Aleluya, aleluya🎵
~Así, pero “amor” en vez de «reino de Dios», y “sexo” en vez de «lo demás». —Una yapa. ~O un premio por partido ganado. Phil quiso el premio antes de ganar. Pero entró en razones.
Antes Phil ponía el carro delante de los caballos: buscaba complacer a Rita para enamorarla en 1 día, en vez de enamorarla para complacerla el resto de su vida. En el día preperfecto, Phil puso los caballos delante pero le faltó engancharlos. Lo hizo ayer y ahora viaja con Rita.
A casuales 636 días del comienzo de Zambullidas, espero no haber olvidado ninguno de los blogs de ayuda de los que tomé los códigos para diseñar este sitio (las modificaciones en la plantilla Minima Ochre, casi todos los gadgets de la barra lateral, las definiciones de estilo en CSS, códigos de html en las entradas, etc.). En todo caso, los blogs de esta lista son los que más he consultado y a los que más agradezco: